View Full Version: Congelando el Tiempo

Edad Oscura Paris > Le Ictus > Congelando el Tiempo



Title: Congelando el Tiempo
Description: 21-5-1226


Isolda Lamartine - February 6, 2007 06:01 PM (GMT)
Los tiernos y severos mordiscos de Chokmah hicieron que el quemado cuerpo de Isolda se removiera de su letárgico sueño.

Abrió los ojos, mirando los azules de su Familiar, y durante un segundo ambos creyeron que el otro haría algo de lo que se arrepentiría. Más nada sucedió.

-¿Qué hacéis, Isolda? ¿Acaso vuestra locura os ha convertido en suicida?

A diferencia de la relación que mantenían muchos Despertados con sus familiares, la relación entre Isolda y Chokhmah estaba regida por distintos principios; no cualquier espíritu estaba capacitado para servir, aleccionar o aconsejar a un Archimago; y un Gran Dragón, como aquel can, no aceptaría acompañar a cualquier Despertado. No había sido, como muchos herméticos pensaban, una simple sucesión el que Chokhmajh, legendario Familiar entre la Orden, acompañara ahora a Isolda.

A pesar de que el pacto que antaño sellaran Magister Scholae Sandro y el Dragón de escamas azules, tuviera como último capítulo aquel de la ayuda al mejor aprendiz del anciano, el mitológico ser no hubiera aceptado servir a cualquiera, a un ser estúpido o sin futuro, sin poder y sin sabiduría. Así pues ambos eran suficientemente poderosos como para basar esa relación en el respeto más que en un simple Pacto Mágico.

Empero había momentos en que la milenaria existencia del Dragón le daba la autoridad de reprender a la Archimaga; esta era, en el criterio de Chokhmah, una de estas ocasiones.

-No os atreváis, Gran Dragón de nombre Milenario, reprenderme en mi propio hogar.

Aunque la voz de la archimaga pretendía ser dura, las heridas graves que tenía en su cuerpo debilitaban esta hasta casi convertirla en una súplica. Poderosas energías caóticas giraban alrededor de ella sin embargo, que hacían a Chokhmah ser cauteloso en extremo.

Isolda se puso de pie con dificultad; unos segundos después apareció allí Löw, que sirviéndole de apoyo la guió a otra sala de su Sanctum, donde multitud de botellas con hiberas y hojas reposaban, indiferentes. Con las intrucciones de su ama, la gárgola retiró una a una de aquellas hojas, moliéndolas y agregándole a la mezcla líquidos y polvos provenientes de otros morteros.

Isolda bebió aquella pastosa combinación de esencias, y lentamente, asombrosamente, las quemaduras desaparecieron de su cuerpo.

Ahora estaba más tranquila, y ya sabía dónde había fallado su combinación de palabras. Yakob aún tendría muchos años qué pasar bajo aquella tortura.

Isolda Lamartine - February 8, 2007 11:24 AM (GMT)
Yakob, gracias a su hechizo, había salvado la vida, la no-vida, o cualquier tecnicismo que fuera aplicable a su estado. Eso era realmente lo importante, porque sin materia prima tendría que salir de nuevo a cazar a estas bestias, y era en suma una ocupación muy aburrida, y en tiempos de guerra tal vez fuera hasta peligrosa.

Acarició con ambas manos la cabeza del Tremere; el letargo había hecho de su piel, de su cuerpo, un simil de lo que ahora sería si nunca hubiera sido abrazado; un anciano de más de cien años, con los ojos undidos y los dientes perdidos entre capas y capas de labios innecesariamente grandes e inútiles.

Y el sufrimiento al que Isolda lo había sometido, terminaban de manchar con la vejez su mente y su alma, siendo en suma aquel cuerpo un compendio de vejeces y deseos de muerte.

La Archimaga recogió el papiro del suelo, y pasando la vista sobre los caracteres latinos, algunos desaparecieron, otros ocuparon diferentes lugares, y algunos fueron dibujados lentamente al lado de los otros. Hizo una última lectura del papiro, y convencida de que corregido el error tendría éxito, miró el cuerpo del vampiro.

Esta vez su boca permaneció sellada, y todo su cuerpo se concentró en aquel silencio pertinaz. Así fue siendo construido alrededor suyo la respuesta del Universo: Acepto. Yakob se vio privado de su sangre, que en el exterior pudo verse como una nube de levísimo rojo, que se fundió finalmente, incluso su color, con la energía básica del universo: la quintaesencia.

En los ojos del vampiro podía verse el sufrimiento, y en los de Isolda nada más que la locura.




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