Era grande la tristeza de aquella joven, de nombre Marie Dupond, que ahora esperaba a un jovencito risueño. A diferencia de sus padres, de sus abuelos, de sus tatarabuelos, ella no deseaba traer al mundo a un chiquillo; era consciente de que su vida había sido dura, así la de sus hermanas, primas, vecinas. Todos lo que conocían y que con ciega determinación daban a sus pequeñuelos más espacio en este mundo, habían sido maltratados por los hados. Ella no deseaba eso, no lo quería, y menos pues no estaba en Sagrado Matrimonio su unión, y el pequeño traería además el estigma de la vulgaridad sobre sus hombros.
La anciana Eloisé, sabía matrona de aquella barriada, había llegado a la casa cargada con bolsa de mimbre, a petición de la doncella. Había escuchado historias y rumores, pero le daba temor pronunciarlos en voz alta; así pues, quería ver en los ojos de aquella anciana la posibilidad de su liberación.
No era vacua su intención, porque aquella anciana no era más que Isolda disfrazada.
Luego de los rodeos más que aceptables, la chica comentó su problema. La anciana sonrió.
-Yo puedo ayudarte, pues es Dios, también llamado Samuel, quien me ha enviado a vos.
Ambas salieron de allí, caminando tranquilas, después de que la chica tomara un brebaje tranquilizante preparado por la buena anciana.