La noche caía sobre los dominios del Brujah al igual que una extraña carta de dudosa procedencia. Los enigmas crecían a medida que la guerra iba tomando forma, así que el español se quedo solo en el estudio al momento de abrirla, podría ser una trampa y no iba a arriesgar a nadie.
Después de unos minutos de analizarla y tratar de imaginar su procedencia sin más demora la abrió y la leyó. A medida que la leía extrañas imaginas del pasado, presente y futuro se arremolinaban para entrar en la mente del Brujah, imágenes atroces de campos carcomidos por la guerra con muerte y desolación por donde se mirara, cuerpos mutilados bañados en sangre y lodo y el en el medio parado recubierto de ese color carmesí. Eran las vidas que había segado a lo largo de su existencia, recordaba cada rostro en aquella escena dantesca, cada momento y situación. Su furia creció y le dejo pasa al odio a medida que la bestia golpea las cadenas que la ataban, pero su temple fue mayor, su voluntad inquebrantable lo salvaba otra vez de caer en la tentación de la bestia.
- Estupida niña- dijo mientras apretaba la carta entre una de sus manos- has escrito tu sentencia de muerte…
La niña sin darse cuenta había acabado con la paciencia de aquellos que todavía no les molestaba en demasía y ahora sentiría el peor de los odios, el odio racional, el meticuloso y medido. Ahora gracias a ella no quedaría rastro de Lamias en la ciudad.
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