Su encarcelamiento en la Capilla había terminado. Isolda se había negado negado a enseñarle, diciendo que no estaba preparado. Pues nada allí más tenía que hacer. Había descuidado a los desafavorecidos, y la mejor manera de estar con ellos era en el pueblo.
Así había ido a buscar una herrería, pues era ese el oficio que mejor desempeñada. Así podría estar cerca del pueblo, escucharlo y ayudarlo.
Llegó a una, llamada "El Forjador de Caminos".
La atendía un hombre gordo y ya canoso, de unos cuarenta y cinco años; a pesar del frío afuera, en el interior había un calor enorme.
Sobr decir que Kurush no vestía como árabe: no quería ser lapidado en la calle. Y aunque su rostro era inconfundiblemente árabe, bien podría ser perdonado por la ligereza de algún soldado francés en tierras paganas.
El gordo golpeaba un pedazo de metal sobre un yunque. Por lo que había en las paredes era evidente que no se trabajaba allí nada de envidiable factura. Esoera bueno, porque él era en extremo hábil.
-Buenas tardes tenga, señor herrero.
Su francés era muy bueno, bien trabajado, y casi sin acento. El gordo le miró.
-¿Qué quiere?
-¿Busca un ayudante? Soy muy bueno.
-No lo busco, y auqneu lo bsucara, no tengo con qué pagarle.
-No se preocupe señor, no busco mucho dinero; sólo un lugar donde dormir y comida con qué alimentarme. Si desea, le mostraré mi trabajo.
El gordo lo pensó un momento, y luego aceptó. Se apartó del yunque.
-Haga un juego de herraduras; son para el Conde Du Lombart. Si me agradan, se queda; sino, me pagará el metal y no volverá.
El árabe asintió y se puso manos a la obra.
El árabe tomó las herramientas, y se quitó el abrigo raido que tenía puesto. Miró serio al gordo y fueret herrero, y sin dcir más tomó las pinzas y comenzó a martillar, con un ritmo continuo y sin modificaciones, monótono, pero con una fuerza brutal.
Así fueron terminando, una tras otra, las cuatro herraduras del corcel del Conde du Lombart.
Al terminar el árabe sudaba. El gordo herrero miró las herraduras con gesto ceñudo. La verdad era que estaban mejor de lo que él pudiera haber hecho. Sería buena idea contratar aquel joven como Aprendiz, así podría enseñarle un par de trucos y al tiempo su negocio crececería considerablemente.
-Bien hijo, mañana te vienes a vivir a la Herrería. No me defraudes.
El árabe asintió, gustoso.