La reunión con el Príncipe no había sido tan satisfactoria como esperaba el Lasombra, y eso se mostraba en su hacer. Al llegar a la Abadía lo primero que hizo fue dar órdenes explícitas de que no debía ser molestado, a menos que ocurriera algo grave. El diligente Abad Dinard se tomó esas palabras al pie de la letra, haciendo guardia él mismo ante las puertas de la biblioteca, donde Máximo se hallaba enfrascado en su tarea.
Al cerrar las puertas de la habitación, repleta de libros, un poco de paz se apoderó de él, más no tanta como para hacerle olvidar sus deberes. Se dirigió directo al gran escritorio y se sentó en su sillón extrayendo un fino pergamino de una carpeta de piel. Acto seguido se puso a escribir una importante carta.
Al terminar de escribir cubrió la tinta con una fina capa de arena para que se secara más rápido, y al poco rato volcó la hoja en un recipiente recogiendo la arena de nuevo. Releyó la misiva que acababa de escribir y decidiendo que era de su agrado la metió en un sobre que lacró con el sello de St. Germain.
Al abrir la puerta para ir en busca de un correo observó a su ghoul y pensó que cuanto mejor que estuviera allí, así ahorraría tiempo. Le dio órdenes expresas de hacer llegar esa misiva al Obispo de París en persona, y seguro de que realizaría ese trabajo tan eficazmente como de costumbre el antiguo se desentendió del tema.
Aquella noche la misiva salió hacia su destino, sin sospechar que era el primer paso para mover los hilos de las marionetas de Dios.
Al mediodía, la respuesta al señor de St. Germain-de-Près ya estaba de camino hacia la Abadía.
Cuando Máximo despertara de su sueño diurno encontraría la misiva en la mesa de su biblioteca y debería decidir el siguiente paso a dar.