View Full Version: De Raptores y Brujos

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Title: De Raptores y Brujos
Description: 1/5/1226


Mikael Bratovich - February 7, 2007 04:25 PM (GMT)
Durantes días completos había caminado la larga comitiva, proveniente desde tierras francesas y con un objetivo aún desconocido, pero que se aventuraba inusualmente largo, y terriblemente inhóspito.

Gran caravana, de veinte carretas cargadas, veinte caballeros de ostentosa armadura, varias importantes mujeres, mucha mercancía y muchos sueños. También, y lo más importante en este relato, un gigantesco caballo extranjero, violento y salvaje que mordía a quien se acercaba y no había permitido le despojasen de la silla y las armas que en ella había, negro como el miedo; y un guerrero de proporcional altura y grandeza, de semblante noble y piel blanca como la nieve, cabellos revueltos y huraños, y un sueño profundo que tal vez durara para siempre.

Es de sobra el comentario que viene, pero es mejor hacerlo para evitar posteriores malos entendidos: de todos los miembros de la caravana tan sólo un ser conocía la presencia de Mikael, Príncipe entre los Bratovich, entre gentes buenas casi todas, y no por malas menos buenas según sus propios aduladores. Esta persona, anciano hombre de muchos años, de piel grisásea de tan poco sol que recibía en su día a día, de poder increíble y malas intenciones, había llevádose hacía tres días al gigantesco guerrero para sus oscuros propósitos, que omitiré en estas líneas para evitar convulsiones estomacales a los lectores que hacen de este su pasatiempo.


Evento - February 7, 2007 08:08 PM (GMT)
El anciano, cuyo nombre mismo era una maldición para quien lo escuchaba, cuya voz tenía resquicios de antiguos sufrimientos y oquedades del espíritu, abrió la cortina que sellaba el carruaje que era de su pertenencia; adentro, sobre un montón de paja, descansaba el cuerpo glorioso de Mikael, sudoroso por las bebidas y las pesadillas, lastimado por la poderosa magia de aquel engendro maligno. A su lado, un ser sin espíritu propio, que no era hechura de la sabia naturaleza ni de ningún dios bondadoso, velaba por su sueño. Más no era tanto su cuidado lo que importaba, sino el poder propiciarle oportunamente un golpe en caso de que los brebajes del anciano no funcionaran.

Al ver a su amo, aunque carente de espíritu, sus ojos revelaron miedo, y presto negó, queriendo con este gesto decir que nada aún había cambiado. El anciano habló así a la mente del gólem.

-Cuidad bien de él, de sus movimientos y palabras, que con prontitud la caravana se detendrá para el brebaje de animales en cercano pueblo.

El engendro asintió, y la cortina se cerró de nuevo sobre ambos. Así, con cortas visitas diarias, ambos, el dormido y el esclavo, habían pasado los últimos cuatro días.

Mikael Bratovich - February 7, 2007 08:32 PM (GMT)
Nada más la caravana entraba en aquel pueblo, una maramunta de hombres y mujeres, niños y ancianos, decrépitos remedos de seres humanos acabados por el hambre y la Oscuridad a que habían sido sometidos, llegaron por todos lados, con los brazos en alto, suplicando comida, dinero, ropa o golpes, pues cualquier cosa que les dieran ya constituía una ganancia.

Los militares, hombres del Conde D'Lambert, que viajaba en aquella caravana, rodearon las diez que constituían su responsabilidad, dejando las otras a su buena suerte. Poco o nada hubiera importado aquel empase, si no hubiera sido por un desafortunado encuentro: entre aquellos pedigueños, un hombre alto y desgarbado, el cuerpo repleto de tatuajes de otras tierras, un Valderamen enloquecido, reconoció la esencia del que creía uno de sus iguales.

¿Dónde habrían de terminar o empezar realmente los problemas, si en el causante o en el imprevisto?

-He, tú. ¡Ayúdame por lo que nos hace iguales! ¡Muero de hambre y de hastío!

El anciano miró un segundo al, tal vez otrora, digno representante de los Despertados con un nada disimulado gesto de desprecio, y no contestó. Más adeltante la guardia del conde acababa de decapitar a un hombre, y la multitud comenzaba a enardecrese.

-Lárgate antes de que te de muerte, porque no eres digno ni de mi compasión.

De sobra es conocido el carácter voluble y el extraño orgullo de los magos del norte, y este, auqnue nada había en él que pudiera llevar a pensar en una palabra tan grande como esa, era orgulloso en grado extremo; y ante tal amenaza, teniendo en cuenta que lo que enfrentaba era un anciano decrépito, se decidió a dejar sobre su cuerpo únicamente su arrugada piel y ya no la vida siquiera.

Adelante otros tres hombres acababan de morir, y una lluvia de piedras y palos comenzaba a llover sobre la caravana. Algunos carruajes salían de la hilera, asustados como si tuvieran propia vida, pero eran asaltados casi de inmediato por los desesperados.

Y es que en aquel pueblo no había justicia, rey o patria; había únicamente hambre y pocas casas. En pocos minutos los hombres del noble podrían detener aquel insensato intento de pillaje, pero era tiempo suficiente, pensaba el Vaeldereman, para acabar con aquel hombre y hacerse con sus pertenencias.

Así pues levantó la mano, y a punto estaba de lanzar terrible grito de guerra, cuando sintió algo extraño en sus venas; un calor misteriosos, de extraño dolor, que había comenzado de repente en sus pies y ahora se extendía por todo su cuerpo, incluso su cabeza. Sintió cómo este calor se volvía insoportable, y sintió posteriormente cómo quemaba, literalmente, su cuerpo desde el interior. Un segundo después caía sobre la violetna arena, los ojos estallados, sangre saliendo de su boca, de sus oidos y de sus poros.

Durante todo aquel trance, el anciano simplemente masculló dos o tres palabras cargadas de odio.

Mikael Bratovich - February 8, 2007 02:21 PM (GMT)
El día, y el siguiente, transcurrieron apaciblemente. En algún lugar del camino, el carruaje del Hechicero cambió su rumbo. Hacía dos días que aquella aldea había recibido la bendición de tener menos bocas por qué preocuparse.

El nuevo camino, más agreste y más solitario, era para el anciano mucho más agradable y conocido. Aquellos árboles ennegrecidos, aquella tierra grisásea, las rocas y el salvajismo del paisaje hacían que se sintiera íntimamente reconfortado. Y así era no sólo por lo evidente, sino también porque era la entrada a su siniestro hogar, lugar donde cobraría su precio por haber capturado, más fácil de lo que pensaba, a aquel guerrero venido de tierras lejanas, tierras del este.

De un momento a otro, casi como una sorpresa, cualquier vegetación había ya desaparecido: se encontraban en un árido yermo. El anciano cabalgó más rápido, mientras su esclvo guiaba la carroza hasta la entrada de una caverna, primera pero no única, en una montaña baja.

Cumpliendo las órdenes que tenía, sacó a Mikael de la madera y lo arrojó en una jaula de hierro, con protecciones mágicas, al fondo de la oscura gruta. Encendió algunas antorchas, y salió a esperar el regreso de su Amo.

Dos horas después este regresaba cabalgando delante de una mujer joven, de unos veinticinco años, de cabellos rojos y rizados, y de una piel casi tan blanca como la del eslavo. Era ella quien había pedido la vida del Aparecido, y era quien ahora venía a reclamarla. La dama descendió de su corcel casi rojizo como su cabello, y guiada por el anciano entró en aquella asquerosa residencia.

El olor, desagradable y profano, la obligó a tapar su nariz con el antebrazo.

-Debería pagarte menos por obligarme a venir a esta pocilga.

Como respuesta, el anciano le concedió una pérfida sonrisa. No bien hubieron llegado a la jaula, la mujer lanzó una expresión de sorpresa, como si lo que esperase estuviera completamente alejado de lo que tenía al frente. Con mirada ceñuda, reprendió al anciano.

-Me has engañado. Esto no es lo que yo pedía.

El enjuto Despertado, temeroso, se apresuró a preguntar al cuerpo inerte de Mikael.

-Dí tu nombre a esta dama.

Con voz queda, rota, autómata, el eslavo respondió.

-Mikael Bratovich, Príncipe de los Bratovich

Así pues, la joven mujer sonrió, satisfecha.




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