Geoffrey subió con rapidez y fuerza los escalones de la torre. Nadie lo acompañaba, pues nadie tenía permitido el acceso a aquella torre salvo él mismo. El lugar donde todo había comenzado, la razón por la que todo hubiese cambiado, el lugar donde la rueda completaba un círculo y volvía a comenzar. El lugar donde se guardaba el alma de Rosa, la Toreador que una noche había vuelto loco a Alexander de pasión, celos e ira.
Entró en la cámara y la vió allí, ante él, casi irradiando un rojizo brillo. Dos suaves pétalos se habían caído y estaban a su lado. El precio por el escudo espiritual que guardaba la Concergerie del asalto de los fantasmas. Hubo un tiempo en que le había parecido algo terrible, pero ahora se daba cuenta de que no era un peso demasiado grande. Para eso estaba la rosa, después de todo.
Con una sonrisa oscura, caminó hasta el centro de la habitación y depositó el cofre al pie del pedestal donde estaba la rosa. Casi daba la sensación de que ambos objetos se hubiesen reconocido y conversasen entre ellos de muerte y precios a pagar. Y ambos reconocían a Geoffrey du Temple como su legítimo dueño, y el Principe notaba la fuerza que ambos le proporcionaban. Sonriendo de medio lado, Geoffrey abandonó la sala y cerró la puerta tras él con llave. Una puerta sólida, recia, capaz de resistir los embites de cualquier vampiro iracundo y con demasiada sangre. Una puerta que sólo él podía franquear.