Al anochecer un par de carretas tiradas por caballos de carga se acercaban a St. Germain. Parecían ser los típicos carruajes utilizados pra transportar mercancías. Sin embargo éstas no podían verse pues iban cubiertas con pesados ropajes.
Al llegar a los portones de la Abadía, el conductor del primer vehículo dio una consigna y enseguida se abrieron las puertas para que los mercaderes entraran raudos. Tan buen punto hubieron cruzado la entrada, los pesados portones volvieron a cerrarse de nuevo.
Y no sería hasta una hora más tarde cuando carretas y mercaderes salieran del monasterio con los remolques igual de llenos que habían entrado.