Era momento de instruir, de aleccionar a su más sabio adepto y de preparar los focos necesarios para obtener el poder necesario y así aturdir la plaza regentada por ese xenófobo príncipe y sus conspiradores lacayos...
Yabir había recibido una misiva hace unos días, y esta vez tendría que dejar sus estudios alquímicos para iniciarse en la más secreta hechicería setita existente. Tal ofrenda, sólo podía ser ofrecida al más antiguo aprendiz, al más notable y sabio, pero sobretodo, al más aférrimo devoto de Set.
Gracias a sus rutas comerciales que iban desde italia hasta Acre, lugar de custodio de las profecías de Set por esa indocta organización del Temple, había logrado obtener ciertas momias en muy buen estado y de diestra elaboración. Sin enbargo, era el momento de dar ciertas lecciones a su aprendiz...
Un inocente, ahora atormentado por visiones, por influencias malignas cuya procendencia le era incierta iba a ser el objeto de estudio de ambos cainitas. Ese inocente, era un hostil ermitaño, cuyo valor ante la desesperación había asombrado a la poco escrupulosa Amannis Akett. Sería sin duda un espíritu fuerte del que sacar provecho, uniendo su esencia a las caóticas fuerzas de Duat.
- Duncan, traed el cadaver.
Le dijo como si de un matachín se tratase, dándole una daga ceremonial para que acabase con la vida del ermitaño, que en breves sería embalsamado de una manera que orripilaría al más sanguinario cirujano.