Había crecido considerablemente desde la llegada del árabe. Hacía ya dos meses no se pasaba por la Capilla, pero sin duda alguna no le extrañarían: allá que se quedaran Isolda y su egoismo con el conocimiento; Aloisius y su estupidez cristiana, y los demás imbéciles que creían que aquel lugar era Sagrado.
Él había pasado el invierno trabajando duro, y había tenido que ver la muerte de la mujer del herrero víctima de la peste, la muerte de la hija menor del herrero víctima de la misma suerte, y muchas de las personas que vivían cerca habían muerto o perdido a alguien importante. Él, Kurush, había intentado aliviar ese sufrimiento, ese dolor, desperdigando por doquier una muerte más rápida y menos dolorosa, de labios de un sutil veneno que hacía dormir antes de matar.
Ahora él prácticamente se encargaba solo de la Herrería, pues el viejo gordo se había encerrado en el llanto y el licor. Pobre tipo. La misericorida del árabe le hacía trabajar más duro, pues conversar con él había fallado rotudnamente. Quería morir. En su momento, el árabe le daría la muerte que se merecía aquel buen hombre.
Pero ahora le interesaba mucho más otra muerte: se trataba de un comerciante con algo de dinero pero sin educación; contrataba mujeres jóvenes para que trabajaran en su fabricación de ropajes; las mujres hacían un trabajo regular, pero esto no era lo que interesaba a Kurush.
Hacía unos días había llegado un hombre que trabajaba para el comerciante, pidiendo unas herraduras. El árabe había fabricado las herraduras, y conversando con el campesino, algo ebrio, había escuchado algo terrible. Algo que exigía su intervención.
¿Por qué? ¿Por qué Kurush había decido acabar con la vida de aquel comerciante? Seguramente muchas de las familias que dependían de él no aceptarían aquello si el árabe se los preguntara. Pero era muy sencillo: aquel hombre había cabado con más vidas de las que sostenía; hombres y mujeres morían cada semana en el duro trabajo de animales a que los sometía, e incluso los niños, desde cuando podían tomar una herramienta, eran víctima de su abuso.
Vivían apiñados en tugurios junto al Sena, y si uno se enfermaba la enfermedad se extendía por todos los demás, llevándose primero a los niños. Aquellos hombres y mujeres no merecían aquella vida, y si después de la muerte del comerciante volvían a ponerse al servicio de otro esclavista, allá ellos; él les daría la oportunidad de cambiar aquel maldito sino.
Así pues varios días volvió el siervo del comerciante, pues a la vista del magnífico trabajo de Kurush, mucho mejor que el del herrero gordo, el comerciante había decidido mandar a hacer más cosas allí que simplemente un juego de herraduras. Pero la conversación fue tal y como la pensaba, y a la vista de la visita y del ánimo del siervo por el licor, había comprado un brandy barato, que con unas hierbas soltaba cualquier lengua.
-Es afortunada su Herrería, porque el comerciante Simón Dujeur ha querido que sean ustedes quienes le hagan todo su trabajo.
El árabe simplemente escanciaba el vino, y miraba silencioso al siervo.
-Pero... como será prácticamente su mejor cliente, quiere que le baje los precios de su trabajo.
El árabe termínó de servir su copa, y el siervo sin pensarlo dos veces y sin esperar que se le diera permiso, apuró su licor.
-¿Qué dice?
-No. Mi trabajo y el del Maestro Herrero son los mejores de esta parte de la ciudad; si queremos que lleguen a ser los mejores de todo París necesitamos el dinero, y su jefe debería sentirse hornado por ser el mecenas de los que con poco tiempo serán los más reconocidos.
El siervo no sabía qué decir en caso de una negativa, pero apuró otro vaso.
Al cabo de media hora, habaía ya contado dónde vivía el comerciante, hablado de sus guardias, de su tacañería, de su gordura. El árabe aceptó bajarle los precios finalmente, y las cosas quedaron así. En dos noches, cuando el primer trabajo fuera pagado, haría el asesinato.
Y el día treinta llegó y con él el dinero. El anciano gordo aprovechó para comprar un brandy de mejor calidad que el que había tomado hasta el momento, y el árabe, com ciudadano de segunda clase que era y auqnue era verdaderamente el que había logrado aquel buen trabajo, recibió menos de una tercera parte. Pero no importaba porque el batini era no sólo carismático sino qe entendía cuál era su deber en aquel lugar y este no era ganar dinero.
A las siete de la noche la herrería cerró. El árabe salió de la herrería sin que lo vieran, por una ventana, invocando el poder del Subterfugio de su magia.
En pocos minutos se encontraba frente a la casa del comerciante: dos guardias en la entrada, pero las luces encendían revelaban siluetas de muchas personas; esperaría.
Las horas pasaron pero la paciencia depredadora y justiciera de Kurush le guardaron del sueño y del cansancio, hasta que finalmente el último de los canelabros fue apagado. En ese momento, y aún protegido por aquel velo de anonimato, el mago del desierto penetró en la propiedad. No fue difícil llegar al patio, auqnue fue más difícil encontrar la habitación del comerciante.
Allí, con su esposa al lado, dormía plácido en su riqueza, con la consciencia tranquila a pesar de tanto sufrimiento que había causado.
--
Al día siguiente la esposa, en medio de llantos y gritos, llamó a sus criados para anunciar que su esposo había muerto en medio del sueño.