Geoffrey observaba absorto el fuego, tranquilo y perdido en sus cavilaciones. Mucho tenía que pensar. Su propio error, su caída del honor. Aquello lo había dañado profundamente, y no esperaba que fuese a ser tan terrible. La Bestia había rugido feliz e iracunda durante dos noches seguidas, y sólo a la tercera se había calmado ligeramente. Aún la oía murmurar y susurrar en la parte trasera de su mente, encantada con su escasa nueva libertad. Con la corrupción de su alma.
Y de pronto, una imagen se clavó en su cerebro, nítida y terrible. La imagen que delataba al traidor de entre los Cainitas. La copa de vitae que tenía en las manos, de bronce pulido, se dobló y estalló ante la fuerza de su puño, esparciendo su rojo ícor sobre el sofá y sobre el propio Principe. No había tiempo de cambiarse.
-¡Icaro! ¡Icaro!-
El Chambelán entró apresurado mientras el Principe se dirigía a pasos ágiles hacia la salida.
-Llama a Montalbán, avisa a Erik, ¡esta noche correrá sangre, y no va a ser la mía! Diles que se reunan conmigo en el Cementerio de los Capadopcio.-
Tras ello, y como un huracán, abandonó la estancia y se dirigió hacia las caballerizas.
Cuando ya estaba alcanzando el caballo, se detuvo en seco.
-Marlene, ¿os encontráis aquí?-
-Desde luego, Mi Señor- llegó la respuesta de uno de los costados, a medida que la Nosferatu se hacía visible.
-Necesito que convoques a Lord Vertzang, a Lord Thomas, a Lord Castellar y a Sir Axiz para que acudan esta misma noche a las extensiones frente a las murallas, en el campo norte. Que lleven tropas. Y que Montalban vaya también, con sus propios hombres. Deben estar allí en el menor tiempo posible. ¡Vuela!-
-Vuestros deseos son ordenes, Mi Señor.-
La Nosferatu desapareció de nuevo, mientras Geoffrey montaba en su rocín.
-Esta noche voy a tener muchos pecados que discutir con Anna...-