View Full Version: Las mil y una noches

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Title: Las mil y una noches
Description: A.D. 1175, Cordoba (IBERIA)


Elois D'Umbrelle - April 11, 2007 06:24 PM (GMT)
El final de la travesía se vislumbraba al fin, varios habían sido los años invertidos por tierras hoscas y bárbaras como las castellanas, las cuales implicaban el último reducto de civilización antes de alcanzar la sublime meta, las tierras infieles, mucho más próximas y amenazantes que las de Ultramar, aunque aquellos energúmenos ibéros contenián las hordas del Islam y las hacían recular hacia el pozo del cual procedían.

Un preciado carro acondicionado para largos viajes transitaba cómodamente por adoquines romanos, vestigios de otra época y similares, aunque debía reconocerse mejor conservados, que aquellos que llevaban a Lutecia, ciudad de la mayor y más gloriosa corte, la Gran Corte. Elois observaba las oscuras y frondosas tierras de Al Andalus con una sonrisa en sus labios, atrás había quedado el inhóspito y peliagudo paso de Despeñaperros, curioso nombre al tiempo que apropiado.

La ciudad, o medina como decían los árabes, cada vez quedaba más próxima y la ventrue se impacientaba por alcanzar su culmen, los problemas habían quedado atrás y se había bastado con diplomacia para doblegar a los sarracenos con los que tropezó, curiosamente no parecían tan fieros como los pintaban e incluso aquel que hacía las veces de guía en su secreta visita, resultaba de lo más educado por impensable que resultase.

Por fin, mediada la noche, alcanzó su objetivo, cruzando las esplendorosas y robustas murallas de la ciudad califal. Un extraño júbilo ahogó sus pensamientos arrancando de cuajo su sonrisa, desmembrándola con cada atisbo de belleza cultural que atentaba contra su camino. Extraños árboles con hojas sólo en la copa, incontables fuentes, dulces flores y todo combinado con una cultura morisca que por momentos encandilaba a la Ventrue quien parecía haber encontrado algo de civilización tras las cortes cristianas de Brujah y Lasombra.

El carro se detubo a las puertas de una majestuosa entrada adornada con un extraño arco poblado de tonalidades ocre, bañadas en oro, y bermellón. Entre sus manos Elois atesoraba y asía con fuerza la invitación del mismísimo señor, Hiel, quien atendía a invitarla mediante aquel espía en Valladolid. Aquella fue una oferta que una embajadora como ella no pudo obviar y a pesar de la suspicacia inicial, en aquel justo instante de plena admiración no concebía el poder haberla rehusado.

La francesa se serenó y actuó con normalidad cuando su carromato se abrió y varios pajes la abordaron, rociándola con perfumes de una fragancia tan fresca como el rocío que podría decirse, cautivó a la dama. Nuevamente su guía ejerció de tal y la llevó hacia el interior de la Corte.

Elois debía ser anunciada aún a Hiel para que atendiera a recibirla, mientras plasmaría sus pisadas sobre intrincados mosaicos al calor de una fuente y bajo el influjo de los naranjos, entre tanto los sarracenos que iban de acá para allá se asombraban al contemplar una cristiana paseando en tierra extraña y a pesar de toda incomodidad, la ventrue lograba mantener la compostura en todo momento.

Adila Al-Benazir - April 11, 2007 08:58 PM (GMT)
Dos puntos de luz entre las sombras se mantenían fijos en la figura de la dama que paseaba por los jardines.

Adila había tenido pocas ocasiones de ver tan de cerca a un occidental al que no tuviera que enfrentarse en batalla. Y mucho menos a una dama ataviada con aquellos extraños ropajes y con el rostro y el cabello descubiertos a la vista de cualquiera que deseara admirarlos.

Se mantuvo unos minutos espectante. Le resultaba curioso ver como la invitada del Sultán descubría los olores almizclados y las árabes formas de su mundo a las que ella estaba tan acostumbrada.

Finalmente decidió salir a su encuentro. Al fin y al cabo sería de lo más interesante poder mantener una conversación con la recién llegada que tan diferente era de ella misma. Y, después de todo, eran órdenes de su Señor.

Se acercó a la Ventrue sigilosamente con movimientos felinos que no la descubrieran... la costumbre.

- Salam Aleikum Señora. - Acompañó la frase con un movimiento de su mano derecha que fue del corazón a la boca y de ésta a su frente.

- Mi nombre es Adila Al-Benazir de los Assamita. Me envía mi Señor Hilel Al-Masaari Gran Sultán de Córdoba para disculparse por la espera y haceros compañía hasta que pueda dedicaros la atención que mereceis.

Elois D'Umbrelle - April 12, 2007 02:31 PM (GMT)
Una mirada perdida sobre el jardín, una leve distracción, un giro y ante sí tenía plantado un árbol que antes no había, mas no era un vegetal sino una silueta humana, pero más allá de toda apreciación su esbelta composición denotaba que se trataba de una doncella, incluso una inmortal, cainita tal como ella... ¿Como lo sabía?... Bien sencillo se había presentado ante el inminente sobresalto que acogió el corazón de la noble franca, no podía negarlo, ciertamente Adila había aparecido de una forma tan sútil que la ventrue temió unos instantes por su no vida, los mismos instantes en que esta demorase su presentación.

Más relajada, atendió aquel detalle como una muestra doble, de poder y de hospitalidad, no menos haría ella que tan gentilmente había sido invitada.


- Os saludo madame, mi nombre es Elois de Saboia, del noble linaje de los patricios, progenie de Guilles, a su vez progenie de Harald. Descendiente y por tanto caminante en el camino de los Reyes.


Una reverencia protocolaria mientras se presentaba, aunque aún no había acabado, desde luego, sólo había empezado.

- Soy embajadora de la Gran Corte por parte de mi señor Alexander, señor de Lutecia y me hallo bienaventurada al recibir una cordial invitación de su señor Hiel estando en Valladolid.

Elois tomó un breve respiro, no porque lo necesitase, sino porque gustaba de medir los tiempos de participación en cada una de sus conversaciones, tal cual disfrutó de los segundos precisos para otear y analizar a la sarracena, además de evaluarla preliminarmente como tenía por costumbre hacer con todo cainita al que conocía.

- Es Todo un placer gozar de compañía, mas las noches cordobesas son suficiente deleite para esta extranjera.

Sonrió y dando dos pasos se aproximó hacia una de las múltiples florecillas blancas que estaban abiertas y cuya aromática frescura tanto impacto la había causado.

- Decidme, cual es el nombre de esta flor tan exquisita.

Elois conducía la conversación hacia temas mundanos, estaba acostumbrada a llevar el peso, mas en aquel momento sopesó no ser muy directa o podría ofender a su anfitriona. Así pues concentró toda su, inocente, atención sobre los jazmines.

Adila Al-Benazir - April 12, 2007 05:32 PM (GMT)
Te pillé...

Una sombra de vergüenza pasó por la mente de la cainita, pero otra de satisfacción la siguió de cerca. Al fin y al cabo ella era una cazadora... aunque tenía la sospecha de que aquella elegante mujer que tenía delante de aspecto y porte impecables también lo era... a su manera.

La Assamita escuchó con atención la presentación de la dama. Algo pomposa a su gusto, pero debía reconocer que no le faltaba clase y que era obvia su esmerada instrucción en las lides del protocolo.

La siguió por las sibilinas curvas de la conversación agradeciéndole el alago a la belleza de las noches de Córdoba con una sonrisa tras el velo y un complacido asentimiento de cabeza.

- Su nombre es Yasmin. - Dijo haciendo referencia a la flor que Elois sostenía entre sus dedos. - Y debo alabaros el gusto ya que es uno de los tesoros más delicados de las Tierras de la Media Luna.

Mi turno.

- Deduzco por vuestras palabras que os agrada lo que nos rodea. ¿Acaso las noches no son tan hermosas allí de donde venís?

Su tono fue de lo más inocente con un toque de infantil curiosidad, no buscaba ofender a la dama, tan sólo deseaba saber más sobre aquellos lugares tan lejanos y tan fríos que no había visto jamás.

Elois D'Umbrelle - April 12, 2007 08:14 PM (GMT)
Realmente no hay nada tan bello como lo que ahora nos rodea.

Su cabeza asintió medio divertida, medio apesadumbrada, mas no era por tristeza sino por sonrojo pues su encanto por la ciudad había quedado en evidencia, aunque también había transmitido esa sensación desde un principio, no como otras tantas lo hizo en el pasado, por cortesía, un halago para sus anfitriones, no. En esta ocasión la sinceridad reinaba en su papel y desde luego hacía todo más fácil.

- París es la ciudad más esplendorosa y próspera de toda Francia, los lujos abundan por doquier, las tierras castellanas ciertamente gozan de un encanto característo.

Suspiró pausada pero enérgica.

- Mas la puerta de Al-Andalus creo que marcará un antes y un después en mi corazón.

Los ojos de Elois se alzaron para contemplar todo cuanto estos fueran capaces de abarcar, un fogoso brillo se arremolinaba sobre las pupilas marinas que atesoraba como sello de identidad, tras esto, truncó el rumbo de su faz para opositarlo al de Adila.

- Cordoba, sencillamente es marvillosa.

Mas sólo eran escasos minutos atras en el tiempo cuando sus pies tocaron por vez primera aquella misteriosa tierra de Jazmines, arcos, fuentes y palmeras.

Inhaló el aroma nuevamente, acogedor desde la primera hasta la última bocanada para acabar sus delicados y carnosos labios danzando en un mismo son que configuraba una enigmática sonrisa. Había llegado el momento de tratar más asuntos, aprovechando el buen ambiente generado con la assamita.

- Decidme, ¿Sabeis porqué vuestro señor solicitó mi presencia?

Adila Al-Benazir - April 12, 2007 10:28 PM (GMT)
La pregunta fue directa. Adornada con las cuidadas palabras de la Ventrue, pero directa al fin y al cabo.

Impaciencia occidental.

- Desconozco los motivos que guían los pasos de mi Señor Hilel, pero seguro que su interés al invitaros a Córdoba radica en el buen criterio del que siempre ha hecho gala al escoger a sus posibles... amistades.

El Gran Sultán era un hombre de armas, no gustaba de la vana palabrería de aquellos que crecen y se enquistan en las Cortes. Más al conocer a la dama, Adila entendió que, a veces, eran necesarias las actividades meramente políticas para conquistar algunos horizontes.

La Assamita se acercó a las flores de jazmín que serpenteaban por el jardín y tomó una de ellas entre los dedos con delicadeza.

- Sin duda la distancia entre Oriente y Occidente se podría acortar si se saben apreciar los tesoros que esconden. ¿No opinais lo mismo Madame De Saboia?

Elois D'Umbrelle - April 13, 2007 05:26 PM (GMT)
Elois sonrió dulcemente a la árabe, su pregunta, inocente en apariencia, era más compleja si cabe y tal como ella había mencionado, de haber tesoros de por medio, la codicia mortal e inmortal no haría más que provocar violencia sobre violencia. La ambición era un concepto que ella conocía muy bien, la envidia, el arrancar los bienes ajenos corrompiéndolos, apropiándoselos... Elois no pudo pues más que sonreir por aquella medio pregunta medio afirmación. Una sonrisa dulce tal como su mirada mientras tenía, mantenía y recreaba su delicada mano con los suaves pétalos de la flor de Yasmin.

- Podría ser.

Mas su voz y tono fueron ecepticos, concordando con su mirada difusa, perdida. No sería ella quien arrancase ese inocente pensamiento de la assamita.

Se deleitó con el aroma de la flor, inclinándose un poco, así desde una postura más próxima su rostro quedó mejor aromatizado. Arrancar la flor habría sido más simple, más fácil... "Podría ser"... Esa noche no era la apropiada para arrancar los tesoros de oriente, aunque ya había decidido tener para si esa flor, esa fragancia en su tierra natal.

Poco tiempo duró su deleite levantándose, girando su rostro hacia Adila.

- Sólo hay que saber apreciar lo que no se tiene y el respeto mutuo juega un gran papel en todo ese confrontamiento.

Negó sutilmente con su cabeza.

- Cuando no hay respeto, no hay lugar para la razón.

Entonces afirmó con su cabeza, con su porte digno, con su mirada.

- La guerra es el medio más frecuente y temo que ese sea el motivo por el que vuestro señor me ha reclamado.

Elois supuso que Hiel quería estar al tanto de las negociaciones entre las cortes cristianas, la Iberica y la franca, para tratar de impedir el apoyo de los francos a la reconquista cristiana... Sin embargo la cara de tristeza que portaba la embajadora auguraba que ya era demasiado tarde.

Adila Al-Benazir - April 13, 2007 11:24 PM (GMT)
Adila leyó en la triste expresión de la dama lo que su Señor se temía. Posiblemente no conseguirían el apoyo francés.

Despacio se puso en pie para que su rostro quedara a la altura del de la Ventrue.

- Teneis razón Madame, el respeto es la base de cualquier negociación civilizada. Más cuando veis a vuestro pueblo, a vuestros hermanos de sangre, extorsionados bajo el yugo de quienes no entienden ni quieren entender, la guerra resulta un medio eficaz para defender la libertad.

La Assamita quedó callada, absorta en el recuerdo de un niño árabe acurrucado sobre la falda de su madre muerta a manos de los soldados cristianos durante las cruzadas.

Ningún entrenamiento te prepara para ver eso...

Sus ojos se posaron en los de su interlocutora.

- Puede que el camino de la espada no sea el más adecuado, pero es el único que algunos de esos bárbaros están dispuestos a entender. Si nuestra sangre sirve para que las Tierras de la Media Luna mantengan sus muros, que así sea... y que Alá nos ayude si nadie más puede hacerlo.

Delicadamente extendió la mano hacia Elois dejando ver en su palma la flor de jazmín que había arrancado.

- Dejadme ofreceros un humilde presente de Córdoba para que podais recordar lo que otros desean destruir.

Elois D'Umbrelle - April 14, 2007 06:08 PM (GMT)

Aquel ofrecimiento podía ser tomado por una muestra de acercamiento, un presente para conquistar a una dama, quizás incluso un detalle tan insignificante como lo era la flor de Yasmin otorgada por Adila habría supuesto mayor victoria que todas las legiones romanas bajo el mismo estandarte.

Dubitativa en apariencia, no la tembló el pulso, primero miró la flor, analizándola, valorando aquel gesto, aquel hecho que bien valía más que mil palabras, luego mirando al rostro de la sarracena, cara a cara, su brazo se aproximo hacia donde debía estar el presente y lo tomó sin vacilar. Cuando la flor al fin estubo en su poder, una dulce sonrisa danzó al son de su mirada.

- En el camino de la diplomacia, toda guerra siempre es un fracaso. Por contra en el camino de la política la guerra es un medio para lograr los objetivos, sean estos cuales fueran.

Su puño se cerró, su mirada se volcó sobre éste, su mano se contrajo hacia el pecho despacio, delicada, sutil.

- Este presente, que acepto de buen grado, bien vale su peso en la diplomacia y así como la gentileza no encuentra fin en una sierva, sopeso que el señor Hiel debe ser digno de admirar y conocer.

Sonrió.

- Sabed, Adila, que habeis ganado el respeto de esta franca. Vuestro señor gozará de toda la predisposición que Elois de Saboia tenga en su haber como respuesta al presente, mas no deseo engañaros, pues mi labor es diplomática que no política y la situación actual es bastante delicada, pero en la medida de lo posible procuraré ceñirme a los acuerdos alcanzados con los castellanos otorgando un margen plausible para que vos, vuestro señor, vuestra ciudad y Al Andalus pueda al menos gozar de una oportunidad para salvaguardar toda esta belleza que atesoran sus murallas.


Adila Al-Benazir - April 15, 2007 02:37 AM (GMT)
Un gesto de gravedad se dibujó en el rostro de la Assamita mientras escuchaba atentamente el discurso de su acompañante.

Era una posibilidad... pero pocas esperanzas.

Su mirada se perdió melancólica por el jardín, como sabiendo que sería testigo de su pérdida en un futuro no muy lejano, para terminar posándose en los ojos de la Ventrue.

Sonrió con tristeza bajo el velo.

- Vuestras palabras me alagan Madame Elois y agradezco la franqueza que me ofreceis. Y sabed que, aunque Al-Andalus caiga, valoro la comprensión y el respeto que habeis demostrado hacia mi pueblo.

Supiró profundamente y continuó en tono solemne.

- Espero que Alá os proteja en los años venideros, y también espero que nuestros caminos vuelvan a encontrarse si es posible en mejores circuntancias. No dudeis que habeis hecho mella en esta humilde Hija de Haquim y que disponeis de mi respeto a partir de este momento.

Por uno de los laterales del camino apareció un sirviente que se acercó a las cainitas, y dirigiéndose a la occidental dijo cortesmente:

- Madame De Saboia mi Señor el Sultán de Córdoba os espera en la Gran Sala. Si sois tan amable de acompañarme...

Adila asintió educadamente a modo de despedida. Pensativa, observó como la figura de la dama desaparecía a lo lejos entre las sombras.

En verdad espero que nuestros caminos vuelvan a encontrarse...




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