Title: Blanco y negro
Description: Privado Bronce y Sharede (25-04-1226)
Sharede d'Alençon - January 3, 2007 03:06 AM (GMT)
El entorno de aquella zona de la ciudad era más agradable que en la mayoría de los barrios que conformaban París.
Las casas se erguían vanidosas mostrando al transeúnte el poder de sus propietarios, y sin embargo a esas horas de la noche toda la piedra tenía el mismo matiz melancólico y sombrío, y las ventanas se cerraban todas ellas, hostiles al mirar de la luna... o al menos así le pareció a una sombra que de callejón en callejón, pacientemente, reducía la distancia entre ella y su destino.
Ni un alma se cruzó en su caminar, y eso que en el último mes había tenido bastantes encuentros donde la casualidad había jugado vital importancia. Esa noche por el contrario parecía no querer modificar sus planes, y el silencio la ayudaba en sus pensamientos sobre el encuentro que iba a tener lugar pocas manzanas más allá.
Hacía ya largos meses que Bronce y ella no se habían visto, podían estar largas temporadas sin dar señales de vida pero inexplicablemente terminaban confluyendo como si fuese el día anterior la última vez que hubiesen hablado. Bronce cada vez más cínica, y ella cada vez más indulgente, quizás para compensar como solía decir la toreador. Al recordar aquellas palabras Sharede no pudo menos que esbozar una sonrisa que se perdió en la noche.
No llegó a dudar de que su vieja amiga estuviese igual que siempre... lo había intentado infinidad de veces pero pese a saber que en el fondo poseía una nobleza de corazón, tantas y tantas capas colocadas con ahínco para hacerla una depredadora más de la estirpe eran difíciles de quitar. Sharede no perdía la esperanza a sabiendas de que volvería a intentarlo mientras que por su parte Bronce haría otro tanto para llevarla a su campo y convencerla de que la protección por medio de la frivolidad era necesaria. Seguramente, otro duelo se establecería aquella noche... y esperaba ganar la batalla con una propuesta muy singular.
Cuando llegó, no necesitó cerciorarse de que estaba en el buen lugar, pues la Maison Renoir era inconfundible: tenía el toque excéntrico que caracteriza a los amantes del arte y a los propios artistas.
Para empezar, era una de esas mansiones que se dejaban preceder por un bello jardín. La toreador en alguna ocasión le había dicho que la belleza de éste era tan esencial como la de la casa en sí, y aunque Sharede había aceptado aquella opinión le añadió el toque personal de un sitio en el que obtener la belleza simple de la vegetación y una calma más adecuada para meditar.
La puerta estaba esculpida en el metal del que recibía el nombre Yvette, y por el arco de medio punto una hermosa enredadera trepaba ágilmente, con un aspecto tan saludable como lo recordaba.
El edificio se recortaba al fondo aunque su vista a medida que se acercaba a la puerta exterior de la verja, se iba limitando hasta ocultarse por completo. No obstante, la imagen mental estaba ahí.
Sharede se detuvo frente a las broncíneas puertas que resonaron melódicamente cuando ella dio unos suaves golpes.
¿Estaría Bronce demasiado ocupada con algún nuevo amante o tendría tiempo que dedicarle?
FDI: La fecha se puede cambiar si te viene mal, y también algo de la incipiente descripción, si no te gusta. La casa es toda tuya ;)
Bronce - January 3, 2007 04:48 AM (GMT)
Aquella noche Bronce decidió pasarla en su hogar.
Había dedicado parte de su tiempo a aleccionar (y también a jugar) con la pequeña Lilith, su amada hija. Juntas leyeron algunos pasajes de “Las Mil y Una Noches” y Bronce vistió a la chiquilla con sus más ricas sedas para convertirla, aunque solo fuese por una noche, en una bella princesa árabe. Ahora la princesa dormía “Dulces sueños, pequeña” y la toreador se limitaba a contemplar la noche desde la ventana de su alcoba, sin formar parte de ella. Siempre se sentía insólitamente distante (aunque serena) cuando colmaba sus horas con Lilith y se alejaba momentáneamente de aquella jungla nocturna llamada París.
La reflexiva mirada de la mujer se perdió entre las flores de su hermoso jardín y observó entonces como alguien se adentraba en él, otra mujer. Bronce sonrió de modo sincero al reconocer en el visitante el rostro de su querida amiga Sharede.
Sharede D’Alençon no era el estereotipo común de una amistad para Bronce. Es más, ambas mujeres eran diametralmente opuestas, mas no obstante se complementaban. La intensa vocación religiosa de Sharede la convertía en una mujer humilde, paciente y desinteresada, de férreos principios e inalterable voluntad. Todo ello virtudes que Bronce solía despreciar (exceptuando los férreos principios) pero que en manos de la religiosa muchacha se tornaban misteriosamente encantadoras.
La toreador se dirigió ella misma al vestíbulo para recibir en persona a Sharede, saltándose así cualquier acto protocolario. Detuvo en las escaleras a una de sus doncellas, Charlotte, mientras se apresuraba en cubrir su cuerpo con un hermoso batín de seda negra ribeteada en oro. Las conversaciones con su amiga siempre le resultaban de lo más enriquecedoras, algo polémicas pero siempre divertidas, por lo que se sentía ansiosa por recibirla. Bronce llegó finalmente al recibidor (no sin antes detenerse en uno de los centenares de espejos) y, extrañamente, no disfrazó su actitud bajo ningún porte enigmático antes de abrir la puerta. Eso lo guardaba para el resto de la sociedad.
-Apuesto a que pensabas encontrarme con mi nuevo amante. Fueron sus primeras palabras tras abrir la puerta, entonces llenó el aire con su encantadora risa y abrazó a su apreciada amiga.
FDI: Gran casa Sharede, gracias por el regalo.
Sharede d'Alençon - January 3, 2007 06:19 AM (GMT)
Sharede ignoraba cómo lo hacía, pero el intrincado jardín de Bronce estaba siempre repleto de las más bellas flores cuyo aroma se filtraba incluso al exterior, dotando a la calle de un sugerente rastro oloroso.
Aspirando la fragancia, la Lasombra cerró los ojos por un instante mientras caminaba como si se hubiese dejado poseer por el espíritu toreador que envolvía la mansión cual perfume. No notó el movimiento tras la ventana del piso superior, pero tampoco se sorprendió cuando la puerta de entrada se abrió para dejar paso a quien estaba buscando.
Allí apareció Bronce, aunque vistiendo de oro, con delicadas filigranas entretejidas en seda negra tan hermosa como su cabello ondulante e intencionadamente despeinado. Sharede respondió al abrazo con calidez pues aquel gesto le demostraba que el tiempo no había pasado ni por su belleza ni por su amistad. Después, sonrió al oír el peculiar saludo de la toreador. Había adivinado sus pensamientos.
-Lo sigo creyendo, pero espero que lo hayas desdeñado para salir a recibir a una vieja amiga...- replicó uniéndose a una risa sincera y musical.
Cuando las risas se apagaron, el eco de éstas permaneció en los labios de la Lasombra a modo de sonrisa. Una sonrisa vacía de malicia, exenta de hipocresía, en definitiva, una sonrisa difícil de conseguir en la larga noche y que quizás fuese más necesaria de lo que se pudiera pensar.
¿Tal vez a ambas les unía precisamente el significado de aquel gesto?
Dejándose guiar, Sharede cruzó el umbral de la Maison Renoir y observó la multitud de espejos sembrados por el recibidor, aunque éstos también se hallaban en el resto de la casa. En ellos sólo la esbelta figura de Bronce se reflejaba, hablando a una presencia invisible.
-Creo que por mucho tiempo que pase, tu casa seguirá sin concederme la bienvenida. O quizás es que la tienes demasiado bien acostumbrada a tu belleza y no se digna en reflejar nada más-, murmuró pícaramente la Lasombra.
No solía utilizar la picaresca, los dobles sentidos, la provocación, el juego de palabras... pero con Yvette Renoir, todo estaba permitido.
Bronce - January 3, 2007 02:19 PM (GMT)
Bronce miró directamente los espejos e hizo un gesto negativo con la cabeza. Su expresión denotó tristeza por un fugaz instante, como si la ausencia de reflejo alguno para Sharede la conmoviese de un modo especial. “Sin reflejo solo nos queda el vacío, combatir noche tras noche con el olvido de tu propia persona para perpetuar el recuerdo de un rostro cada vez más difuso” Pensó la toreador al encontrarse con su propia mirada en uno de los espejos. La cálida voz de su amiga la abstrajo de tan profundas meditaciones y entonces le dedicó una mirada cargada de complicidad.
-Mi casa siempre te dará la bienvenida. No debes preocuparte por eso, yo misma seré tu reflejo por esta noche. Bronce sonrió de un modo indefinible, como si acabara de recordar lo sumamente encantadora que Sharede podía llegar a ser. –Seguís tan bella como siempre. Añadió la mujer tratando de restar trascendencia al asunto de los espejos con su halagador (aunque sincero) comentario.
La toreador guió a la invitada hasta su cálido salón, bellamente decorado e iluminado por el rugiente fuego de una gran chimenea. Bronce tomó asiento en un exquisito diván de terciopelo rojo e instó con un gracil gesto de su mano a que Sharede la acompañase.
-Y bien, mi querida Sharede ¿Qué motivo ha guiado vuestros pasos hacia mí? El fuego otorgaba un brillo especial a la mirada de ambas mujeres. Bronce formuló la pregunta de un modo tan casual y directo que sorprendió a la recién llegada, sabía que algo preocupaba a su amiga y estaba dispuesta a hacer todo lo posible por no defraudarla.
Sharede d'Alençon - January 3, 2007 03:19 PM (GMT)
Sharede caminó al lado de Bronce hasta la amplia estancia iluminada por la chimenea. Había sentido cómo la toreador, a raíz de su pequeña broma, compartía silenciosamente y por un instante la carga de una eternidad privada de poder contemplar su identidad salvo en las miradas de los demás.
Pensándolo detenidamente... ¿Cuánto hacía desde la última vez que contempló su propio rostro? Lo recordaba aniñado, dulce e inocente, mortal... y al parecer conservaba en su mayor parte aquel aspecto, añadiendo quizás un matiz cincelado por los siglos.
Desechando rápidamente dichos pensamientos para no sumirse en la melancolía, la Lasombra aceptó el ofrecimiento y se recostó en uno de los lujosos sillones relativamente cerca de la claridad que ofrecían las llamas.
Aunque Bronce le había dado fácilmente pie a expresar sus deseos y temores pues la conocía lo suficiente como para adivinar lo que motivaba sus pasos, Sharede se resistió a comunicar en primera instancia lo que noches atrás había ocurrido: sabía que podía interpretarse como una visita de interés egoísta y lejos de aquello, qué mejor forma de emplear su tiempo que mantener el contacto con las personas que apreciaba de un modo especial.
-Digamos que echaba de menos momentos como éste- respondió ella. Era verdad pues podría haberse decidido a pedir ayuda a muchas otras personas.-Hace largos meses que me retiré de la jungla de París y me parecía pecado haber vuelto a ella sin hacer algunas visitas.
La mirada divagante de la Lasombra se posó de nuevo en Bronce.
-No obstante siempre puedo empezar por el final-, remarcó como provocación.
Bronce - January 3, 2007 04:16 PM (GMT)
Bronce dejó escapar una leve risa, casi un bufido, ante el provocador comentario de su amiga.
-Andarse por las ramas no es algo digno de vos, mi querida Sharede. Su tono de voz había cobrado un cáriz irónico. –De modo que una simple visita de cortesía... Que aburrido. Bronce hizo un falso ademán de bostezo y luego sonrió sin mirar directamente a Sharede, sus ojos se centraban ahora en el llameante fuego del hogar. Guardó silencio por unos breves instantes antes de desviar nuevamente su mirada al bello rostro de Sharede. La sonrisa había desaparecido de sus labios. –Sé que hay algo más, querida, algo que por algún motivo consideráis oportunista o inapropiado. Hablad. Ahora Sharede sí pudo reconocer en la bella toreador sus características formas, altivas y nada condescendientes.
Bronce agravó el tono de sus palabras no por enojo o desdén, sino porque sabía que era el único modo de conseguir que su amiga le declarase sus verdaderas intenciones. Una brusca actitud para facilitar que Sharede se sincerara sin temor a convertir su visita en un acto interesado.
-Todos deseamos algo, Sharede. El hablar no proporciona placer alguno, tan solo es un banal método para lograr nuestros propósitos.
Sharede d'Alençon - January 4, 2007 05:16 PM (GMT)
Sharede sonrió levemente aunque no pudo evitar ponerse a la defensiva por las palabras de Bronce. La curiosidad de su amiga le afilaba la lengua, y si no la conociese bien podría haberse sentido ofendida por aquella forma de pasar por encima de sus buenas intenciones.
-Las dos sabemos que nuestros propósitos no suelen coindicir- le recordó ella, suspirando.
Tras unos momentos en los que los ojos de la sombría mujer se trabaron en el fuego y sus labios permanecieron sellados, decidió complacer las expectativas de la toreador y entrecruzó las manos sobre su regazo mientras volvía la mirada hacia ella, firme y decidida.
-Bien conocerás las penurias que esta ciudad está atravesando últimamente-, comenzó con lentitud, casi silabeando sus palabras como si quisiese que calasen más hondo de lo habitual en Bronce para atravesar su armadura de indiferencia.-Sabes que los mortales sufren más cada día, nadie puede ignorar las huellas del sufrimiento y la enfermedad aunque viva en una jaula de oro.
Quizás hubiese sido más mordaz de la cuenta, pero aquel tema incidía en su parte más sensible.
-Así que el otro día varios de nuestra estirpe nos reunimos en el refugio de Nayara de los Ventrue para discutir acerca de la creación de un orfanato...
Sharede se detuvo para ver la reacción de su interlocutora ante una idea tan dispar. Su reticencia a esbozar sus ideas era casi palpable, pero se obligaba a hablar del tema porque al fin y al cabo era su arma aquella noche.
Bronce - January 4, 2007 06:01 PM (GMT)
El rostro de Bronce se convirtió en una máscara de reflexión por unos segundos.
-Honorables intenciones desde luego. Me sorprende que Lady Nayara no se decidiera a celebrar un baile de máscaras para exponer tan loable propuesta. Las palabras de Bronce destilaban ahora su característico cinismo. –Es tan versada al... ocio. Habría sido lo más apropiado, ¿no crees?
La cruel sonrisa de la toreador fue recibida con desaprobación por la dama Sharede. Ella percibió la contrariedad de su amiga y optó por someter su peculiar sentido del humor bajo una expresión de fría rigidez. Eran pocas las personalidades que lograban semejante efecto en la enigmática mujer.
-Supongo, querida amiga, que no hablarás en serio. La mirada de Bronce reflejaba un divertido asombro. -La pasada noche tuve un encuentro con esa mujer justo enfrente de la Sainte Chapelle y ni tan siquiera se dignó a mencionar “Tan Noble Causa”. La mujer encumbró sus últimas palabras con una sarcástica sonoridad. -Estoy acostumbrada a los desaires de muchos miembros de esta corte pero eso no significa que los olvide y desde luego no pretenderás que colabore en el proyecto caritativo de una ventrue que por aburrimiento o solo Dios sabe por qué ha optado ahora por la filantropía. La cautivadora risa de Bronce rompió el silencio de la noche. –De modo que si lo que buscas es mi contribución... La respuesta es no, querida, por supuesto que no. Concluyó entre incontrolables risas.
FDI: No te desanimes Sharede, solo tú puedes conseguir algo bueno de Bronce. Por cierto, un saludo Nayara (el saludo está exento de cualquier connotación sarcástica propia de Bronce, bueno, tal vez...)
Sharede d'Alençon - January 4, 2007 07:58 PM (GMT)
Agnes arqueó una ceja: debía de habérselo imaginado... o quizás lo hizo pero sabiendo que la toreador no se lo pondría fácil, no estaba entre sus propósitos dejarla ganar a la primera negativa.
Para empezar, ¿cómo podía fijarse en los pasatiempos de la ventrue y justificar con ellos la oposición a una causa tan noble? Sabía que mientras su interlocutora hablaba de ello no había podido evitar una mueca de desacuerdo, no porque dudase de las palabras de Bronce sino porque con eso no se podía resumir la actuación de la cainita.
-Déjame terminar antes de enzarzarte en sus desaires para contigo, pues estoy segura de que actuásteis ambas con los mismos métodos- le reprochó Sharede, antes de dulcificar su tono para proseguir y evitar así darle tiempo para ofenderse.-Por mi parte me parecen buenas intenciones aunque debo serte sincera, y pienso que las motivaciones de otros de los que estuvieron presentes quizá puedan abarcar propósitos más amplios y no tan loables, y estaré por supuesto al tanto de todo ello para impedirlo.
No se lo pintaría todo de forma paradisíaca, no era su estilo.
-Pero el proyecto no ensalzaría la generosidad de la ventrue. Con tantos colaboradores, quedamos al servicio de un todo homogéneo en el que cada uno se encarga de lo que puede abarcar. ¿Qué importa Nayara, qué importa Máximo, von Hellstrich, yo misma? Los niños pequeños que se quedan sin padres por la epidemia deben ser atendidos o la ciudad decaerá irremediablemente en cuestión de años.
Niños huérfanos, desamparados... aquello le recordaba a Lilith, la pequeña protegida de la toreador, pero consciente del daño que le haría a Bronce recordarle el tormentoso pasado de su pequeña ghoul, obvió de momento su carta más rotunda y convincente.
Bronce - January 4, 2007 09:07 PM (GMT)
-De modo que ahora nos preocupamos de los pobres y desvalidos infantes. Exclamó con intencionada sonoridad. -¿Sabes? Siempre creí que éramos nosotros los pobres niños hambrientos. Una sonrisa en los labios coronaba su astuto sarcasmo.
Bronce no parecía convencerse ante el libre altruismo de todos lo que colaboraban en aquel humanitario proyecto, sabía (o creía saber) que lo hacían impulsados por algún propósito clandestino, una oportunidad única para mostrar su lado más luminoso encubriendo el oscuro, una actitud ciertamente habitual dentro de la corte cainita y, por supuesto, altamente eficaz. Ella pensaba obrar del mismo modo.
La toreador observó detenidamente la sincera mirada de Sharede. En la oscuridad de aquellos ojos sí que residía una verdadera nobleza, tan limpia y evocadora que Bronce no pudo evitar el tener que desviar su mirada al vacío de la estancia. Fue entonces, interiormente, cuando pudo vislumbrar a una durmiente Lilith, vestida de princesa y cálidamente arropada entre fragantes sábanas.
El bello rostro de Bronce, ahora grave, reflejaba una tristeza digna y mesurada.
-Dime, querida ¿cuánto necesitas? Tras formular la pregunta Bronce se incorporó del diván y se dirigió a contemplar la noche desde los amplios ventanales de su salón, preguntándose cuántos pasos daría antes de escuchar la respuesta de Sharede. Fueron dos.
Sharede d'Alençon - January 5, 2007 04:49 PM (GMT)
-Lo que tú consideres necesario-, respondió Sharede casi al instante. No había dicho nada aún sobre proporcionar el dinero y abstenerse del proyecto, pero al parecer la toreador no deseaba herir su orgullo y someterse a los planes de Nayara así que prefería aquel discreto método. Aunque no es lo que hubiese deseado, respetaría la voluntad de su amiga.
No necesitó escudriñar la cara de Bronce para saber que la melancolía se había apoderado de ella pues su voz la delataba. Levantándose con presteza, la silenciosa cainita siguió sus pasos con gracilidad hasta detenerse un poco más atrás y cerca de la ventana. La hermosa silueta enmarcada en negro y oro se mantenía inmóvil como una estatua, y probablemente no la hubiese escuchado acercarse.
Su voz surgió suave como una caricia.
-No lo hagas por mi, Yvette.
Nunca la llamaba por su apodo.
-Hazlo sólo si todavía tienes esperanza, fe. Sólo si pensar en un niño pequeño y desvalido despierta en ti sensaciones que les niegas a aquellos que ya han perdido su inocencia.
La sombra de Bronce pareció más compasiva que nunca.
Bronce - January 5, 2007 11:53 PM (GMT)
-No permitas que yo misma ponga la cifra, mi querida Sharede, de ese modo tan solo corres el riesgo de que mi donación sea consecuente con mi persona. Su sarcástico comentario vino acompañado de una media sonrisa, ambigua y sombría -Esos pobres niños te agradecerán el hecho de que seas tú en persona la encargada de “valorar” sus propias miserias. No yo. Bronce murmuró entonces algo ininteligible en voz muy baja, más débil que un susurro. Sharede no lo percibió.
La toreador desvió su rostro hacia el de la religiosa joven y le dedicó una larga y reflexiva mirada.
-Lo haré por ti, querida. Sus palabras sonaron débiles, como un susurro en la noche que invadiese el silencio. –Y por nadie más. Añadió con expresión fría y neutra. –Y deberás aceptarlo. ¿No querrás anteponer tu orgullo al devenir de esos pobres niños? Una sonrisa acompañó un elegante ademán de sus manos. -Tus ansias de redención hacia mi persona no son mayores que la peste y el hambre que azotan esta ciudad. Bronce se esforzó en darle a su voz un relevante tono de autoridad. -Acepta mi dinero y no cuestiones mi intencionalidad.
Sharede d'Alençon - January 8, 2007 01:28 AM (GMT)
"Valorar sus propias miserias", Bronce decía aquello como si ella estuviese poniendo un precio a lo que valían los pequeños y esa idea le dolió tanto que se retrajo bruscamente aunque sin llegar a darse media vuelta para volver al diván, pues no, por fortuna no tenía el insano orgullo de la toreador.
-Está bien, entiendo tus motivos-, replicó tras ciertos instantes- al fin y al cabo y aunque no lo quieras, que sea por mi o por los niños convierte igualmente tu acción en una buena causa.
Aunque había pretendido hacer un comentario burlón, Sharede mantuvo la expresión seria y finalmente dio media vuelta para volverse a sentar, algo distante.
Bronce - January 8, 2007 02:11 PM (GMT)
La toreador sonrió de nuevo, con aire ausente, y Sharede tuvo la certeza de que había un inusitado enigma en esa mirada, a un tiempo profunda y frívola.
-¿Entiendes mis motivos? Bronce tuvo que reprimir una carcajada ante el comentario de la bella lasombra. -Querida... Jamás entenderás nada de mí, pues mis actos no están supeditados a ningún... “Señor”. Dijo esto sin apartar su mirada del crucifijo que pendía del cuello de Sharede. -Y no me refiero a ese símbolo al que con tanta fervor os aferráis, estoy hablando de Máximo, el “omnipotente” Máximo Constanza. Desdén y sarcasmo, habituales formas en la dialéctica de Bronce. –No, querida, no encontrarás bondad en mis acciones. Tampoco maldad. Me entristece que me consideréis alguien tan... vulgar. Su boca insinuaba una sugestiva sonrisa, nostálgica y evocadora, inadecuada en la juventud de su rostro. –A veces pienso que incluso los lobos entenderían mucho mejor mis motivaciones.
Pero a pesar de su ambiguedad, la imagen de su privilegiada Lilith seguía estando presente en el interior de Bronce, tratando de someter su férreo libertinaje bajo el hiriente látigo de la conciencia. La mujer recordó entonces como la pobreza rondaba libremente por las calles de París, sempiterna y oscura, ignorada por su epicúrea mirada toreador durante sus habituales paseos (acechos) nocturnos. “Manos que mendigan, gritos y lamentos, carne ultrajada por la peste... La mirada perdida de un niño.” Un escalofrío amenazó con alterar su cuerpo y ella trató de disimularlo con un elegante cruzar de brazos, no obstante, dicha alteración, logró al fin manifestarse como un vestigio de sombras en su mirada. Su altivez parecía desmoronarse por momentos, Bronce lo interpretó como una mala señal.
-Mañana mismo enviaré a uno de mis criados a vuestra abadía. Espero no decepcionaros con mi... donativo.
En esta ocasión Sharede percibió un timbre sombrío en las palabras de su amiga. En exceso sombrío.
Sharede d'Alençon - January 10, 2007 06:41 AM (GMT)
Bronce probablemente había lanzado la más certera daga de todas las que podría imaginar aquella noche, y eso que no se había dado cuenta. Sharede presintió instintivamente que su rostro se ruborizaría hasta la raíz del cabello, pero tras un breve instante dio gracias porque aquello no ocurriese. De todas formas, no quiso tentar a la suerte y mantuvo el rostro desviado hacias las llamas: la toreador la conocía demasiado bien como para que aquellas barreras físicas le impidiesen ver algún indicio que alimentase sus sospechas.
Sus pensamientos volaron hacia la abadía, hacia una habitación envuelta en sombras que miraba al cielo en el silencio de un beso... no el de un hermano, no el que en sus más temidos recuerdos le daba su sire. El beso que si hubiese conservado la vida mortal nunca nadie le hubiese dado. Y sin embargo era tan dulce...
Sharede había posado la punta de sus dedos sobre los labios en un gesto involuntario, pero la mención de los hombres lobo la sobresaltó e hizo que su mano cayese de pronto inerte sobre el regazo. Nada de lo que decía Bronce estaba dirigido por la casualidad. Sintió miedo por lo que la toreador podría hacer dejándose llevar por una ola de hedonismo, aquél que la impulsaba a probar cosas nuevas y ciertamente irresponsables.
-Creí que los odiabas- le recordó ella, pero calló al sentir en su vieja amiga el penetrante aroma de algo que la torturaba. Respetó su deseo de afrontarlo en soledad.
Bronce - January 10, 2007 05:32 PM (GMT)
Bronce ladeó la cabeza y una de sus cejas se arqueó, adquiriendo el rostro una cínica expresión de asombro.
-Siempre has creído demasiadas cosas, querida. La mirada de la toreador se centró de nuevo en el crucifijo de Sharede. -Pero lo cierto es que procuro reservar mi odio exclusivamente a aquellos que más lo merezcan, dosificándolo como gotas de perfume. La sonrisa de la toreador se redujo a una mínima expresión. –Eso es el odio, amiga mía, el más caro y embriagador de los perfumes. Bronce se dispuso a acompañar el gesto de su compañera y también ella desvió su mirada hacia las llamas -Y su frasco no siempre es pequeño. Añadió casi en un susurro.
La oscura dama se esforzaba en darle a su voz un convincente deje de tristeza y Lady Sharede no pudo apreciar atisbo alguno de sarcasmo en aquellas frases, tan crípticas y sensuales como lo eran su dueña.
-Desde la misma noche en que recibí el abrazo, negándoseme así la entrada al cielo o al infierno, la semilla del odio ha crecido fuerte y poderosa en mi interior. Sharede fijó su mirada en el rostro de la toreador mientras se dedicaba a escuchar con atención sus palabras. La cainita del clan Lasombra se sorprendió ante el tono de voz empleado por su amiga, ahora neutro y carente de frivolidad. -Luego, tras la muerte de mi amado Jean Paul, un océano de sentimientos inundó mis entrañas. Algunos de esos sentimientos eran satisfactorios y productivos, otros sin embargo... La mujer detuvo su disertación y dejó escapar una risita para convertir lo dicho en algo trivial, pues creyó haber comentado algo tan profundo que sintió desnudar su propia alma. No deseaba que Sharede lo percibiera.
-En lo referente a mi donativo... La mujer se propuso en desviar el rumbo que la conversación estaba adquiriendo y Sharede no pudo más que sonreír ante tan brusco cambio. -Debes jurarme que no me relacionarás con él, que ni tan siquiera mencionarás mi nombre. Sus rasgos se volvieron entonces rígidos e inclementes. Bronce no concedía posibilidad alguna de disyuntiva ante semejante mirada. –He de pensar en mi reputación, querida. Añadió con una media sonrisa. Sharede sí pudo captar entonces el genuino sarcasmo de la toreador que tan fácilmente podría haber sido pasado por alto. Ella, no obstante, la conocía demasiado bien como para hacerlo.
Sharede d'Alençon - January 11, 2007 01:43 AM (GMT)
-Bien, amiga mía-, replicó de pronto Sharede con suave sorna- veo que pese a que pretendas hacerte pasar por un ser sin sentimientos conservas algunos intensos, aunque creas que murieron con Jean Paul. Quizás sea por eso por lo que estoy hablando contigo ahora, pues tal y como tú misma te describes me temo que estaríamos en bandos contrarios, ¿no crees?
La Lasombra se había levantado de su asiento y estaba acercándose a Bronce con pausada lentitud, recreándose en la mirada de la toreador que sabía confusa ante la actitud tan extraña que estaba mostrando.
-Alimentas tu reputación con odio, por lo que parece. Una reputación que probablemente te granjeará enemigos. No son buenos los tiempos que corren para jugar con fuego, Bronce.
Y además, hacía mucho que no la trataba por el apodo. Su ambigüedad era desconcertante. Terminó rodeándola y situándose junto a la ventana.
-Dime, ¿Cómo van tus tratos con los miembros de la estirpe? Por lo que he podido deducir de tus palabras, siguen Nayara y Máximo Constanza en tu lista negra. ¿Alguien nuevo que añadir?
No la miró, ni el tono era afable o siquiera dulce. Sólo ligeramente ausente y esquivo, no le había respondido aún sobre el donativo pero no pensaba jurar nada pues si la amistad las unía, Bronce debería confiar por una vez en que ella no pretendía traicionarla. De eso se trataba la amistad, aunque la toreador tuviese una opinión tan subjetiva de ese concepto.