Recogido en su habitación el Hijo del barón miraba el techo de su lujosa mansión; sonreía satisfecho, y recordaba todavía los gritos de la empleada mientras él rasgaba sus vestiduras y penetraba su cuerpo vulgar y campesino con su miembro noble. Sus lágrimas, su dolor, lo excitaban hasta un punto que era inconcebible por las otras mentes que le rodeaban, y que por esas mismas aficiones le temían y despreciaban.
Era la misma historia de siempre. La moralidad peligrosa que todo lo cubría con un velo de sombras, pero que bajo ella desataba siempre los más infernales instintos. ¿No eran aquellos los abismales infernales, también llamados hombres? Por qué debería esconderse ante su propia naturaleza si esta le reclamaba.
De esta y otras suertes eran sus disquisiciones íntimas, cuando la puerta de su habitación se abrió. Tras ella, un joven ordenanza le miraba con ingenioso gesto, y como respondiendo a sus pensamientos, dijo en tranquila voz: "No debéis esconder vuestra propia naturaleza, que es la de todos, pues es en ella donde reside nuetra última liberación".
Como ya habrán imaginado, aquel joven que por largas horas continuó la conversación con su amo, no era otro que Isolda, अकार्षणकर, en las lenguas sánscritas, y con aquellas sutiles manipulaciones mentales no hacía más que llevar un importante cordero a su rebaño.