Dejando atras Tolouse, reconquistada por Simon de MontFort en 1218, la caravana entraba en zona de guerra. Su destino, el paso de Puigcerdá, en los Pirineos. La ruta era mucho mas complicada, pero siendo verano Nicolai la consideró perfectamente practicable, y mucho más discreta, en cambio. Acercarse a la costa era un riesgo que no podían correr. Aunque los cátaros estaban dando sus últimos coletazos y sus grandes urbes habían caído, aun daban guerra en las fortalezas del Sur. Acercarse a Reus era demasiado arriesgado, aún llevando escolta.
Bien alerta y apurando el paso, la caravana comezó su peligroso camino hacia la Marca Hispánica...
La situación según avanzaban era confusa. En algunos pueblos reinaba el caos, mientras otros parecían no haber oído nunca hablar de la guerra. Pero la tónica general era el vacío. La calma que precede a la lucha. Los caminos estaban desiertos. Algún campesino, o alguna caravana pequeña, de mercado local. De vez en cuando, un ruido rápido de ramas removidas delataba la presencia de algún bandido ahuyentado por nuestra escolta. Entre la desolación, nuestro avance continuaba hacia los Pirineos, sin ningún percance importante.
Haciendo honor de la leyenda, el día mas calmo de todos presajió el inevitable ataque.
Caía la noche. Las últimas caravanas habían quedado algo rezagadas. Se estaba haciendo algo normal. Los caminos de montaña eran más lentos de seguir.
En seguida oímos la voz de alarma. Y el fuego. En un ataque fugaz, unos desertores habían matado al piloto de la última caravana, robado parte de su carga, y un caballo. No fue una gran pérdida. Somos afortunados de contar con nuestra escolta. Sin duda no se esperaban un comitiva tan bien preparada en tiempos de guerra atravesando las montañas. Esta noche toca no dormir. Podrían volver con refuerzos si están suficientemente habmbrientos. Alejémonos. Hispania está cerca...