Title: Peregrinos en la sombra
Description: Abril 1216 (Santiago de Compostela)
Alejandra de Blázquez - April 15, 2007 08:08 AM (GMT)
La llovizna de principio de primavera calaba los cuerpos de todos aquellos que caminaban por las oscuras calles de una de las ciudades más importantes en el orbe cristiano. Aquella noche habían arribado un grupo de peregrinos, la mayoría de ellos vestían ropajes blancos con una cruz negra en el pecho, era la señal de una de las órdenes de caballería más importante de la península, la Orden de Calatrava. Un grupo de caballeros, que parecían acompañar a una bella doncella que se escondía tras una delicada túnica se dirigían hacia la bella Catedral. Dicho grupo constaba de un par de caballeros, aquella joven y un corpulento personaje que parecía ser una autoridad de la Orden, ya que los demás se referían a él con sumo respeto.
- Al fin hemos llegado, la Catedral de Santiago – aquel que mostraba mayor rango parecía estar instruyendo a la joven dama – aquí yacen los restos del Apóstol Santiago. El enemigo sarraceno arrasó el primer templo que en honor del Apóstol se erigió. Sin embargo, tras devolver estos terrenos a quienes caminamos bajo las palabras del Mesías, el Obispo Diego Peláez mandó construir este edificio sin par
La doncella parecía incapaz de articular palabra, la magia y grandeza del edificio parecía haberle cortado la respiración de golpe.
- Don Martín, ¿podremos entrar en ella?
- Mañana acudiréis tu e Indalecio, yo tengo que dedicarme a otros menesteres, aun así, veré si el Obispo nos deja acceder a la Catedral en la noche de mañana. No creo que haya problema en ello
¿Cómo explicar a una quinceañera que no podía exponerse a los rayos de la luz? ¿Cómo explicarle que engrosaba las filas de los no-muertos, de aquellos que habían sido malditos por el Altísimo? Había muchas cosas que la joven Alejandra ignoraba y, de momento, era mejor no enfrentarla a un mundo que la mayor parte de mortales desconocían.
Mientras Indalecio y Alejandra se acercaron para admirar de cerca la arquitectura del edificio, Don Martín se detuvo, sentía como la energía que aquel edificio consagrado irraiaba atravesaba su cuerpo. Había sentido más veces aquella fuerza, no era la Fe lo que le detuvo, fue una breve sensación de hastío, la tristeza que le producía no poder permanecer en suelo sagrado más de una noche le turbaba profundamente.
- Malditos – susurró en latín – no somos más que malditos ante los ojos del Altísimo. Aunque demos nuestra no-vida a la propagación de La Palabra… debemos aceptar la realidad de que estamos eternamente malditos
Cerró los ojos con fuerza, pero algo sacó al vástago de su momento de introspección, la presencia de alguien más en aquella pequeña plazoleta…
Sharede d'Alençon - April 16, 2007 03:42 PM (GMT)
Las pequeñas callejuelas retorcidas y estrechas de la ciudad medieval goteaban desembocando en una hermosa plaza que contenía una de las grandes maravillas de toda la cristiandad. Así era Santiago de Compostela, humilde y grandiosa, angosta y despejada; finita, infinita.
Los ojos de Sharede, tras varios años de peregrinación y estancia en la ciudad, aún quedaban absortos en la contemplación de semejante proeza tanto técnica como, sobre todo, espiritual.
Aquella noche, y bajo la incesante llovizna que con suavidad creaba una base sonora en torno a quienes se mantenían bajo el desnudo cielo nocturno, se habían reunido más presencias de las que solían rondar en torno a la reliquia a aquellas horas de la noche, cuando ésta era cerrada y los habitantes de la ciudad solían permanecer en sus casas junto al calor de algún brasero. El detalle aún más extraño sin embargo era el hecho de que muchas de ellas tenían un tacto tan frío como cualquier piedra del camino, aunque afortunadamente aquello permanecía en secreto.
Sharede escuchó los murmullos de una conversación y las siluetas que incluso en la oscuridad relucían con sus flamantes trajes blancos. Se mantuvo al margen pero no creyó oportuno esconderse, pues sus intenciones siempre habían sido transparentes y aquella noche se había desplazado hasta la hermosa Catedral para obtener una cierta paz espiritual que necesitaba con frecuencia desde que abandonase el que ya le parecía lejano Al Andalus.
Como siempre al dar unos pasos más allá del límite invisible que constituía el aura de fe del edificio, sintió cómo sus huesos rechinaban casi imperceptiblemente por el contacto con semejante fuente de poder, pero impertérrita se mantuvo en la posición adelantada observando como si fuese externa a su propio cuerpo los efectos de santidad que recaían sobre ella, un pequeño tintineo de cristal que resonaba en sus oídos sin cesar.
La mujer suspiró y se llevó entonces la mano a sus ropas para extraer las gastadas cuentas de su preciado rosario. La letanía de oraciones sería el preámbulo de sus pensamientos...
Ni siquiera pareció darse cuenta de que la tela comenzaba a estar cada vez más mojada.
Alejandra de Blázquez - April 17, 2007 10:26 AM (GMT)
Martín advirtió que no estaba solo en aquel momento, giró su grueso cuello y observó como una delgada mujer acababa de hacer acto de presencia. En un primer momento no hizo ademán de acercarse, no quería distraer a la desconocida, ya que pertrechada con un rosario parecía dispuesta a orar frente al grandioso edificio. Sin embargo, la fuerte llovizna estaba haciendo mella en sus ropas... algo que podría llevarla a enfermar
- Espero no molestaros - dijo tras esquivar un pequeño charco en el adoquinado - veo que estais empapada y, bajo ningún concepto, quisiera interrumpir sus oraciones. Pero, ¿podría ofrecerle mi capa para que se cubriese? He visto enfermar a multitud de peregrinos bajo esta densa llovizna que parece calar hasta los huesos.
El Comendador tenía gesto amable, voz dulce y unos cuidados modales, algo que contrastaba con sus fuertes brazos y ajadas manos, que eran mucho mas parecidas a las de un caballero que a las de un clérigo.
Sharede d'Alençon - April 17, 2007 03:02 PM (GMT)
La de Alençon apenas se dio cuenta de que alguien del grupo que había avistado se acercaba hasta que la sombra del comendador recayó sobre su rostro, momento en el que los labios dejaron de agitarse en fervorosas plegarias y sus ojos, entornados, se abrieron para observar al caballero que lucía un vistoso emblema de la orden de Calatrava en el pecho.
Le bastó esa mirada y escuchar sus palabras para sonreír agradecida y cabecear denegando suavemente el ofrecimiento pese a que acababa de darse cuenta de que realmente los surcos de agua serpenteaban por su hábito.
-Sois muy amable, caballero, mas guardad vuestra capa que de seguro os será de buena utilidad dada vuestra vida errante, no os preocupéis por mi, pues no me quedaré demasiado tiempo exponiéndome a este húmedo y lloroso clima que ya tan bien conozco.
Habría sido lógico aceptarla pero Sharede sabía de sobra que hacía mucho tiempo que había dejado atrás las enfermedades del cuerpo, sustituidas por unas más poderosas: las que provenían del alma.
-Y decidme, ¿acaso, como yo, no habéis podido evitar venir para recrear vuestra vista en esta obra de fe incluso en estos momentos intempestivos?
Alejandra de Blázquez - April 18, 2007 07:14 AM (GMT)
El comendador esbozó una leve sonrisa, desde hacía más de un siglo había esquivado la brillante luz y calor del Astro Rey, desde hacía más de un siglo no acudía a aquellas multitudinarias eucaristías de las que tanto había disfrutado en su juventud. No pudo evitar un leve suspiro al recordar como la noche había acabado siendo su fiel compañera
- Desafortundamente el tedio de la diplomacia suele ocupar gran parte del día. Sólo me queda la noche para acudir a renovar mi Fe ante nuestro Creador
Si bien la energia que aquella catedral era lancinante para cualquier ser maldito, algunos vástagos soportaban estoicamente aquel dolor, el cual quedaba empequeñecido frente a la sensación de sentirse más cerca de Él.
- Perdonad los modales de este descuidado caballero... estoy hablando con vos y ni siquiera me he presentado como es debido - dijo inclinando la cabeza el Lasombra - mi nombre es Martín de la Vega
Sharede d'Alençon - April 18, 2007 03:42 PM (GMT)
Sharede recordó el estricto código de los caballeros y observó cuán profunda era la huella que marcaba sus personalidades. Sin embargo también sus propios orígenes eran nobles y la impulsaron a hacer otro tanto con aquella presentación formal, incluso cuando solía preferir adoptar una actitud más cercana.
-No tenéis de qué disculparos, creo que a ambos se nos ha olvidado la misma cortesía. Soy Agnes d'Alençon, y como supondréis, extranjera... aunque llevo ya muchos años recorriendo tierras ibéricas.
La lasombra saboreaba con deleite las palabras intercambiadas con gente de fe. Era una de las características principales que volvían la ciudad atractiva a sus ojos, aunque hubiese conocido otros emplazamientos mucho más desarrollados, hermosos y con unas condiciones más benévolas. Sin embargo la espina de una vuelta a París inacabada aún seguía clavada y recordándole que tarde o temprano, el destino llamaría a su puerta y se la llevaría al norte.
Alejandra de Blázquez - April 19, 2007 05:22 PM (GMT)
Martín hizo una recatada reverencia ante la extranjera
- Es todo un placer observar como este centro de la Fe es visitado por peregrinos de toda la cristiandad
Durante unos segundos recordó como aquellas tierras habían sido hacía siglos campo de batalla, como los moriscos habían sembrado el caos en esas tierras… había sido necesario, para el disgusto del astur, desenvainar la espada contra aquellos invasores para restaurar el orden.
- La península ibérica es un curioso lugar merced a los diversos moradores de la misma, sin embargo esta tierra aun sangra en una batalla que se prolonga centurias contra el invasor de la media luna – los ojos del caballero envidrecieron recordando el odio y la sangre derramada – y todo, dama D’Alençon, merced a la avaricia y el odio de aquellos que gobiernan las naciones.
El caballero esbozó una sonrisa tras esa breve reflexión
- Espero no estar sumiéndoos en el tedio. Y, decidme, ¿Qué lugares habéis visitado en la vieja Iberia además de la monumental Santiago?
Sharede d'Alençon - April 20, 2007 10:30 AM (GMT)
Sharede escuchó con interés las palabras del comendador acerca del que tradicionalmente era en aquellas tierras del norte de España el enemigo, y con quien ella misma había convivido, ganando a través del contacto conocimiento y tolerancia.
-Lejos de importunarme vuestras reflexiones se me antojan de especial interés pues mi camino ha sido tortuoso y movido en muchas ocasiones por los indescifrables designios del Señor, quien me sometió a una dura prueba cuando adentré mis pasos en lo que los musulmanes autodenominan Al-Andalus.
La lasombra observó detenidamente la reacción que sus palabras provocaban en alguien curtido en las batallas de fe.
-Desde mi París natal crucé los Pirineos y finalmente Córdoba, cuya hermosura es difícilmente igualable, se convirtió en mi morada. Pero hace ya unos años que mi inquietud espiritual se incrementaba de modo que sentí la necesidad de conocer este lugar santo para que me iluminase sobre el rumbo que debo tomar de ahora en adelante.
La llovizna parecía haberse apiadado de ambos contertulios y había disminuido progresivamente su intensidad hasta convertirse prácticamente en una húmeda niebla.
-De cualquier forma imagino que todo ésto tampoco os es ajeno, teniendo en cuenta los votos que habéis formulado.
Alejandra de Blázquez - April 22, 2007 04:01 PM (GMT)
De no haber sido un Fiel, si se hubiera tratado de uno de aquellos caballeros sumidos en la locura sangrienta de las Cruzadas, Martín hubiese tildado a la Lasombra de hereje, sin embargo si algo había aprendido el castellano es que todos los hombres y mujeres de Fe merecían que sus creencias fuesen respetadas.
- En tiempos anteriores a este– dijo tras un esbozo de sonrisa – levanté mi espada contra el enemigo islámico, derramé sangre morisca en Norte, Centro y Sur de la antigua Iberia – el tono de voz del Lasombra decreció hasta transformarse en un leve susurro – con los años, algunos de los que nuestro propósito es la redención, hemos aprendido que la única manera de seguir la doctrina de Jesucristo es hacer público su mensaje, sin espadas ni mazas, con la fuerza de la Fe
No pudo evitar recordar los bellos jardines de Al-Andalus, había estado allí hacía muchos años, labores diplomáticas le habían llevado más allá de la frontera Sur de Castilla
- He de reconocer que la belleza de la capital del Califato es difícilmente igualable, sus coloristas jardines y el agua pura de sus fuentes podría hacer palidecer a muchas de las ciudades castellanas o aragonesas… pero, más de cuatro centurias de constante guerra conforman una barrera difícil de superar…