Todo era calma desde hacía algún tiempo en St. Germain-De-Près. La tranquilidad inundaba la noche. Casi ningún cainita acudía a la Abadía. Únicamente rasgaban el silencio del lugar los quedos susurros y salmodias que los acólitos entonaban para su Dios. Pero el sosiego que reinaba en el gran monasterio, nada tenía que ver con la situación interna del hombre más importante del recinto. El Padre Dinard sentía una extraña sensación en su interior desde hacia algún día, mientras el vínculo que le ataba a su señor estaba fortaleciéndose. Eso solo podía significar una cosa: él estaba despertando. No era la primera vez que había tenido esta sensación, pero jamás se acostumbraría a ella. Algo le estrujaba el corazón incitándole a moverse en dirección a los aposentos de su amo.
Interponiendo por unos momentos su voluntad a la llamada de señor de la Abadía, el ghoul se dirigió presuroso a la celda de uno de los acólitos. Lo despertó silenciosamente, pero con premura y lo instó a seguirle. Si algo conocía, es que cualquier despertar después de un letargo prolongado iría acompañado de una poderosa sed de sangre, y no quería ser él alimento en esta ocasión. Con el novicio pisándole los talones, el leal abad, se encaminó hacia los aposentos del que lo reclamaba a través de su corazón.
A medida que avanzaban por los pasillos de la Abadía, el joven aprendiz empezaba a adivinar hacia donde se dirigían. El cambio de las zonas de piedra y madera, a aquellas partes tapizadas con lujosos lienzos y alfombras de gran valor no pasaba desapercibido a nadie, y menos a alguien acostumbrado a vagar por las estancias del monasterio. Lo que no alcanzaba a imaginar su mente era el motivo de su presencia ante el Señor del lugar, pero su devoción hacia sus superiores le instaba a proseguir sin interrupción. Pronto conocería su destino.
Ya casi habían llegado a su punto de destino. El corazón del abad latía desbocado por la llamada de su dueño, y por la emoción y los nervios de poder servirle de nuevo. Si el adepto que le seguía no hubiera estado tan centrado en sus cavilaciones, y en intentar controlar los temblores que convulsionaban su cuerpo, seguramente habría escuchado los latidos de su superior. Finalmente llegaron ante las puertas de las estancias del gran señor. Con la breve y concisa orden de "Entra, el señor te atenderá enseguida" mientras abría la puerta, Dinard instó al novicio a penetrar en la habitación, cerrando la puerta tras de él y manteniéndose cual guardia imperial custodiando el clausurado acceso.
Al entrar en las estancias, el joven religioso, no pudo mas que sentir algo de temor. Solo el resplandor de un candelabro iluminaba la estancia. Esta era lujosa y con un gusto clásico, digna de un antiguo señor. La luz de la vela alcanzaba a iluminar tenuemente la superficie de un gran escritorio tallado en madera de excelente calidad. Una butaca de regia talla estaba apostada a uno de los extremos de esta, mientras que justo enfrente había colocadas dos sillas menos ostentosas pero de similar corte. Un rápido vistazo a la habitación solo sirvió para asustar más al pobre acólito, pues parecía que las sombras se movían cerniéndose sobre él. Así que optó por cerrar los ojos y elevar una plegaria a Dios "Pater noster qui es in caelis...".
Mientras, una de las sombras que al joven le había parecido que se cernía sobre el, así lo hacía. Lentamente y sin ningún ruido la sombría silueta se colocó detras de la atemorizada víctima, y cuando su cuerpo empezó a volverse sólido con una mano le tapó la boca ahogando el grito que se produjo a continuación y aprovechando para inclinar levemente el cuello de la frágil criatura. Acto seguido clavando sus centenarios, pero no por eso menos afilados, colmillos empezó a alimentarse. La sangre del humano recorría su garganta e insuflaba con nueva energía su aletargado cuerpo. Pronto volvería a ser el de siempre: El poderoso Primógeno del clan Lasombra en la bulliciosa y rica ciudad de París.
Tras haberse alimentado, y sintiendo todo su potencial de nuevo, el señor de los Lasombra se dirigió a una estantería repleta de antiguos volúmenes, extrajo uno casi sin mirar y lo llevo hasta su excelente mesa. Una vez allí se recostó en su trono y empezó a leer. Pero esta resultaba una lectura distraída, mas bien recorria las páginas del libro, más guiado por la costumbre que por el mismo acto de leer. No podía concentrarse, algo atormentaba sus pensamientos... Como siempre después de un periodo de letargo.
En esos momentos una llamada a la puerta rompió el ensimismamiento de Maximo.
- Entra Dinard -Ordenó el señor de la Abadía sintiendo la presencia de su ghoul al otro lado de la puerta.
La puerta se abrió lentamente mostrando a un nervioso abad, que al ver a su amo avanzó rapidamente hacia delante inclinandose ante él.
- Buenas noches tenga mi señor. - y con su servilismo habitual prosiguió- ¿Hay algo que pueda hacer por vos?
-Porsupuesto, podrías empezar por limpiar un poco esto -Mientras señalaba el cuerpo del desangrado acólito.
Cuando Dinard iba a responderle, lo hizo callar con un gesto de su mano mientras se levantaba, y sumido en su melancolía salió de la habitación, confiando en que a su vuelta su orden habría sido cumplida.
Mientras paseaba arriba y abajo por los corredores del monasterio, guiado por su extenso conocimiento del lugar, un pensamiento le carcomía por dentro:
Enfrascado en sus pensamientos, y caminando sin rumbo, fue a parar ala parte más alta de la Abadía. Una espléndida torre de muchos pies de altura desde la que se podía divisar todo el recinto del monastério, los suburbios de Montparnasse y en la lejanía la poderosa ciudad de París en todo su esplendor, bajo la luz de la luna. Siempre había admirado las explendidas vistas del lugar, sin lugar a dudas eran un regalo para los ojos de cualquiera. Pero esa noche, solo servian para reforzar el pesar que sentía su corazón. Estaba harto de luchar solo. Y ahora era muy posible que tubiera que empezar una nueva guerra encubierta para reafirmar su lugar. Mirando hacia bajo, divisando el patio desde alli arriba un pensamiento cruzó su mente. "[COLOR=gray]Que fácil sería dar un paso al vacío y olvidarlo todo". Y por un acto reflejo, o por su voluntad escondida hizo lo que estaba pensando. De repente se encontraba cayendo a gran velocidad hacia el vacío. De repente un nombre le vino a la mente "Angelo" y lo vió todo claro. Concentrandose en su sangre y en los poderes del abismo se convirtió en sombra mientras seguía cayendo y se dirigió sin ser visto hacia la residéncia del Segador de París. Ahora más que nunca necesitaba aliados, y quién mejor que Angelo que jamás le había fallado, y siempre se había mostrado noble en su determinación y sus acciones para con el clan.