Jean Bertrand andaba por los adoquines de las calles de París, enfundado en una capa negra como la noche, su espada colgaba en su cinto, y su armadura se escondia bajo sus ropajes. Esa noche no tendría que utilizar ningúna de las dos, pues iba a un lugar donde la pluma no deja sitio para la espada, hacia tiempo que esas voces le hacian dolor de cabeza y le incitaban a comportarse indecorosamente, traicionando su honor de caballero, así que habia de acabar con ellas, y para eso necesitaba información al respecto, se maldecia de no conocer muchas lenguas de filosofos y escritores, pero aun así creía que serian suficientes las que él sabia para su fín, o eso esperaba...
Llegó a la entrada de la Universidad se La Sorbona, sin duda era un edficio hermoso y fuerte, pero no estaba interesado en la arquitectura, no era un toreador sinó un nosferatu y la busqueda de información le era más apetecible que envovarse por una gargola bien púlida.
Se paró frente a los guardis de la puerta y saludó
Buenas noches caballeros, vengo en busco de información dentro de los sagrados libros de vuestra biblioteca, espero que esté abierta
Jean se coló en la biblioteca, avizando los grandes volúmenes que estaban repartidos por una hilera inmensa de pasillos y estanterias.
Pocos candelabros estaban encendidos, era de noche y se temía a más por la seguridad de los manuscritos, la más leve chipsa podia hacer desaparecer todo aquel pozo de sabiduria en las entrañas del fuego.
Se acercó a un scriptorium de roble y encendió el pequeño candelabro, la luz le molestó un instante y el temor se adeñuó de su alma, pero poco a poco fue recuperando la compostura.
Lo asió en una mano y empezó a buscar entre los libros y manuscritos polvorientos.
A... éste debe de ser interesante en mí busqueda
Bajó el libro del estante y lo colocó en la mesa con cuidado.
Poco a poco abrió el papel y volvió a leer el título
El mundo de los espíritus