La gente que pasaba esa noche por la calle, y los vecinos, todos quedaron sorprendidos al oir las risas extrañas que sonaban por el edificio de enfrente, y que incluso sorprendieron a los guardias. Geoffrey, como un maníaco, caminaba por el interior de su mansión antes de encaminarse al Louvre; caminabda de un lado a otro, sin ton ni son, y con poco control de su propia Presencia que lanzaba pequeños "destellos" incontrolados a su alrededor. Reía, reía con fuerza, pero la suya no era una risa agradable ni amigable.
-He vuelto, he vuelto, ¡he vuelto!-
Y volvía a reir, una y otra vez, una y otra vez. Y paraba a repetir las mismas palabras, y reía, y reía y reía. Solo se detuvo poco después de la medianoche, cuando recogió sus cosas para ponerse en marcha. Era hora de hacer tantas cosas, tantas tantas cosas. Tantísimo que hacer. Tantísimo tantísimo. Pero era hora de hacerlo todo, si todo. Ahora era su hora.