Madame Helene y sus ayudantes ayudaban a su señor Maxence a vestirse aquella noche. Ella había bordado personalmente durante un año la túnica de color metálico que el primogénito vestiría aquella noche, se había convertido en una prenda demasiado elaborada para los gustos sencillos del herrero, pero aceptó con gusto llevarla para aquella ceremonia importante.
Helene rodeó lentamente a su señor para comprobar con detalle cómo había quedado, por una vez no tenía el aspecto de un sencillo artesano y parecía por su elegancia y majestuosidad más en su papel de Voz de los Artesanos. Pero no era de primogénito de lo que iba a ejercer Maxence aquella noche, sino de sacerdote de los pródigos, a falta de otro que hubiese reclamado ese título en París.
El primogénito y su ama de llaves caminaron juntos hasta el taller, allí les esperaban algunos otros pródigos habitantes de la mansión, como Brigitte, Tomasso, Gallois y los ayudantes de la herrería, todos iban igualmente vestidos con túnicas. Se mantenían en respetuoso silencio, mirándose con algo de espectación. El centro del taller estaba presidido por un busto de arcilla fresco e inacabado. En aquel estado, sin apenas detalles distintivos, resultaba una buena representación genérica y anónima de la humanidad.
Maxence inició el cántico en latín, era una disculpa, una petición de perdón. Otros de los presentes se unieron a su canto, algunos recitaban en su propia lengua, como el gaélico o el griego, pero todos mantenían la misma melodía en tono de lamento. Agradecieron a las almas que les habían alimentado, expesaron su sincero remordimiento, su tristeza por los difuntos y su esperanza por que hubiesen llegado a un mejor destino. El cántico crecía progresivamente en intensidad, alcanzando el clamor, condenaron a la bestia, despreciaron el crimen y la muerte.
El canto terminó en su punto más alto, pero el rito sólo había comenzado. Gallois salió hacia el exterior con impaciencia tomando la mano de Helene para que ella le acompañase, les siguió Brigitte y tras ellos los otros invitados. Tomasso se quedó rezagado esperando a su señor, pero este se había quedado quieto mirando fijamente la figura de arcilla.
- Maestro ... - dijo Tomasso tratando de sacar a Maxence de su trance.
Pero Maxence, le hizo un gesto para que se marchara, sin dejar de mirar la figura de arcilla, quería estar sólo. Tomasso obedeció y cerró la puerta al salir. Fuera se celebraba la fiesta de la cosecha, cainitas y mortales la festejaban juntos. Había vino y cerveza, carne asada y fresca, música y baile. Era una celebración del alimento, de la fecundidad, de la vida, tan importante dentro del rito de los pródigos como el cántico de lamento.
Dentro del taller, Maxence ni siquiera era consciente del bullicio exterior, había entrado en una especie de trance activo. Desabrochó unos botones en las mángas de su túnica para dejar sus brazos libres, y comenzó a moldar la arcilla, con manos y herramientas. Trabajaba freneticamente, tratando de fijar en la realidad una imagen que se proyectaba en su mente. Convirtiendo aquel rostro anónimo en una cara concreta que no veía hacía muy largo tiempo y que sin embargo se conservaba fija en su memoria.
Cuando la la arcilla comenzó a solidificarse, sumergío la figura durante un breve tiempo en un baño de metal fundido y vitae, y extrajo el resultado depositándolo en un pedestal mientras salía de ese estado de trance. Ni siquiera él sabía bien lo que había hecho y observaba sorprendido el resultado.
Aquel rostro de brillante y cálido metal era el rostro de su hijo, y durante un instante, mientras se enfríaba, el metal parecía vivo, como si adquiriese un aura propía, y movimiento, miró a su padre y le sonrió. El antiguo primogénito no pudo evitar derramar lágrimas de sangre. Instantes despues la estatua tenía una apariencia normal, carente de magia, pero de ella comenzó a emanar una sensación de paz y calma que invadió a Maxence, liberándole de un peso que oprimía su espíritu desde hacía muchos siglos. Aquella atmósfera de tranquilidad se extendió por el taller y por todo el edificio, una sensación que no ha desaparecido del lugar desde entonces.