Geoffrey entró en la Sorbona a altas horas de la noche, tras haberse encargado de que los encargados aceptasen abrirle a esas horas por medio del uso de su sangre. Mortales, siempre igual. Pero hoy estaba de buen humor. Los planes marchaban bien, el Hueso ya estaba en su posesión, y ahora tenía tiempo para comenzar a prepararse. Ciertamente. En breve, a la vista de su silencio, debería comenzar a organizar las defensas de la ciudad y retirarle el Titulo a Dazvog. Pero había tiempo para eso.
Caminó entre los anaqueles cubiertos de libros y pergaminos, buscando los antiguos. Los pensamientos políticos de eras pasadas, conservados por traducciones árabes a menudo, y después vueltos a traducir a un idioma legible. Si no conseguía guía en su camino, tendría que ponerse por su cuenta a ello. Obviamente, los mortales no eran la mejor guía posible, pero tendrían que servir, visto lo visto.
Algo etndría que hacer con ese Tzimisce...
Tomó un rollo de pergamino de uno de los anaqueles y se sentó en una de las mesas bajo la suave luz de una vela que danzaba descontrolada. Le hubiera gustado tener el poder de ordenarle a la llama que se estuviese quieta y lo dejase leer con comodidad, pero era algo que, lamentablemente, estaba más allá de su alcance... de momento, al menos.