Hacía frío... Aunque la primavera ya se adivinase en la suave calidez del viento, aunque el mundo comenzase a desperezarse tras el cruento invierno en las tierras del norte. Pero él seguía teniendo frío, como si pudiese sentirlo emanar desde sus mismos huesos… se arrebujaba envuelto en la capa de lana, oscura como la noche que le envolvía. No era buena hora para visitar el cementerio de los Santos Inocentes, eso habrían dicho muchos, pero al escultor aquel lugar no le parecía tan amenazador. A la luz de la luna todo le parecía lúgubremente familiar, algunas esculturas que coronaban los mausoleos más fastuosos las había realizado él en el taller de su padre, mientras aprendía el oficio que se convertiría más tarde en su pasión y su vida. Las estatuas rezumaban tristeza desde su inexpresiva faz, eran frías pero allí aquello solo era sinónimo de tranquilidad. No creía en monstruos que se abriesen paso a través de la tierra, ni en fantasmas que vagasen en su recorrido de pena y cenizas habiendo olvidado su muerte… No creía en males de ultratumba, la vida le había enseñado que el dolor solo provenía de la vida misma, de aquellos que la conformaban en su fantástico y aterrador tapiz, de aquellos que al final acababan cubiertos de arena siendo devorados por el tiempo y los gusanos. Nadie en ese santo lugar tenía capacidad para dañarle, pues solo los que formaban parte de la vida tenían esa capacidad… él solo temía a los vivos, y no sabía hasta que punto aquello era una ingenuidad.
Sus pasos se detuvieron frente a una hermosa escultura, su rostro cándido y de expresión pía observaba el suelo que pisaba, embarrado y sucio, extendiendo sus gráciles manos como si tratase de alcanzar el alma que allí reposaba para llevársela lejos de ese mundo de sombras y podredumbre. El escultor acarició sus manos en un viejo saludo, conocía aquel rostro, lo había ideado para que guardase los restos de su padre, aquel extraño ángel que parecía asomarse al infierno con promesas de redención había sido tallado por sus manos.
- Hace tiempo que no te visito…- Habló, como si aquel que reposaba bajo él pudiese escucharle.- Han pasado muchos años… y tantas cosas que no soy capaz de contarte. Tú debes saberlo, estés donde estés… de alguna manera… y si ella ha llegado a ese mismo reino solo espero que le hagas saber que la sigo amando... Nunca he podido velarla como lo hice contigo, ni pude hacerle un último regalo… Ni siquiera se donde está su cuerpo. Esculpiré su rostro y su grácil figura, y la traeré a descansar aquí.
Soltó las manos del ángel, sentía la calidez de las lágrimas resbalando en sus mejillas, el sabor salado de la melancolía en su boca, la dolorosa sensación de la pérdida no resuelta. Se sentó a los pies de aquel pétreo guardián, secándose las lágrimas con la capa. La luna brillaba en lo alto y seguía haciendo frío, pero necesitaba sentir aquel vacío, aquella extraña paz teñida de amargura…