-Buenos días Dominique
-Buenos días señor.
Aquel anciano poseía el don de la paciencia, y era aquella virtud pozo de grandes obras e ideas entre quienes le rodeaban. Taimado, pasivo, inteligente y de rápido consejo, en muchas ocasiones había dado muestra de su buen juicio entre nobles y militares, e incluso los religiosos sentados en poltronas doradas aceptaban su palabra como sabia, aunque casi nunca atendieran sus instrucciones.
Isolda no necesitaba a nadie, no necesitaba nada. Su quehacer diario no respondía a sus deseos, y sin embargo día tras día, noche tras noche, fraguaba y fraguaba en la oscuridad de su Sanctum.
Servicial sirvió un jugo de naranja en la mesa donde el anciano se había sentado.
-Señor, me gustaría preguntaros algo, porque me preocupa vuestra salud.
Entre tímida y nerviosa continuó.
-¿Hace cuánto no véis a vuestros hijos?
El anciano miró por un segundo con ojos astutos a su servicial ama de llaves, casi amiga. Muchas veces se tomaba libertades que no le correspondían; pero eso no le afectaba, de hecho era la única pesona con la que se atrevería a hablar de su propia vida, pues la conocía.
-Conoces mi respuesta, Dominique. ¿A dónde quieres llegar?
La mujer se encogió de hombros, en un gesto erntre ignorante e inocente, y terminó de servir el sesayuno de su anciano amo. Luego, sentándose en la misma mesa, como lo hiciera desde acía años, comenzó a tomar a sobros un jugo y a observarlo desde atrás de la copa.
Por fin habló de nuevo.
-¿Por qué no los busca entonces? Debería dejar un poco su orgullo mi señor, y reconocer que le hace falta. Aunque sea un poco.
Pero ella sabía que no era un poco, sino demasaida, desbordaba el cuerpo del pobre anciano·