El crudo invierno se había cebado en aquel mes de Febrero sobre la ciudad de Frankfurt, las nevadas se sucedían una y otra vez acompañadas de un frío intenso que hacían de la vivencia cotidiana algo más, una supervivencia en la que los ancianos establecian su cruzada particular, pues eso era para esas gentes la estación más gélida del año.
Las chimeneas eran el único sustento para transmitir algo de calor y vida en los hogares, la leña escaseaba para algunos, otros en cambio poseían una amplia reserva pese a no ser precisa pues entre sus necesidades no estaba la de resistir los contratiempos estivales. Ellos tenían otro tipo de necesidades...
Alojados en la magnífica villa de Herr Hans Einsberg varios cainitas trataban de hacer frente a las penurias climáticas, estaban encerrados y ya iban varias noches. En un amplio salón los refinados cainitas mantenían lo que se podría reconocer como una insulsa velada entre amigos. Sosteniendo un cáliz plateado que portaba un suculento néctar granate el Hans se dirigió a la dama presente.
- Me temo madame D'Umbrelle que esta tierra no está siendo muy hospitalaria con usted.
La dama, acomodada sobre un rústico sillón de pieles originales de la región, miró resignada al germano intentando disimular su decepción con una reconfortante sonrisa.
- Necesitaba un descanso Herr Hans y no encuentro mejor lugar que esta villa para tenerlo, además, no sabría donde hallar mejor compañía.
El comentario también despertó una tímida sonrisa en aquel moderado ventrue, pero también él se sentía impotente y comprendía la resignación que ésta tenía, aunque tratara de no incomodarlo con un comportamiento ejemplar. Incluso su ingeniosa conversación era de agradecer y así se sintió un poco culpable por desear que la nieve nunca cesase. El invierno era muy solitario y tener consigo a Elois daba alegría a su vida, con su mera presencia había infundido más calor en toda la villa que todas las chimenas caldeando juntas.
- Os lo agradezco el cumplido, pero me temo que debo ser yo el agraciado y si en mi mano estuviera, no dudeis en que la nieve jamás cesaría.
Hans cruzaba la habitación en dirección a su invitada sonriéndola pues al menos les quedaba algo de humor para compartir.
-No Herr Hans, jamás lo dudaría.
Elois también sonreía con la mirada puesta en su interlocutor, pero sus ojos no podían ocultar la tristeza que llevaba en lo más profundo de su ser. A lo que Hans tuvo que rendirse.
- Pronto amainará la tormenta y podreis proseguir.
Diciendo eso, Hans tomó asiento junto a ella.
Pronto el frío se hizo eco del salón contagiando a los presentes de un dificil soportable silencio que Hans como señor del lugar debía romper cuanto antes.
- Después de tanto tiempo, esta es la primera vez que viajais a mis dominios. Sospecho que será la última madame.
La dama comprendía el esfuerzo de éste, así como esperaba se entendiera su desgana, sin embargo no merecía la pena negar conversación a quien tan gentilmente brindaba hospitalidad
- Al menos, en invierno seguro Herr Hans.
El germano sonrió al tiempo que celebraba la ruptura del silencio promulgada por la bella doncella, la cual resaltaba entre las mujeres germanas, pues no podía negarse la dosis de morbo que suscitaba entre los hombres una dama de cabellos tan oscuros como los de Elois.
- Por supuesto.
Otra vez silencio, Hans siguió prorrogando la conversación.
- Cuanto hace ya que nos conocemos... Casi medio siglo si no recuerdo mal...
A modo de celebración Hans se rió, él no podía negar su buen humor, estaba bien acompañado y eso le valía.
- Casi medio siglo
Repitió la doncella con una sonrisa, quizás recordando los momentos que mabos habían compartido en el pasado.
- Brindo por ello.
Levantó su copa, no contento con ello se levantó el mismo en dirección a Elois y prosiguió con el brindis.
- Brindo por vos Elois y porque vuestra presencia nos conceda el privilegio de contar con ella durante más tiempo.
La ventrue enarcó una ceja.
- Os he calado Herr Hans. ¿Otra vez con lo mismo?
Cuan niño Hans esgrimió una mueca en su rostro que no pudo sino suscitar una sonrisa expontánea sobre la doncella. El germano se sentó de nuevo pero sin abandonar esa mueca en su rostro.
- Queados Elois. El Sacro Imperio necesita de vos.
El buen humor también se le contagió a ella, a pesar de que esa era la rutina en que parecían derivar las últimas veladas desde que pusiera al corriente de sus planes a Hans.
- ¿El Sacro Imperio?... ¿o Herr Hans?...
La conversación sostenida, como cabía esperar declinó en lo que Elois predecía, Hans quería que se quedase en la ciudad, junto a él, con diversos achaques que simplemente eran rebatidos sin dificultad por el poco peso que los sustentaba. Varios comentarios ingeniosos por ambas partes animaban la velada, y así pasaría la noche más o menos entretenida, pues no existía otra cosa mejor para hacer que conversar y Hans trataba de aprovechar cada momento del que disponía para intentar cambiar el parecer de la ventrue franca.
Por fin Hans se resginó a proseguir y detuvo el acoso infructuoso sobre el que tanto empeño dedicaba. La noche seguiente sería testigo de una nueva oleada si la nieve proseguía y nada hacía indicar lo contrario.
Sin embargo Elois llegado cierto tiempo y tras un buen rato "jugando" con Hans decidió tornar el peso de la conversación, sopesando que ya había llegado el momento de tratar asuntos de importancia, al menos, para ella.
- ¿Hareis llegar la misivia al Príncipe?
Aquella pregunta sentó como un jarro de agua fría en el germano que se estremeció mientras enmudecía. Debía reflexionar sobre su respuesta aunque al final asintió con la cabeza.
- Se intentará, pero no os prometo nada. Magdeburgo está muy bien controlada. Para ello deberemos involucrar a Herr Von Bauren.
La ventrue se quedó extrañada, no había oído hablar de aquel cainita.
- ¿Es de confianza?
La respuesta no se hizo esperar.
- Desde luego. Es un miembro de la Liga Antasiana, tan leal como el que más y nuestro mejor agente en los dominios de Herr Jurgen.
Parecía que el orgullo del ventrue había sufrido un traspié por la inocente pregunta. Entonces Elois trató de enmendar aquella circunstancia antes de que generase en una catástrofe.
- No preciso más pues, vuestra palabra es suficiente garantía para mi.