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Title: Gedanken: La locura
Description: 12/5/1226 - el Wyck y la Hermética


Isolda Lamartine - November 27, 2006 04:22 AM (GMT)
Caminar sola, alejada de los bullicios de la ciudad, siempre le había parecido lo único que podía salvarla de caer en la locura. Los mismos estantes abarrotados de libros viejos, de pergaminos macilentos y de recuerdos de personas que nunca entenderían el mundo como ella lo hacía.

¿Arrogancia? Tal vez. Pero en suma era simplemente una relación de hechos. Convertir el mundo cognoscible en letras para ser guardadas ad eternum no era precisamente la idea que la Archimaga tenía de la Iluminación. ¿En qué se diferenciaba un Maestro de un Archimaestro? Muchas veces los jóvenes tenían ideas equivocadas sobre lo que eso significaba.

Se creía que si un Maestro podía levantar una montaña, el Archimaestro podría levantar dos. Que si el Maestro podía volar hasta el límite de la esfera lunar, el Archimaestro podría cruzarlo, superando los límites de Bonisagus. Pero todo eso era falso. Eran igualmente hábiles con el uso de la magia. La única diferencia, la que distanciaba para siempre a ambos aunque tuvieran igual dominio sobre el mundo, en apariencia, era que el Magister Mundi comprendía el movimiento de la Realidad.

Sonrió ante la idea. Hacía mucho tiempo que estaba luchando dentro de la Orden por conseguir que la enseñanza de su Spiritus fuera obligatoria en las escuelas, y con el testimonio de Magister Scholae Nathaniella aquello había sido posible. Pronto los jóvenes tendrían la posibilidad de conocer aquella fasceta de la realidad con más facilidad, y quién sabe, a lo mejor podrían alcanzar más fácil la Iluminación con aquel conocimiento terrible y hermoso.

Pero aquel día, en aquella campiña campesina llena de miseria, de miedo y de paganismo, en aquel lugar donde Isolda, disfrazada como anciana curaba o predicaba silenciosamente las creencias que los ignorantes Durmientes estaban dejando perder, sería el día del cambio, el día en que la rueda de la vida de la poderosa hechicera tomaría sentido contrario, o ambos, o todos, y dejaría un ovillo, un Nudo tan imposible de desatar que pasarían mil años para que alguien encontrara aquella mente vagando entre las Pesadillas Durmientes.

Isolda Lamartine - December 19, 2006 02:18 PM (GMT)
La anciana miró a la joven que tenía frente a ella. No llevaba más de veintidós años en sus espaldas juveniles y lozanas, pero su rostro, a diferencia del resto de su cuerpo, ya mostraba una edad mucho mayor, como era común en aquellas comarcas; como era común entre todas las clases sociales que no tuvieran por nombre el de un antepasado glorioso y adinerado: la enfermedad, el cansancio, la preocupación, la violencia.

Pero bajo aquella costra de mugre y miseria había tanta inocencia y bondad, que Isolda, dura como roca cuando observaba los comportamientos Durmientes, se sintió positivamente enamorada.

-Mi joven niña-, dijo la anciana con voz trémula pero sugestivamente dulzona y condescendiente-, ¿qué es lo que enturbia tu mirada?

Los ojos claros de la anciana se clavaron en los de la joven, negros y llenos de pasión adormilada, que dio un saltito cuando sintió su alma desnuda, como en efecto estaba, ante la mirada de aquella sabia mujer, que decían, podría ayudarle con lo que le pasaba.

-Este... yo... -era claro; tenía miedo. El sacerdote de la aldea, un maldito monje calvo, viejo y rezandero, podrido hasta los cimientos, amenazaba constantemente a las ancianas y a las jóvenes, a los hombres y a los mozos con recordatorios del color de las llamas del infierno.

La anciana sonrió, y fue tan tranquilizadora aquella sonrisa pura y casi centenaria, pensó la muchacha, que el miedo se esfumó como se esfumaba las sombras cuando el sol cae sobre ellas. Era una mujer simplona, y difícilmente sus pensamientos podían igualar en profundidad a los de una remolacha recién sacada de la tierra, pero el instinto animal que la acompañaba y que la había hecho pedir consejo a la anciana, permanecían en su más sana disposición; no ya desconfiados sino curiosos.

Con su renovado valor, empezó a hablar pero esta vez sin detenerse o vacilar.

Su problema era común en aquellas tierras. La joven moza, en la edad de casadera, repudiaba el futuro que la esperaba dentro de la gente de su misma clase, de su misma pobreza y de su misma tristeza. Así como ella había muchas más jóvenes llorosas sucias y esperanzadas. Y el deseo de todas era el mismo: un joven adinerado que las amara y las llevara a pasear por llanuras verdes y hermosas. Isolda detestaba aquello y por un minuto se reprendió duramente por no haber intuido que una estupidez similar ocurriría.

Pero, aunque ya lo había hecho un par de veces, siempre le había parecido divertido ver a un joven noble enamorado perdidamente de una simple campesina. "Así como mi madre", pensó.

-Los hechizos de amor son siempre peligrosos como un precipicio que conduce a un enorme tesoro. No es sólo el trabajo de llegar y recoger las monedas, sino el de devolverse con ellas sin caer a los bajos fondos de oscuridad y filosas rocas que sólo darán al cuerpo un improvisado ataúd de piedra.

Aquella voz dejó de ser dulzona y tranquila para volverse incómodamente áspera y aguda. Las uñas largas se movían una y otra vez sobre un plato de madera y los dientes negros aparecían tras una retorcida sonrisa.

-Pero es imposible salir ileso, de todos modos. Siempre habrá un movimiento en contra, un raspón que en diez años cobrará el interés por la riqueza y el lujo; perderás los hijos o la cabeza.

La mirada que le dirigió dejó a la joven congelada, de nuevo, pero aquel mismo instinto animal la hizo recuperar la compostura casi de inmediato, y tímidamente, aunque con fortaleza, dijo a la anciana que no importaban las consecuencias. La vieja pidió algo del elegido de la chica, y un rubio mechón de cabellos le fue entregado. Pidió el nombre, que también le fue dado, y con aquellos elementos comenzó a trabajar.

Cuando terminó tenía en la taza de madera un líquido verdoso que exudaba un encantador perfume, que vagamente recordaba el olor de la ambrosía de los dioses.

-Ve con cuidado, jovencita. Ponlo donde quieras y asegúrate de que lo huela. Mi precio será cobrado a su debido tiempo.





Isolda Lamartine - December 19, 2006 03:34 PM (GMT)
El lento transcurrir de los fenómenos de la vida, las fáciles aspiraciones de los Durmientes, las incluso fáciles aspiraciones de los Despertados, causaban desde hacía un tiempo, no demasiado lejano, náuseas terribles a Magister Mundi Isolda Lamartine bani Bonisagus.

Ver las vidas de aquellos seres, casi animales, pasar y pasar por el gran tejido sin dejar huella más que sus ansiosos gritos, todos iguales, lanzados sin mesura al aire, le daba el asco suficiente para saber dónde no meterse y dónde observar con calma el devenir de los destinos simples.

Poco más podía aprender de ellos: había movido su mente poderosa en sus sueños y pesadillas; las había visto doradas y palacios de jade habitados por seres dorados y majestuosos; las había visto plagadas de demonios del bosque, íncubos insaciables en su lascivia; las había visto aterradoras, en abismos sin fondo, sin centro y sin razón. Había conocido más de sus odios y rabias que ellos mismos, más de su sequedad, su estupidez, su malogrado sentido de la responsabilidad.

Se le antojaban verdes masas informes llenas de crapulosas y supurosas llagas, alejadas para siempre de la sutileza de los verdaderos caminos de la Iluminación y la magia.

Y sin embargo, sin embargo...

Recordó con un amago de sonrisa bajo aquella vieja faz los versos, hermosos e invocadores, que cantaban la siguiente línea de sus pensamientos:

"Un mundo de rocío
es un mundo de rocío
y sin embargo,
sin embargo"


Por eso estaba allí. Porque la misión no era sencilla pero estaba clara: abrir los ojos a aquellas bestias, esneñarles dónde estuvieron antes los grandes hombres, llevar la realidad consensuada a una aceptación aún mayor del poder de la Magia, de la conversación de la piedra, del magnánimo ensalmo de la naturaleza y del alma.

La anciana levantó bruscamente la cabeza. Una oleada de poder había llegado a sus poderosos sentidos. Una oleada de poder como no sintiera desde que tuviera a su lado a otro Magister Mundi. La sensación sin embargo era diferente: no era aquel poder jerarquizado y sumamete organizado, docto y poderoso por la razón del hermético; era un poder salvaje, instintivo y antiguo. ¿Acaso había arribado a París un Archimago de la Vieja Fe? ¿Acaso un guerrero profeta Vaeldaremen?

La anciana se incorporó. Uniendo a la sensación su conocimiento de los espacios ubicó el lugar del que venía aquel poder mágico en bruto: un desgarbado anciano de pelos ralos y grises como el tiempo, de mirada ígnea pero en reposo y de brazos fortísimos y llenos de misterioso tatuajes; los ropajes que le cubrían podrían haber pasado por hojas de lo raídos y sucios que se encontraban, pero era tal el poder en aquel ser que incluso aquellos burdos remedos de ropas los llevaba como un noble su capa.

Evento - December 19, 2006 03:49 PM (GMT)
Aunque había comenzado a quedarse calvo tiempo atrás, los cabellos pocos que quedaban en la noble cabeza del ser de otra época, caían largos y grises hasta sus hombros.

Pero no era un gris plateado y sabio, como la imagen popular pintaba siempre a los grandes magos cortesanos; era un verde teñido de musgo y tierra, del propio seno de la naturaelza; sus ojos hundidos más de lo normal en sus cuencas eran de un color rojizo y azulado; su rostro de rasgos bruscos y angulosos permanecía impasible contemplando a la anciana que era Isolda.

Ancha la espalda, poderosos los hombros y los brazos; los tatuajes bajaban desde el cuello perdiéndose en la maleza de bellos igualmente gris-verdosos que cubrían su pecho, y los ropajes aparecían tan antiguos y raidos que nisiquiera podría decirse que fueran tales.

Las piernas como pilares de antiguo templo de épocas no registradas por el tiempo, se unían a la tierra cual raíces de gran olmo.

Emanaba de él un poder salvaje y vegetal, de historias de dioses y hombres conviviendo juntos bajo los mismos techos cavernosos de un mundo que ya no existía, y parecía ser justamente aquel misterioso poder el que le hacía invisible a las gentes vulgares que paseaban en aquella campiña, ciegos de nacimiento.

Movió una mano, lenta pero firme, y extrajo de entre sus trapos lo que parecía ser una carta. La miró un segundo, y luego a Isolda. Ella reconoció en aquel papel su propia esencia, y supo entonces de qué se trataba.

Sin moverse de su puesto, sin mover la boca para pronunciar vanos sonidos que serían inintelegibles, la mente del Wyck se conectó a la de Isolda y fue su pregunta tan contundente que la Archimaga por un instante sintió que se desvanecía.

-Usted tener Jarrón. Devolverlo ahora a su verdadero dueño.

Isolda Lamartine - December 19, 2006 03:56 PM (GMT)
¿Cómo no conmoverse con lo que veía ante sí? El peligro era inminente, pero era esa su menor preocupación: ante ella, firme como una montaña, Isolda tenía un ser que hacía siglos se creía desaparecido. Tenía un mago no regido por cánones que ahora todos los Despertados tenían, tenía frente a sí a un Wyck, un Dios, venido del cielo para iluminar a los hombres.

Pero la sorpresa dio paso a la preocupación. Si aquel ser pedía el jarrón, entonces sus emisarios y los de Guillerm habían fallado. Tal vez, y esperaba que no fuera cierto su temor, habían ya muerto.

Pensó rápido, y consideró justo su reclamo.

Usando el canal mental abierto a la fuerza y sin respeto alguno por aquel ser, respondió, y él entonces sintió por vez primera el poder que estaba condensado, organizado y geométrico, en aquel cuerpo en apariencia decrépito.

-Vuestro hechizo ha dañado más que vengado, a inocentes que no conocen siquiera vuestra historia. Tendrá el Jarrón si rompe la maldición que pesa sobre un pueblo entero.

Estaba emocionada, excitada en sumo grado, pero su auto control era tal que nada de esto sintió el Mago de Otro Tiempo. Lo que habría de suceder sucedería, y si aquel había sido el camino que Guillerm y ella habían dibujado, entonces tendrían que terminarlo.

Evento - December 19, 2006 05:02 PM (GMT)
Y por primera vez tuvo la expresión del hombre algo diferente a la indiferencia pétrea de la intemporal arrogancia: frunció el entrecejo, y fue este simple gesto tan terrible que Isolda reculó sin quererlo, y sintió cómo su carne era sometida a fortísima presión y cómo su mente se nublaba, sintió un dolor agudo en la boca del estómago y una sensación ácida que empezó en la boca llegó en un santiamén a su cerebro.

Y el hombre dio un paso en su dirección, y se detuvo de nuevo.

-No tengo culpa de estupidez suya. Si no darme Jarrón sino que poner condiciones que no entiende, estriparé su existencia y buscaré yo mismo Jarrón. ¿Qué prefiere?

Era confiado su tono "mental", y con razón suponía él. Las razones del hechizo que estaba imbuido en el jarrón sólo pertenecían a su época, también era su suposición. Y la más grave de todas era sin duda, que su poder, como otrora, era incomparable.

Isolda Lamartine - December 19, 2006 05:25 PM (GMT)
Aquello era demasiado.

Las faltas de respeto que aquel ser, sin duda poderoso pero sin duda tan animal como aquellos campesinos que pasaban de un lado a otro, eran inaceptables, y más si la persona a la que se irrespetaba de tal modo era Isolda Lamartine, una Magister Mundi de la Orden de Hermes.

Cerró los ojos, y al abrirlos la presión sobre su cuerpo y sobre su mente, el dolor que aquel ser le propinara y el veneno en que estaba convirtiendo su propia saliva, habían desaparecido.

Los ojos azules y abismales de Isolda aparecieron en el rostro de la anciana, y un dolor terrible en la mente de aquel ser se dio inicio: esquemas, diagramas, confrontaciones de dos tiempos y de dos magias en naturaleza diferente brotaron volcánicas en la cabeza prehistórica del Wyck, haciéndolo dar dos pasos atrás con ambas manos en la cabeza, emitiendo un gorjeo que Isolda interpretó correctamente como un signo de dolor.

-No importa lo que usted crea; no importa de dónde venga, y no importan las amenazas que pueda proferir: si no empieza a cumplir unas mínimas normas de respeto me veré obligada a mostrarle que no es usted el único capaz de acabar con una existencia.

Como un rayo fueron aquellas palabras, y con tal violencia fueron impuestas a la mente del Wyck, que un nuevo gorjeo más animal que humano salió de aquella garganta atrofiada. Pero era suficiente, y esperaba que hubiera quedado claro. El dolor fue desapareciendo lentamente de la cabeza del hombre mientras Isolda hablaba, calmada pero fría y casi indiferente.

-Las razones que os llevaron a conjurar la Maldición me son conocidas y no haré un juicio de valor sobre ellas. Sin embargo, aquellas condiciones que vosotros impusistéis sobre el Jarrón han, pasado inalteradas generación tras generación y por ellas, rígidas, todo un pueblo de seres espirituales y nobles, del pasado y del presente, por cuya sangre corre la de aquellos vuestros enemigos, quienes os injuriaron, ha ahora desaparecido.

-Más ellos nada tienen ya que ver con vuestra venganza. Ya nadie hay sobre la Tierra de los hombres que deba pagar por lo que sucedió en un tiempo antes del tiempo. Ya vuestra raza ha desaparecido y nada que hagáis la hará volver a una tierra que ya no os dará la bienvenida.


Podían ser palabras fuertes y terribles, pero eran ciertas: quienes habían derramado la sangre de su gente, romanos y bárbaros a la par, habían ya desaparecido. ¿Barrer toda la Isla de los Poderosos acaso aliviaría el peso de esos corazones abatidos, de esos poderosos Magos primigenios? No, en definitiva. Y aunque en aquel Reino de los Colmillos Plateados aún quedaran espíritus, lobos que hubieran tenido que ver, aunque lo dudaba, ellos ya habían pagado, sin lugar a dudas, la deuda que tenían con la historia.

Evento - December 19, 2006 06:13 PM (GMT)
Pero a pesar de estar usando el limpísimo lenguaje que no necesita de palabras ni de fonemas, ni diagramas o ataduras conceptuales mortales; a pesar de ambos estar haciendo uso de la pureza completa del lenguaje Astral desligado de cuando en la Tierra y más allá de ella se conocía, pareció que el hombre no comprendía algo por la expresión ceñuda y confundida de su rostro.

Pero no era esta expresión producto de falta de entendimiento, sino de Sorpresa.

¡Cómo podría imaginar él que aún existía tanta magia y tal aplomo!

Cuando se dirigió a Isolda de nuevo, el tono era claramente diferente; había ahora en él, si no respeto, sí al menos cautela.

-Disculpe mi ataque.

Unos segundos, largos como todo un pesado invierno, ambos ancianos, ambos en apariencia, permanecieron observándose, intentando adivinar las intenciones y debilidades, las ideas y temores de su contrincante, pero ni el Wyck logró, con sigilo, penetrar en aquellos azules ojos; ni Isolda logró lo propio en los púrpura del mago irlandés.

-Usted no entiende. Yo no puedo deshacer maldición. Quien ha caído ha caído y la justeza de la caída no es en sus manos juzgar, como dijo, ni en mías. La venganza fue hecha para que la sangre que acabó con nuestro mundo, siempre, hasta el fin de los Mundos, sufriera castigo. Si el pueblo es noble, su pasado no. Si ellos son justos, no sus antepasados. Si se cree injusto el castigo, mire lo que ellos hicieron a nosotros.

Levantó la mano, y un reflejó se dibujó en ella. Isolda miró las imágenes, y durante diez minutos ninguno se movió.

Los paseantes, ante tanto poder, incluso habían ya olvidado la presencia de la horrible anciana.

Isolda Lamartine - December 19, 2006 11:03 PM (GMT)
La anciana faz de la Archimaga permaneció inalterada, con facciones más de piedra que de ser vivo, mientras observaba lo que en aquella visión el Wyck le ofrecía. Y fueron largos los minutos en los que nada se movió en ninguno de los dos cuerpos, pero en ambas almas muchas eran las tormentas y no todas giraban en el mismo sentido.

Cuando la rápida relación de hechos, absorbidos rápidamente por Isolda, terminó, levantó el rostro. Podría haberse creído que en ellos se encontraría piedad, compasión, tristeza. Que después de haber visto aquello que a todos, y no sin razón, dejaría completamente insano, cedería en el punto del hombre milenario.

Pero los azules ojos de la anciana únicamente mostraban... indiferencia. No era únicamente aquella historia de pesadillas abismales; no era aquel poder triste y devastador, o el olvido de toda una civilización. Era otra cosa, más sencilla y más sutil.

Él sabía, como ahora ella también, que no había palabras mortales para describir lo que había visto; y él sabía ya qué había en aquella visión, así que ambos se ahorraron el tediosos trabajo de tener que mirar más veces de las necesarias aquellas Ideas que no eran Infernales porque eran humanas. Eso era triste.

Bajó el rostro la Archimaga. Muchos podrían haber querido llamar aquella carnicería con un Nombre, uno que perteneciera a una de las "grandes razas", pero aquel episodio era pura y genuina, asquerosamente humano.

Lo levantó de nuevo.

-Hay en vuestro jarrón miríadas de almas; muchos de ellos estuvieron cuando aún vuestra sangre estaba fresca, otros fueron sus hijos y otros sus nietos. Hace mucho el Jarrón se perdió, pero fue una pérfida mano quien, conociendo la maldición y su poder, lo puso donde estos nobles servidores de la Tierra tuvieran que tocarlo.

Analizó la reacción del Wyck, pero nada decía que hubiera siquiera escuchado sus palabras.

-Es por ellos por quienes yo abogo. Es porque así como vos conocistéis la Maldad en el Hombre, yo conozco la Bondad en las bestias. Observad.

Isolda levantó la mano, imitando el gesto anteriormente ejecutado por el Mago de otro Tiempo, y reflejos de una Idea, de un Concepto cuyo final entendimiento Isolda había alcanzado mirando a los ojos de Guillerm. Durante largos minutos el Wyck estuvo mirando la mano inmóvil de la Archimaga, mirando las luces, entendiendo como ella entendía lo que aquella palabra en realidad envolvía, entendiendo qué pueblo había sido condenado por su Maldición de Antes de las Eras.

Evento - December 20, 2006 05:36 AM (GMT)
Y así como Isolda había observado lo que él le mostraba, él vio lo que ella consideraba la razón de su petición de justicia. Y observó, tranquilamente, pero conmocionado al comprender que el entendimiento de aquella hechicera del futuro era grande en la Realidad, y que pocos incluso en su mítica época habían alcanzado tal comprensión de las Palabras.

Sin embargo ya lo había dicho. Nada podía hacer. Al terminar el reflejo en la palma de Isolda, levantó el rostro; ambas portentosas miradas se encontraron de nuevo, y por largo rato hubo un tenso silencio, hasta que el Wyck se decidió a romperlo.

-Entiendo bien lo que cree y por qué lo cree. Pero yo no poder romper maldición, por más que quisiera... aunque no quiero. Sus razones son válidas en su época y a pesar de su grande entendimiento, la Venganza de los Wyck no responde a épocas o sentimentalismos, sino a la Tierra eterna de la que venimos.

Los herméticos le decían la Mens Divina, y con aquella declaración el Mago esperaba que aquella, en apariencia anciana, entendiera que nada que dijera podría hacer mella en lo que restaba de discusión.

-Ahora entregar Jarrón y yo volver en paz a mi lugar de descanso...

La fuerza de aquel mensaje telepático dejaba en claro que ya no quería hablar más; dejaba en claro que si no obtenía lo que quería, entonces habría allí más que intrusiones mentales violentas.

Isolda Lamartine - December 20, 2006 03:32 PM (GMT)
Isolda suspiró para sus adentros; Inconmovible, Testarudo y Poderoso; Anciano como el Tiempo, Adolorido por el pasado, Triste por la ausencia de futuro para su pueblo; Ausencia. Esa era la palabra. De esperanzas, de coyunturas, de cruces de caminos. ¿Y ahora? Sin cruces, sin bifurcaciones, sin laberintos magnánimamente forjados sólo quedaba un camino: doloroso, peligroso y, como muchas veces, inútil.

Miró a los ojos de nuevo a aquel mago, que con la misma férrea voluntad de montaña que desde un inicio demostrara, esperaba, al parecer, que Isolda extrajera el Jarrón de su falda. La mirada con ojos fijos y rectos, indestructibles. Y ella devolvía una mirada aguamarina, fogosa y deliberadamente acuosa. Pero aquella batalla de formas encantadoras y salvajes no sacaría a ninguno de los dos del atolladero en que se encontraban.

Cuando iba a decir que de ningún modo entregaría el Jarrón, cuando estaba lanzando un reto de batalla, sintió la presencia de Chokhmah, la Sabiduría, el Gran Dragón que bajo la forma humilde de un perro blanco la había acompañado como su Familiar, Consejero y Amigo.

Miró hacia el bosque, tras el Wyck, y este, sintiendo también la presencia del can, hizo lo propio.

Perezoso en su caminar, el can salió de entre la espesura y observó, perezosamente también, a ambos Despertados; sin más llegó hasta donde se encontraba Isolda y se hechó a sus pies. Ambos sintieron la voz, más antigua que la de ambos, y más sabia, conocedora de más viejos secretos, susurrar la solución que Isolda buscaba.

-Hay una manera de romper el hechizo.

Isolda suspiró, tranquilizándose. Nunca en los caminos de la Magia se había topado con algún problema sin salida; siempre había, de un modo u otro, dos, o hasta tres posibilidades ocultas. En eso consistía la habilidad del hechicero.

-La magia del Jarrón es antigua, y son antiguas las leyes que rigen su existencia. La sangre ha de ser derramada, en compensación por las almas liberadas. Pero no cualquier sangre: la de un Juez y la de un Defensor, creyentes en sus razones particulares, en medio de una Batalla mágica.

Y nada más dijo. Ambos Despertados conocían lo que aquello implicaba, y sin pérdida de tiempo, ambas mentes entrelazadas, trazaron las reglas que regirían el combate mágico que se llevaría a cabo. Al cabo de una hora y media todo estaba listo. Chokhmah, como Testigo del Enfrentamiento, se retiró un poco, mientras ambos despertados se observaban, midiéndose.

Evento - December 20, 2006 04:32 PM (GMT)
Narrar cuanto aconteció sería en exceso tedioso. Y sin embargo se hace necesario trazar las líneas generales de lo que acarrearía grandes e irreparables consecuencias en al menos una de las vidas que estaba en ese momento jugándose todo cuanto era y cuanto poseía por las nobles almas de los Colmillos Plateados, Reyes entre los Lobos.

Las Pautas del Combate, como era Tradición aún antes de la Institucionalización de aquel método de dirimir los conflictos en la Orden, eran acordadas por ambos contendientes sin intermediación alguna de factores externos. Por siglos había sido la única manera de resolver los asuntos personales, los asuntos políticos, las diferencias mágicas o teóricas; sometido el caso a la decisión de un Tribunal compuesto por miembros imparciales de todas las Casas en ese momento integrantes de la Orden, el caso era sujeto a un estudio profundo y lento.

Muchas veces estudiar un Reto Mágico para dar paso al Duelo, conocido como Certamen, tardaba años.

Se estudiaban las razones, se estudiaban las posibilidades. Pero lo que más peso tenía en todo aquello era siempre el factor político: el entramado político de la Orden se basaba en los Favores, o Sa; desde el inicio mismo de la Institución más grande y sólida entre las comunidades mágicas, en el Antiguo Egipto, los Sa habían sido la guía.

Todos los miembros importantes en una zona acudían al nombramiento de un nuevo Aprendiz, colmándolo de bendiciones, alabanzas y regalos. Esto no podía ser jamás olvidado, pues pesaba, aunque fuera sólo una palabra, en el libro personal donde cada gesto se guardaba. Las razones eran que... algún día, tal vez, aquel Aprendiz llegara a ser Primus de su Casa. En ese momento esos insignificantes Sa adquirirían un invaluable precio.

Así pues todos y cada uno de los herméticos tenía tras ellos y sobre ellos una enmarañada cantidad de redes y redes, de Sa, pequeños unos, grandes otros. Incluso la supuesta imparcialidad de los Jueces no era nunca tal. Por tanto, si algún Magus, conocedor de la inferioridad mágica del retado, y deudor de este, era nombrado Juez, haría cuanto estuviera en sus manos por entorpecer el proceso y anular el reto.

Esto muchas veces sucedía. Otras tantas no.

Obviamente en aquel caso no había necesidad alguna de acudir a ningún tribunal.

Lo siguiente era concertar una cita entrambos contrincantes, para hacer un acta escrita de los acuerdos: armas, mágicas o mundanas; Pilares; locación; término de la batalla; ganancia, aparte de la victoria misma, del vencedor. Varios Testigos que velaran por el respeto de estos acuerdos permanecían en el campo de batalla donde se libraba el Certamen; en este caso únicamente Chokhmah, que por su naturaleza era merecedor de la confianza del Wyck, sería el Testigo.

A diferencia de los Certámenes dentro de la Orden, en este caso los tres sabían cómo acabaría aquel Duelo.

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Lo más usual había sido siempre duelos metamórficos, y así empezarían ambos:

Caminaron mucha distancia, silenciosos, uno al lado del otro, internándose en el bosque, seguidos a varios metros por el can. No podían permitir, y eso lo sabían, que sus embates mágico, muy poderosos sin duda, afectaran a las ignorantes gentes de aquel poblado y esto a su vez atrajera más miradas curiosas. Había sido aquel consejo de Isolda, cautamente acatado por el Wyck.

Cuando ya estaban suficientemente lejos, Isolda se detuvo y el Despertado caminó aún un par de metros más. No había nada que hablar. La sangre derramada, fuera de Isolda o del Wyck, lberaría aquellas almas. Si ella moría en la batalla, el sacrificio habría valido la pena. En todo caso aquel ser tomaría de nuevo aquel maldito jarrón.

En medio de una nube de humo, Chokhmah vio salir del bosque dos aves: un halcón y un búho, el primero siguiendo al segundo. Vio cómo el búho se tornaba en un águila y daba vuelta, siguiendo al halcón, internándose este en el bosque y aterrizando como un lobo. Cuando el halcón hizo lo propio, su forma era la de un oso.

Corriendo, golpeándose, siguiéndose, por tierra y sobre las copas de los árboles, tomando formas de bichos rastreros y corruptos, de criaturas míticas de poderosas alas flamígeras, de centauros y pegasos, de dragones dotados de cuernos mortales o de alientos ígneos, las horas pasaron y pasaron, mientras aquel bosque era testigo de un enfrentamiento que de tanto poder no tenía precedentes en las tierras parisinas.

Cuando las formas de la naturaleza y de la mitología su hubieron agotado sin haber resuelto el asunto, fue la imaginación de ambos contendientes lo que continuó guiando la batalla: brazos, cuernos, escamas, espadas, maldiciones; formas imposibles, inhumanas que habrían causado pesadillas hasta al hombre con más férrea voluntad se sucedieron una tras otra. Los árboles caían, y no duró mucho la paz reinante en el bosque, cuando los animales que allí pacían, tranquilos, salieron disparados alejándose del ojo de la tormenta.

Y al día sucedió la noche, y de ese modo amparados oscuros seres alados, de dimensiones impresionantes, alzaron el vuelo, chocando una y otra vez sobre las copas de los árboles, siguiéndose a velocidades imposibles, atacándose sin piedad y sin descanso, a pesar del desfallecimiento que claramente mostraban ambos.

Y hubieran podido seguir así para siempre, si sus fuerzas hubieran sido suficientes.

Ambas figuras descendieron, y justo en la misma posición en la que el combate había dado inicio, podía verse a un maltrecho hombre, con considerables heridas en todo el cuerpo, quemado abatido y magullado; y a una abatida Isolda, igualmente herida, ultrajada y quemada. Se miraron largo minutos, respirando ambos con dificultad.

La noche, calculaba Chohmah, terminaría en pocas horas; y así aquel combate nunca terminaría. Más había dentro del Pacto una salida, en caso de que del primer modo acordado nada sucediera: un duelo mental. Isolda estaba confiada, y ese fue su más grave error.

Mirándose directamente, comenzaron a ir y venir las ondas de choque entre ambos. Poderosas, arrasadoras, creando, a kilómetros a la redonda, terribles dolores de cabeza en los que aún permanecían despiertos, y cruentas pesadillas en quienes ya se habían acogido a los mandatos de Morfeo. Uno tras otro comenzaron a entrar en las mentes del contrario, a violentar, destruir, atemorizar.

Y otra hora duró aquel silencioso choque de portentos mágicos. Mas Isolda no tenía mil años.

Cuando creía haber encontrado una brecha por la que entrar, debilitando definitivamente al Wyck, sintió cómo ya él estaba en su propia mente. Atemorizada, procuró lanzarlo afuera, pero era ya demasiado tarde. Con un grito de terrible dolor emergiendo de su garganta cansada, un grito como pocos habrían escuchado en sus vidas, desgarrado e infernal, Isolda perdió la batalla... y la cordura.




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