Geoffrey entró esa noche en el Louvre cargado de una oscura energía, y con un propósito en mente. Comenzó a dar órdenes a los sirvientes para que fueran trayendo a los capitanes de las tropas reunidas en el castillo y conferenció con todos ellos brevemente. Cuando acabaron estas conferencias, y todos ellos se retiraron, sus órdenes habían cambiado. Sus rutas, sus zonas de vigilancia, y sus puestos habían sido reordenados siguiendo los extraños planes del Duque, algo para lo que sólo él conocía el motivo.