Eran las diez de la noche, a lo mejor un poco más, a lo mejor un poco menos, cuando Amphéles salió de su laboratorio-habitación.
Largos pasillos a izquierda y derecha; telarañas en todas las esquinas, y un olor a viejo que de ser esa una verdadera Capilla Tremere, serían agradables. Pero allí lo que había era olvido y pereza, incluso tal vez indiferencia. Pero claro, ¿cómo podría papá Goratrix ocuparse de cosas tan mundanas como quitar una telaraña de una esquina?
La menuda y retorcida figura avanzó lentamente, mirando a un y otro lado, haciendo ocasionales ruidos fuertes con sus zapatos con el fin de llamar la atención de cualquier ser viviente o no viviente de la Torre. La respuesta, como no, fue nula.
Y eso sí que no se lo esperaba.
Ella, él, como sea, venía de una humilde Capilla en una pequeña ciudad que rendía cuentas a Lyon; hasta su nombre era en tanto grado insignificante que prefería ni pensarlo. Y aunque eran pocos los Tremere en aquella aldea, de hecho eran tan sólo tres, tenían suficientes homúnculos para todos; tenían siervos mortales, ghoules y hasta aprendices capacitados para ayudarles en sus experimentos.
Y aquí, que habitaba nada más y nada menos que Goratrix de Tremere nada de eso había.
¿Por dónde empezar? Ella no estaba en la capacidad de construir homúnculos, ni gárgolas; podía sin embargo hacérse con algunos cuántos hábiles siervos, al menos dos de ellos, de modo que no fuera en exceso difícil su alimentación.
Y podría echar un vistazo por allí; a lo mejor encontraba alguien digno de ser aprendiz de la Capilla.
Pero de todos modos la jerarquía en el clan era como era, y ella, él, como sea, debía cumplir los requisitos normales de flujo de información. Así pues quedóse en la sala principal a la espera de que alguien apareciera. Bueno, al menos tenía la certeza de que allí sí vivía alguien, y eso ya era algo, tontos semidioses, inútiles o como fuera, era algo.