Aquella noche la corte se hallaba agitada, como era habitual. Noticias llegaban de todas partes concernientes a guerras y novedades políticas. Sin embargo, el centro de todas las conversaciones seguían siendo los movimientos de Otón I y el recientemente renacido Sacro Imperio Romano Germano. Los nobles franceses lo veían casi como una ofensa, pues el Sacro Imperio había sido Francés, y ahora, tras mucho años de inexistencia, el Papa le daba ese titulo a los germanos. Hacía casi diez años de aquello, pero la ofensa permanecía.
Geoffrey du Temple era un joven de aquella, recientemente incorporado a la corte del Rey de Francia. Hijo mayor de uno de los duques más importantes del reino, se encontraba en la corte para aprender las vías de la política y la diplomacia, al mismo tiempo que hacía los contactos y obtenía los conocimientos que necesitaría un día para gobernar las tierras de sus antepasados. Era una de las primeras noches desde su llegada, y el joven se encontraba sentado a la mesa del Rey en un banquete para festejar su recién incorporación a la corte.
Y, de pronto, antes de que nadie se volviese, Geoffrey sintió [i]algo[/i]. No sabría decir por qué, pero volvió la mirada en el mismo momento en que un hombre entraba en la sala. Pero no era un hombre normal. Su escudo heráldico demostraba su gran nobleza, y su porte no hacía más que resaltar ese efecto. A su alrededor, los nobles, las damas y los cortesanos se callaban en sus quedos susurros y saludaban con profundas reverencias de cabeza. Pero Geoffrey lo había visto antes, y había quedado fascinado por aquel hombre.
Durante muchas noches en la corte estuvo haciendo pesquisas acerca de quien era aquel hombre, cuando venía, o dónde estaban sus tierras. Asi supo que era Alexander, y que era uno de los nobles más importantes del reino, siendo el único que vivía en Paris permanentemente. El Rey mismo le solicitaba consejo cuando se encontraba en la ciudad. Y, sin embargo, era misterioso, porque había sido maldito cuando joven a no poder volver a ver la luz del sol, ni que sus hijos lo pudiesen hacer tampoco; por ello, sólo salía de noche, menos por los pocos que tenían suficiente confianza con él como para visitarlo en su casa.
Sin embargo, sus pesquisas no habían pasado desapercibidas. Nadie en la ciudad conocía tanto la corte y sus movimientos como Alexander, pues de aquellas no había nadie que rivalizase con su dominio del rey y sus cortesanos. Y, obviamente, se enteró de las pesquisas del joven e inexperto hijo del duque.
Ante el interés que levantó el mortal por él, Alexander respondió con un juego, y durante un largo año jugaron el uno con el otro a los juegos de la corte. Obviamente, Geoffrey no era rival para Alexander en ningún sentido, pero el Cainita disfrutaba viendo como la agil y despierta mente del joven luchaba por actuar y aprender a toda velocidad en un intento desesperado por mantener el ritmo. Y, con ello, se ganó el respeto del Ventrue, que vio en aquel joven a un futuro lider muy importante.
Fue así que, el mismo día del año siguiente, Geoffrey fue convertido en ghoul del Cainita. El poder de la sangre le dio a Geoffrey una débil capacidad de influenciar en los sentimientos y acciones de los que lo rodeaban, y con ello el juego se redobló en interés, subiendo las apuestas muy por encima de donde estaban.
Y jugaron durante cuatro años más, durante los cuales Geoffrey maduró, cambió y comenzó a emplear todas las medidas de las que disponía, hasta convertirse en uno de los mejores cortesanos mortales del Rey. Y obtuvo la inmortalidad como recompensa en el catorce de Marzo del año de Nuestro Señor 979.
La caida a la noche y a la sociedad Cainita le llevó a un mundo donde las apuestas en la corte eran mucho más altas y donde su Sire era señor sobre todo y todos. Su admiración anterior por él palideció en comparación con la que sentía ahora al descubrir realmente cómo eran las cosas, y su respeto por él aumentó exponencialmente al ver cómo mantenía unida una ciudad revuelta por luchas intestinas de seres capaces de destruir a la propia ciudad con sus acciones. Conoció a sus hermanos también, Pietro y Marianne, quienes habían sido Abrazados antes que él y ya se preparaban para volar en breve del nido del Sire en busca de sus propios caminos.
Epilogo:
Geoffrey miraba por la ventana del torreón que hacía de su estudio en su mansión, observando las altas murallas y torres de la Concergerie elevarse por encima de las demás casas de la Isla. Su mente vagaba hacia el pasado, un pasado que tenía buenos tiempos con él, tiempos de sol y también de sombra. Tiempos de lealtad y deber. Todo destruido.
Todo destruido, si, por una necia Toreador capaz de seducir al hombre más poderoso de la ciudad con un amor enfermizo. Abrasador y arrasador. Todo destruido por un estupido Brujah, que abrasado tambien, ignoraba de quien era esa Toreador. Estupido y necio. Todo destruido por una rosa para Rosa, capaz de arrancar el alma de la dama al tiempo que se llevaba la cordura del Ventrue. Poderosa y terrible. Destruido por las ambiciones de una Reina que sabía que Alexander era su unico rival por el dominio de Francia. Astuta y ambiciosa. Destruido por la necesidad de la traición al ser que más respetaba y valoraba del mundo, por el bien de la propia ciudad. Leal, y finalmente Traidor.