La locura, casi total, no había nublado la terrible intuición mágica de Isolda. Ya no podía razonar cómo antes, y no quería a decir verdad. Ahora estaba abocada a un terrible camino de orden en el caos, de orden ulterior a los sentidos, sin apariencias ya. Y atacar los problemas que su magia le mostraban de ese modo era simplemente otra manera, la única a la que ahora tenía acceso.
Con los ojos perdidos, Isolda leía desordenadamente los resultados de su anteriores experimentos con Yakob de Tremere. Una idea, dejada en claro tiempo atrás con Eddard Danzasombría, ahora afloraba de nuevo a su mente convulsa.
Ella podía, sencillamente, hacer que la sangre de un enemigo mortal tornárase en agua, que aunque líquido vital, allí compraba un pasaje para Caronte, si es que en las venas se daba la alquímica transformación. Pero en los Massasa la sangre era algo más que la vida en sí: era vida mágica, era la Quinta Esencia Entrópica que alimentaba sus nocturnas almas.
¿Cómo retirarla?
Sin razón ordenada muchas cosas más habían ya desaparecido.
En el laboratorio, el cuerpo casi destrozado de Yakob de Tremere, veía filtrarse en su boca líquido carmesí proveniente del cuello de pequeños animales silvestres; e Isolda escribía en un papiro posibilidades de aquel poderoso hechizo.
Cuando dejó la pluma sobre el escritorio, mojada aún la negra tinta sobre la piel de cuero, casi todo, creía Isolda, estaba realizado. Su conocimiento profundo del pilar mágico por excelencia, aquel que no sin algo de orgullo era llamado Primus, la Quinta Esencia, le permitía explorar diversas fascetas de todo cuanto tenía en sí algo de mágico.
Ahora este conocimiento profundo tenía matices, tenía irregularidades, pero no dejaba de serlo por ser ahora informe y caótico. La mente era la misma, derruida y construida de nuevo en infame modo, llena de arabescos desiguales y de peligrosas curvas y más peligrosos cruces de caminos. Y sin embargo...
Sobre el cuero había decenas de diagramas, entrelazados todos por poderosas líneas conceptuales, ávidos todos de participar en aquel magnánimo hechizo, en aquella conversación interestelar entre una diosa y sus Dioses; y sobre ellos y bajo ellos subyacía una condena, la Condena que invocaba a la misma Ira de Dios. Y su voz se tornó sobrehumana, murmullo de montaña que rueda sobre sí, cuando con vos trémula recitó los versos:
Dies ire, dies illa,
Solvet saeclum in favilla
Teste David cum Sibylla.
Quantus tremor est futurus,
Quando iudex est venturus,
Cuncta stricte discussurus!
Tuba mirum spargens sonum
Per sepulchra regionum
Coget omnes ante thronurn.
Mors stupebit et natura,
Cum resurget creatura
Iudicanti responsura.
Su voz subía de tono; el lugar se remodelaba obediente ante los mandatos de la Magister Mundi, de la Maestra del Mundo; en crescendo iban también los colores azulados que rodeaban a la ejecutora y al receptor de tan inhumano suplicio. Pero aún no estaba completo.
Liber scriptus proferetur,
In quo totum continetur,
Unde mundus iudicetur.
Iudex ergo cum censebit,
Quidquid latet apparebit:
Nil inultum remanebit.
Quid sum miser tunc dicturus,
Quem patronum rogaturus,
Cum vix iustus sit securus?
Rex tremendae maiestatis,
Qui salvandos salvas gratis,
Salva me, fons pietatis.
Recordare, Jesu pie,
Quod sum causa tue vie,
Ne me perdas illa die.
Quaerens me sedisti lassus,
Redemisti crucem passus,
Tantus labor non sit cassus.
Iuste iudex ultionis,
Donum fac remissionis
Ante diem rationis.
Ingemisco tamquam reus,
Culpa rubet vultus meus,
Supplicanti parce, Deus.
Qui Mariam absolvisti
Et latronem exaudisti,
Mihi quoque spem dedisti.
Preces meae non sunt dignae,
Sed tu, bonus, fac benigne,
Ne perenni cremer igne.
Casi estaba completo; la Completez lograda también se sentía, y respondiendo por primera vez con esa fuerza a la invocación, Aleph, la Palabra, se removía esencial y primigenia en todos los espacios, visibles e invisibles.
Inter oves locum praesta
Et ab haedis me sequestra
Statuens in parte dextra.
Confutatis maledictis,
Flammis acribus addictis,
Voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
Cor contritum quasi cinis,
Gere curam mei finis.
Lacrimosa dies illa,
Qua resurget ex favilla,
Iudicandus homo reus;
huic ergo parce, Deus.
Pie Iesu Domine,
Dona eis requiem.
Un tornasolado color recubrió el cuerpo de Yakob de Tremere, y se sintió la poderosa energía volar sobre ambas cabezas: la iluminada y la Condenada; se sintió el peso del poder, y se sintió el agujero dejado en el espacio en el que se encontraban por el poder Entrópico de aquella Quinta Esencia sagrada y maldita.
Esperó aún un tiempo. No conocía, sin embargo, los resultados.
Pero había allí demasiado en juego: resonancias de peligrosa connotación mortífera y corrupta, y una locura pertinaz que se empecinaba en retorcer los objetivos que debieran haber tenido las palabras. ¿Cómo servir de auriga si la montura es alada y de fuego, si el destino es el centro mismo de la perdición? No era posible ni vaticinar el resultado, ni las intenciones de la magia oculta tras los pliegues de negra tinta en aquel lienzo apergaminado.
Y el tono azuloso que rodeaba a Yakob de Tremere se tornó rojizo, y los ojos dislocados de Isolda se abrieron aún más, lanzando justo a tiempo un hechizo sobre aquel cuerpo desecho.
El calor creció en aquel recinto del Sanctum de Isolda, y un murmullo leve llegó hasta sus oidos. Los intrumentos se tambalearon sobre las mesas, y los rubios y marchitos cabellos de Isolda se movieron en el aire, en respuesta a aquella brisa que tornóse huracán. Levantó las manos para proteger su rostro, ya sin tiempo de protegerse por otros medios, y resonó en todas las habitaciones del perfecto Pentágono que era aquel espacio sagrado, un rugido de montañas, un quebrarse de la tierra.
Un fuego abrasador salió despedido en todas direcciones, y el cuerpo débil de Isolda aterrizó contra la puerta de salida, abriéndola por la fuerza del golpe, y dejando a la archimaga tendida y quemada sobre la piedra.
Aquel era el precio de jugar con Maldiciones y Odios, eterno precio que se cobra a sí la sed de Venganza.