En la noche, bajo las estrellas, Bronce se cuestionaba si realmente París la comprendía. Tras la duda... un punto de reflexión, ¿comprendía ella París? Si la aceptación conduce al entendimiento la respuesta era positiva, aunque en el fondo intuía que se engañaba a sí misma, que toda la corte lo hacía, fundando en tiempos oscuros falsos y endebles lazos de fraternidad. La toreador experimentaba un cúmulo de sensaciones muy parecidas a las que sufrió tras la muerte de su Sire. Se supo aislada, indefensa y poderosa a la vez, egoísta pero con ganas de ofrecer. Una voz interior -lejana y coherentemente similar a la de su amiga Sharede D’Alençon- la instaba: No deberías jugar con fuego... No tardó en enmudecerla, Bronce era una virtuosa en el arte de saber silenciar su conciencia y tarde o temprano eso acabaría siendo su perdición.
Tales divagaciones acompañaron el paseo de la toreador a través de las fragantes tinieblas de su jardín, arropada por níveas sedas que competían en belleza con la de las rosas de aquel edén particular. Bronce se detuvo frente a una enigmática estatua de mármol, un referencial ángel caído. El paso del tiempo había demacrado su rostro, mellado sus alas y borrado una breve inscripción sobre su base. La mujer sonrió al acariciar aquel maltrecho gravado, era obvio que los siglos habían logrado someter a la piedra mas sucumbieron en su empeño de obrar del mismo modo ante la memoria de la toreador. Su mirada se fundió con los pétreos ojos de aquel ángel y por unos instantes solo hubo paz en su rostro. Bronce, tan cruel e insolente en su trato con los demás, en los pensamientos personales siempre era introvertida, como si desconfiara de si misma recelando de su propio comportamiento. No era inseguridad y desde luego tampoco carencia de amor propio, únicamente era rechazo a lo que siglos de no vida habían fundado en su interior. El insensible paso del tiempo la había transformado. En lugar de haber preservado su añorada inocencia Bronce se había vuelto cínica, caprichosa y antojadiza, distante como aquel sol ya apenas recordado. La memoria de su amado Sire se reducía a unos recónditos extremos de si misma a los que ya sin esfuerzo renunciaba. Mantenía intactos el amor hacia su pequeña Lilith así como el inusual respeto por su querida Sharede D’Alençon, todo lo demás era oscuridad, sentimientos contradictorios y nada loables que últimamente incluso reservaba para su propia persona.
Una voz, masculina y familiar, la abstrajo de sus meditaciones. Alguien había accedido a su jardín.
Tras aquel ángel deteriorado, lejos en tiempo y en distancia, apareció el pintor. No sabía qué hacía allí, no sabía por qué había vuelto a verla. No sabía qué le había conducido hasta allí, después de años, decenios de amoríos y decadencia. Su mano se levanta, casi rozando con las yemas de los dedos las alas de aquel ángel caído que, rampante sobre su conciencia, le chillaba desesperada que tenía que marcharse.
Que no podía traicionarla.
Retira la mano con suavidad. Había venido solo, ni tan siquiera su hermosa yegua le acompañaba. Solo, como la vida, como los tiempos. La larga capa talar caía más allá de sus tobillos, acariciando con sus bordes de piel animal la hierba, susurrando ante el roce casi constante. Tiene miedo de que aquel ebenáceo rostro empañe su visión de la grotesca ella. Pero no hay más camino, debe continuar. En un silencio cuasi sepulcral avanza, y bajo sus poderosos pies gime la húmeda tierra, augurando lo que allí tendría que acaecer. Sobre ellos, sobre sus existencias.
- Bronce, después de años...y años. Estás aquí.
El tiempo...En el rostro del ángel, en los sentimientos del Cainita...
- Buena noche, una vez más.