Y despertó de nuevo.
La situación le cansaba horriblemente, y la falta de comida y de agua, que ya sumaba cinco días, le debilitaban aún más. Pero no por esto dejaba de estar menos claro su objetivo último: acabar con aquella monstruosidad. Se preguntaba, claro está, cómo no había tenido reacciones similares al ver las maldades Tzimisce, pero no le preocupaba demasiado. Dejaría llevarse por sus instintos, y luego ya veía cómo terminaba todo aquello.
Se encontraba de nuevo en la jaula, más esta vez encadenado. Y a su alrededor, en la habitación, cerca de tres hombres enjutos y con miradas retorcidas, le analizaban como si fuera un animal o un experimento. Lo era en efecto, y ese conocimiento le enfurecía. Gritó, amenazó y gruñó; tiró de las cadenas, pero estas, protegidas con mágicos hechizos, era irrompibles para sus mortales fuerzas.
Tres, cuatro horas, los tres hombres y la dama, le miraban, le lastimaban, hablaban en idiomas que le eran desconocidos. Sus miradas pérfidas escrutaban su cuerpo con curiosidad, y en sus rostros veíase algo parecido a la felicidad.
Finalmente Mikael guardaba ya silencio, consciente de que nada podría hacer para escapar; no en ese momento.
Estaba amaneciendo, según podía escucharse por el sonido de las aves, cuando un sirviente llevó a esa habitación el cuerpo de una niña, muerta y lastimada en varias partes del cuerpo. Los cuatro Magos se acercaron a ella, y levantaron primero una mano, sintiendo Mikael cómo se levantaba la suya, sin poder evitarlo. Luego abrieron su cuerpo a la altura del pecho, y el eslavo vio, impotente, cómo una herida no muy profunda aparecía en el suyo propio.
Los cuatro saltaron de alegría: para eso querían aquel cuerpo magnánimo; querían tener un esclavo poderoso, impotente, que sirviera a sus planes sin poder mediar palabra. Habían alcanzado un triunfo considerable logrando dominar de ese modo el cuerpo mortal, pero había algo que no consideraban.
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En la mente del eslavo otra cosa se veía. Una tierra verde y santa, que recordaba sus bosques transilvanos, y sobre un alto pedrusco un halcón imponente e impasible le miraba.
-Libérate. Libérate.
El eslavo, que entendía a pesar de estar seguro de no escuchar palabra alguna, se preguntaba muchas cosas, pero la que ahora más le acosaba era ¿cómo? No tuvo oportunidad siquiera de pensar en la respuesta, pues su mente fue devuelta a la cruda realidad sin dar siquiera oportunidad de formular su pregunta en vos alta.
Un terrible Crinos de pelaje negro y de aspecto noble, a pesar de su bestialidad aflorada, destruye la jaula y las cadenas, y sin mediar palabra, sin dar tiempo a los hechiceros de practicar su magia, les destruye con facilidad increíble.
Cada pared, cada piedra de aquella casa malsana cae al suelo víctima de la suprema fuerza del eslavo, del ahora Garou, y cada trazo de la maldad última conocida por el ahora protector de Gaia es reducida a cenizas por un fuego que nace de la misma naturaleza de Mikael, ahora nunca más Bratovich.
Al salir, desnudo y de regreso a su humana forma, alcanza únicamente a llegar donde su caballo le espera, en las caballerizas de aquella alejada cabaña.
Ceneborg, entendiendo poco, cabalga raudo y fiel, de regreso a París, en busca de la Torre Negra-.