La noche acababa de empezar, pero ya en el cielo, desde el atardecer se veían nubarrones que anticipaban una tormenta.
Cuando el último rayo del sol cayó, el pronóstico sobre el clima se hizo realidad. Primero lentamente, gotas pesadas de agua caían sobre el cementerio y sus alrededores. Luego con más fuerza, ventarrones hacían mecer las copas de los árboles, y de manera gradual aquella tímida lluvia de un principio se convirtió en un vendaval.
Fortísimos vientos doblaban los árboles hasta casi hacerlos tocar el suelo; relámpagos prodigiosos partían mausoleos con su poderoso impacto; algún desprevenido transeúnte, que corría hacia su hogar, se vio envuelto en el poder de aquella tormenta, y su cuerpo fue levantado del suelo, haciéndolo chocar contra una gran piedra.
Media hora de rugidos más propios de la mitología nórdica que del París medieval, hicieron estremecer las almas de todos los que se encontraban cerca al cementerio.
Pero finalmente la tormenta se movió un poco, hacia la zona más adinerada de la ciudad, donde la débil lluvia ya caía.