Rashid se ocultaba bajo las sombras de la Ciudad Tres Veces Santa, a sus espaldas llevaba la prueba de que su trabajo había sido ejecutado con maestría, una prueba de que su víctima había sido eliminada. No todas las noches le daban a uno la tarea de exterminar a un Usurpador, disfrutaba con su tarea, ¿quién iba a dudarlo?.
Aquella noche, la Piscina de Ezequías se encontraba desierta, los vástagos de la ciudad estaban más preocupados por las intrigas internas y la búsqueda de territorios, que por vigilar un pequeño estanque. Allí, una figura alargada y encapuchada esperaba para cerrar su parte del trato.
Cuando ambos se pusieron a la misma altura, se miraron a los ojos y estrecharon las manos. Cualquier observador no hubiese visto nada raro en aquel gesto, pero rápidamente, mientras estrechaban sus manos, ambos intercambiaron dos objetos. El sarraceno recibió un frasco con un contenido rojizo, el pago a su trabajo; aquel que le esperaba recibió un minúsculo papiro que guardó en el único bolsillo de la túnica negra que llevaba.
Se miraron, y tras inclinar sus cabezas, cada uno marchó por donde había llegado.
Ya en un lugar seguro, el encapuchado que había negociado con el Assamita desveló su cara a los suyos, era uno de los integrantes de aquella familia de mercaderes venecianos, los Giovanni, junto a él, otros dos personajes de negra túnica aguardaban escuchar lo acontecido, uno de ellos aguardaba sentado, parecía ser el de mayor rango de los tres.
- El Usurpador ha sido destruido y mi maestro vengado. El pago se ha realizado como vos ordenasteis.
- Muy bien Fausto, ¿y el fragmento del pergamino?
- Aquí lo tiene, signore
Del bolsillo de su túnica, sacó lo que el asesino había traido para él.
- Cristoforo está orgulloso de tí, aunque fuese asesinado por aquel Tremere, sabemos que está orgulloso de tí. Al igual que el Signore Claudio, que se alegra de que este documento vuelva al lugar del que nunca debía haber salido. .
Fausto asintió con la cabeza, sabía que con esas acciones ganaba la confianza de aquellos que movían los hilos desde Venecia. Sin embargo, también era consciente de que debía marchar de Jerusalén.
- Signore, ¿he de suponer que mi tarea aquí ha finalizado?
El otro asintió
- En efecto, partirás hacia París, has servido bien, hijo, sin embargo, pruebas mayores te aguardan, y deberás pasarlas en la ribera del Sena. Llegarás y te presentarás ante el Primogénito Capadocio, trabajarás fielmente para él, es un buen aliado del Príncipe de París, así pues, nos interesa que vayas escalando en esa ciudad.
Tras estas últimas palabras, el poderoso vástago se levantó de la silla y estrechó la mano del joven capadocio y salió, acompañado por el tercero en discordia, por la puerta.
Las palabras del enviado de Claudio Giovanni no se hicieron esperar, la misma mañana del siguiente día, un ataud con Fausto Giovanni viajaba en un carro tirado por ghouls hacia la ciudad costera de Jaffa, llegaron hacia la noche, justo para que el veneciano pudiese tomar el barco que le llevaría a su Venecia natal.
En el barco pudo reconocer a varios vástagos de la familia, por lo visto algo había hecho que la mayoría de los Capadocios Giovanni de la ciudad marcharan a otras localizaciones, ¿quién sabría los designios que el Patriarca tenía pensado para los suyos?
Sentado, en la proa de la embarcación que cruzaba el tranquilo Mare Nostrum, el vástago recapacitaba sobre todo lo acontecido, la muerte de su maestro le había liberado en muchos sentidos, pocos conocían quien estaba realmente tras la muerte de aquel que había estado frenando su crecimiento intelectual.
- No volverás a frenar mi aprendizaje, al fin y al cabo, el discípulo ha superado al maestro
Una leve sonrisa, rara en el nigromante, apareció en su rostro mientra mirabas las estrellas, su próximo destino: París.