Un inexcrutable manto invernal abrazaba cada recóndito lugar de la bella ciudad. De lejos, semejaba un enorme palacio de nieve bañado por infinitos copos coplanarios con la brisa. Migel de La Rosa abanzaba tenaz por el obstaculizado camino ansioso de ver la ciudad de la luz;más cuando estubo cerca, allí vio la desolación y el mismo desamparo que reconocia en su tierra, Jerusalen. El tiempo y la incertidumbre habian convertido a Roma en un vertedero de putrefacción.Que tristeza alrededor, Roma poco tenia que ver ahora con lo que Virgilio o Cicerón plasmaron en sus manscritos.Pero La Rosa había venido aqui a encontrar respuestas,y estaba decidido a continuar su camino. Si bien no encontró aqui nada de lo que buscaba,quizás encontró algo más importante aún, un compañero, un verdadero hombre con sangre de Rey.
Recerda sus pasos marcados con sonidos poderosos sobre el empedrado húmedo del camino. Aqella mirada sombria, aquel porte soberano acompañado por una voz magestuosa y un aura monárquica. Recurda como el viento enfureció derrepente y los copos de nieve fueron avispas sobre el rostro. La Rosa caminaba tenaz hacia la ciudad cando por el camino divisó entresombras su silueta.
-Buenas noches peregrino. Soy Maximo Constanza de La Sombra, apresuró aquella figura en latín. Y este es mi dominio. Bienvenido seas a la ciudad de la Luz.
- Buenas noches Señor, yo soy Miguel de La Rosa, un simple viajero.
Con estas palabras, se forjó una amistad imperecedera.