“Hogar, mi nuevo hogar parecía ser, aunque ninguno se sentía como tal ya” se decía Heinrich mientras admiraba desde enfrente la belleza de Le Ictus.
Había llegado al fin, ¿y porque todavía no se sentía como esperaba? Supongo que es solo la incertidumbre.
Nunca había estado enfrente de Isolda y aun así había escuchado mucho de ella, de su belleza, de su poder, de su sabiduría. Y una persona con tales cualidades no era muy común en esos días. Pero no se dejo amedrentar por aquella situación, no, eso seria su combustible, su adrenalina. Disfrutaba de aquellos situaciones donde lo difícil o lo incierto era el común denominador. Así que rió, como símbolo de que estaba pensado en demasía y se adentro al interior de la capilla.
Una vez adentro, fue invadido por la verdadera realidad de la capilla, su fuerza, su esencia y su poder. Se podía respirar magia en aquel lugar y los más difíciles conceptos en un lugar así parecían simples pensamientos que fluían sin cesar. Ahora si se sentía como debía. Se sentía en armonía, en una extraña paz. Camino unos metros más y sus dedos pasaron por los bancos de la Iglesia hasta llegar al pequeño altar de esta. Y ahí pudo sentirla a ella, que se diferencia sobre todo. Su poderosa esencia rodeaba la sala, al igual que a el. Pero no sentía atrapado por esta.
“Ciertamente era alguien para conocer…” suspiro Heinrich con un pensamiento.
Sabía que su presencia no había pasado desapercibido, así que lo único que quedaba hacer era esperar.
Y tenía razón Isolda. No sólo la llegada de Heinrich le había sido avisada, sino que había hecho los preparativos necesarios. Tener a un Adeptus de nuevo en le Ictus le hacía reconfortarse interiormente, llenarse de Esperanza y complacencia. A lo mejor no todo estaba tan perdido como pensaba.
Un joven de no más de quince años abrió la puerta de la Iglesia cuando Heinrich llegó a ella, y con paso tranquilo y serenidad increíble en la mirada le guió hasta la entrada misma del templo y le dejó sólo en las arcas de la Iglesia, prometiéndole que pronto sería recibido.
No tardó mucho esto en volverse realidad, pues desde el interior de la capilla se abrió una puerta que dejó entrar un vegetal aire lleno de aromas y un repentino rayo de sol, oblicuo en la caída de la tarde. Pero no fue sólo aquel aire lo que dejó entrar la puerta entre abierta, pues por ella cruzaron dos figuras: una joven niña, de cabellos rubios y cachetes sonrojados, y una joven mujer de negros ojos y negro también el cabello, de rostro serio y mirar profundo y abismal.
Y sin embargo nada extraordinario despidió aquella primera visión; la mujer dio una cesta a la niña, que desapareció tras una puerta portándola, y así ya libre de su carga se aproximó a Heinrich.
Vestía la mujer con humildad; una falda marrón que aunque vieja estaba sumamente limpia; una camisa del mismo color, en iguales condiciones, y el cabello suelto a su espalda, libre. Si bien era cierto que su indumentaria no era en ningún sentido impactante, también lo era que quién la portaba era extremadamente hermosa. Pero esta hermosura no provenía de convenciones clásicas estéticas griegas, sino de algo dentro de ella, un Orden Supremo, una Sagrada Geometría que regía su alma y moldeaba su cuerpo y sus alrededores para estar en acorde armonía con su alma iluminada.
Pero a pesar de esta impresión de Orden, había aún algo más que Heinrich sintió: una llama salvaje, una ira esencial, un Caos ejemplificado en su Aura y en su Palabra, Aleph, el Principio y el Fin, el Orden Creador y la Voracidad Destructora.
Al llegar así a la altura del Flambeu, hizo un movimiento de reconocimiento con la cabeza, y dio la oportunidad al Despertado de presentarse.