Erik entró en al sala con paso apresurado. El amanecer se aproximaba, de modo que la conferencia tendría que ser rápida, pero al menos ahora estaban lejos de la posibildad de que Geoffrey los vigilase. Montalbán entró por el otro lado de la sala y ambos se miraron a los ojos.
-Sabes que hay que hacerlo...- comenzó Montalbán - Él lo necesita, aunque no se de cuenta, y París lo necesita y se da cuenta de ello claramente.-
Erik asintió y se dejó caer dubitativamente en un sofás.
-¿Está ella aquí?- preguntó con algo de temor.
-No, pero tendremos que hablarlo con ella antes o después, o se acabará enterando y será aún peor. Además, ella es la única que puede hablar con Zack Thomas, y él es importante.-
Erik asintió, dubitativo aún.
-No se, no me gusta nada, me siento como si lo estuviesemos traicionando, y él lo verá así...-
Montalbán asintió, y dejó caer su máscara de determinación, demostrando su fragilidad y sus propias dudas también.
-Lo se, viejo amigo, lo se- hizo una breve pausa antes de continuar-. Pero tenemos que hacerlo. Prefiero que me odie toda la eternidad por traicionarle, a odiarme a mi mismo toda la eternidad por no hacer nada. Quizás, con el tiempo, llegue a entenderlo.-
Erik asintió y se sobresaltó al oir una voz justo detrás de él, donde no había nadie.
-Podéis contar conmigo- seca y directa, Marlene hizo acto de presencia, sorprendiendo a los otros dos que creían que la Nosferatu estaba lejos.
-Pero, pero, tú... ¿no estabas...?- Erik no era capaz de coordinar bien las palabras, traicionado por el sentimiento de culpabilidad ante lo que estaban haciendo.
-Os engañé. Hace días que noto que tramáis algo. Quizás sólo su demencia impida que Geoffrey se halla dado cuenta también. Eres buen mentiros, Von Himmler, pero tus sentimientos te delatan, y Monsieur de Lille no sería capaz de ocultar un secreto de ojos atentos ni durante una hora. Traeréis vuestra perdición si no actuáis con más cautela.-
Los dos asintieron, taciturnos.
-Entonces, está hecho, todo queda sellado así esta noche- dijo Montalbán, recobrando su templanza-. Jugaremos una partida de naipes con el destino, esperando que no se de cuenta de que vamos de farol.-
Los otros dos asintieron, y en silencio juraron sobre las pequeñas reliquias que cargaban. Luego se dispersaron, y el sol saludó y bañó al mundo poco después con su cálido brillo, un brillo que ellos tenían vetado por toda la Eternidad.