Corría el 1095 de nuestro señor cuando el Papa Urbano II predicó la Cruzada. La llamada la cruzada de los pobres.
Siguiendo varios predicadores, entre ellos Pedro el Ermitaño, una gran cantidad de gente humilde se puso en movimiento hacia Oriente. A los nobles la Iglesia les prometía que sus bienes serían respetados hasta su vuelta, si bien, para armar un ejército, muchos de los cruzados poderosos (así llamados por la cruz que se tejían en sus vestiduras) tuvieron efectivamente que liquidar sus bienes y prepararse para un viaje sin retorno. Entre ellos estaba el Barón Lord Egmont Roehner. Junto a un puñado de otros nobles de europa.
...
Nos hemos embarcado en esta cruzada para liberar tierra santa de los turcos herejes. Miro a mi alrededor, junto con nosotros viajan un puñado de nobles menores de toda Europa con sus respectivos soldados y caballeros, pero sobre todo viajamos con esa turba virulenta y caótica que siguen a los predicadores. Cazadores, alfareros, bandidos, campesinos... No creo que nos aguarde un buen destino, pero todos tenemos nuestras órdenes.
Con nosotros viajan nuestros suministros, pero algunos nobles transportan pesados carros para viajar, carros que aquí son un lujo. No deberían traer esos carros lentos y que tendrán que abandonar. Deberían soportar las penalidades del viaje como todo caballero.
El muchacho, caballero de pleno derecho captó la mirada de uno de sus hermanos de armas, ambos asintieron y espolearon sus monturas hacia la del Barón Roehner
“Mi lord, si me lo permite, con el debido respeto creo que seria aconsejable...”
Como la mayoría de esas gentes, el Barón y sus tropas cometieron varias matanzas de judíos y se enfrentaron a las tropas húngaras y bizantinas, cuyos territorios atravesaron, causando disturbios y saqueos a su paso.
El jinete había desmontado. Su corcel todavía llevaba puesta la barda de guerra, y los colores de la cruz. El corcel estaba exhausto. El humo le había asfixiado y el furor del fuego lo había atemorizado, pero ahora lejos del fuego recuperaba el resuello.
El jinete no se había quitado el yelmo. Contemplaba como el asentamiento era reducido a cenizas. Su jubón de cruzado estaba manchado de sangre, su armadura manchada de hollín y ceniza, la misma ceniza que estaba cayendo sobre todo ese maldito lugar.
El hombre invoca lluvias de sangre y ceniza. Menuda tormenta para estos pobres diablos.
Judíos, quizás herejes, pero eran hombres. Tenían una pequeña guarnición, quizás una milicia. Habían peleado bien. No eran grandes guerreros, pero luchaban por sus familias y por su hogar y eso les hizo lucirse en el combate. Ahora destruíamos todo eso.
Frederic había peleado contra los soldados, fue una masacre. Algunos de esa turba con la que viajaban habían muerto, pero los soldados y caballeros habían salido bastante ilesos debido a su esperiencia y habilidad. Una vez la plaza fue de los cruzados, Frederic se alejó. Había salido del pueblo y lo contemplaba desde un altiplano cercano. Al principio algún soldado le acompañó para descansar, pero enseguida volvieron en busca del oro, de las mujeres y de la sangre.
Solo un puñado de caballeros se mantenían alejados de esa carnicería. Sus espadas no eran necesárias para cometer esos asesinatos, y buscaban en sus corazones algo que les reconfortara por permitir eso. Pero que podían hacer, el deber les ataba a todos.
Estaba disgustado. Esa gente no se merecía eso. Es cierto que eran herejes, pero ese grado de crueldad era inmerecido, es más, impropio de los caballeros.
Ya lo había hablado con su señor y la conversación quedó zanjada con las palabras del Barón: -“Es la voluntad de Dios y de tu Señor”
Mataría por que así se le exigía por deber, pero mientras pudiera evitarlo no asesinaría a mujeres, críos y campesinos indefensos.
Desvió la vista, hacia un lado. Pudo ver como algunos soldados Húngaros acudían a combatir al enemigo invasor. Al menos esos eran soldados. Eso le alegró un poco el ánimo.
Frederic montó su corcel y llamó a las armas a los otros cruzados. Al menos nadie le arrebataría el Honor del combate. El auténtico combate.
Alejo Comneno, alarmado ante el desorden provocado por esta masa, se apresuró a facilitarles el paso al otro lado del Bósforo. Desde allí, la multitud se internó en territorio turco, consiguiendo una victoria inicial, pero descuidando absolutamente la retaguardia.
Avanzaban en columna. Los jinetes soportaban estoicamente el sol del atardecer en el desfiladero mientras que el viento les aguijoneaba con la arena que arrastraba. Avanzaban lentamente, pues el agua escaseaba, y por que la mayoría lamentaban haber ido hasta allí. La voluntad de los hombres mancillaba esa sagrada misión.
Los jinetes eran en su mayoría caballeros. Todos ellos, junto con el Barón habían luchado contra tropas bizantinos y húngaros, pero también habían asesinado a civiles indefensos a cambio del botín, del oro. A los caballeros les pesaba eso en la conciencia, o al menos a la mayoría.
Se habían unido a una cruzada de pobres, y ellos, si que disfrutaban con los lujos conseguidos, ellos y los soldados demostraban una crueldad avariciosa que impresionaba hasta al mismo Barón.
Se Internaban más y más en territorio turco. Eso no tenía sentido. Habían cosechado algunas victorias, pero seguían avanzando, sin tener nada en cuenta. Varios caballeros intentaron hacer notar lo absurdo de eso al Duque que los lideraba, pero desistieron ante su perseverancia. Era un hombre avaricioso.
La columna se desplazaba lentamente. El viento se encolerizaba y azotaba con más crudeza. Las sombras se alargaban mientras el sol se empezaba a extinguir. La vista no alcanzaba más allá de 100 pasos, y entonces se desató la Tormenta de los hombres.
Los turcos habían preparado una emboscada. Habían soldados enterrados con mantas en la tierra, que salieron de repente y cargaron contra los flancos de la columna.
Por la retaguardia la caballería enemiga cargaba contra los confiados cruzados. Estos ahora caían en la trampa. El pánico soltó a su fiel sabueso, el Caos.
Frederic se ajustó el Yelmo y espoleó el caballo hacia su señor. Su respiración era agitada y ni siquiera sabía que era lo que les venía encima pero sabía que venían, y eso era suficiente.
El desfiladero dejó llover una lluvia de flechas.
Un grupo de caballeros llegaron hasta el Barón, y trataron de protegerlo. La destreza de los Cristiano se puso a prueba y mantuvieron a raya a los soldados turcos, aquellos que trataron de atacar al Barón y a sus hombres ya había perecido para cuando la caballería turca llegó hasta ellos. Los turcos cargaron contra los cristianos.
Las lanzas atravesaron las armaduras y las espadas mordieron la sangre.
Para aquel entonces, la columna de Cruzados ya había desaparecido. Eso era un sálvese quien pueda.
Frederic Asió bien el escudo y se concentro, cuando los Turcos se retiraban para otra carga ordenó una contra carga. Eran pocos los que cabalgaban con él, muy pocos, pero el mismo Barón sumó su espada a la refriega.
Chocaron contra los turcos mientras intentaban reagruparse, y les abatieron allí donde los encontraron. Pero eran muy pocos y el enemigo muy numeroso.
Los Hombres del Barón no se detuvieron a pelear, siguieron cabalgando hasta alejarse de la refriega.
Quedaban Apenas unos 8 caballeros. Y el cielo nocturno se extendía sobre sus cabezas.
Frederic no conseguía ver nada. Estaba exhausto y le faltaba el aire así que se deshizo del Yelmo y buscó al Su señor con la mirada.
...
Guió a mi corcel hacia él con las rodillas mientras compruebo que no nos sigan. Pero están ahí. Escucho la voz del Barón como ordenaba auxiliar a unos soldados que defienden unas carretas del enemigo. Nos lanzamos los ocho la carga. Me mantengo a la izquierda de mi señor y esgrimo la espada con fuerza. El ímpetu de la carga nos concede ventaja al principio, pero los turcos son insistentes. Su caballería se une a la refriega, y un poderoso golpe arroja al suelo a mi señor. Sitúo mi corcel a su espalda para proteger ese flanco del señor con mi montura mientras abato a un turco con un poderoso golpe desde arriba.
El Barón se pone en pié y sostiene el escudo con ambas manos mientras un jinete enemigo deja caer un torrente de furiosos golpes y lo pataleaba. Maldición. No puedo alcanzar a ese Maldito hereje. Salto de mi caballo cayendo en el flanco de ese cabrón amputo dos patas a su caballo de un tajo bajo. Cuando me incorporo para rematarlo, mi señor ya le ha abierto el cráneo con el escudo. Trato de recuperar mi montura, pero una lanza le perfora el vientre, y otra hiere a mi señor en el costado. Me coloco entre las lanzas y mi señor. El suelo resbala por la sangre. Oigo como los caballos cargan de nuevo.
-“ Frederic, Habéis de proteger estos carros, júralo.” El Barón escupe las palabras con lo que le queda de fuerzas, mientras toca uno de esos pesados carros que jamás debieron venir. Lujos innecesarios
-“ Mi lord debo protegeros a vos, y no unos estúpidos carros que jamás debieron venir”
-“Tu no lo comprendes. Tu no cuestiones. Soy tu Señor y te Ordeno que lo jures."
-" Si mi lord, lo juro”. Mascullo mientras maldigo por dentro.
Espero decidido, cuando cargan sobre mí me arrodillo esquivando el golpe y derribo el caballo con un corte a sus patas delanteras. El jinete cae derribado. Me giro un instante para ver como mi señor remata al jinete. Ahora esgrime una hoja curva arrebatada a algún enemigo, una hoja curva y letal.
De repente aparece de la nada un Turco vestido de negro. Lleva la cara tapada. Se materializa a la espalda de mi señor y lo traspasa con una maldita cimitarra. Yo me lanzo sobre él descuidando mi espada. Arrojo un poderoso golpe con ambas manos y noto como el turco prueba mi acero.
Una lanza me atraviesa desde atrás. Veo como la punta sobresale de mi abdomen. La cojo con la mano izquierda mientras contemplo atónito como mi sangre se une a la tormenta que los humanos invocamos desde siempre. Mis manos pierden fuerza, y el asesino de mi señor se levanta, no parece mal herido. Se incorpora lentamente, desafiándome con su mirada.
Quizás orgullo, quizás odio, quizás deber. Una última vez, un último golpe.
-”Honor!!” Descargo mi espada contra su cuello. Su cabeza se desprende, y el cuerpo cae convertido en esa maldita arena del desierto.
Todo esto es un error. Jamás debimos venir así, jamás debimos comportarnos así.
Tres turcos más se materializan, están sobre la carreta y alrededor de ella. Creo mi lord que no voy a poder cumplir mi juramento.
Escucho una explosión, la carretas a sido destruida y sus astillas vuelan en todas direcciones.
Mi rodillas se doblan, la lanza se retuerce y sale de mi cuerpo. Mis ojos no ven, mis oídos apenas oyen....
Apenas me queda energía.“Ya se acabó, triste es el final. Caigo en la tierra con una herida mortal, mas si ese es mi destino, no le haré esperar.
Siento llegar la oscuridad...
Muero tranquilo, he luchado hasta el final. Por mi Señor doy la vida, no puedo... dar más.”