Eran las siete de la tarde. Pese a ser julio, el día hoy era más bien otoñal. El viento agitaba las copas de los cipreses de la entrada de la abadía de san Germain dándole un toque fantasmagórico. Antoine se acercó a la puerta de la abadía tembloroso. No le gustaba nada aquel monasterio. Se sentía mucho mñas cómodo en el iterior del Marais, más protegido por las calles estrechas y sus pequeñas plazas repletas de gente a cualquier hora. Metió una carta debajo de la puerta. Le costó. La carta era gruesa y apenas si cabía por la ranura entre la puerta y el suelo. Pero lo último que le apetecía era dar explicaciones al monje que saliese a recibirlo. Así que una vez dentro, dio unos sonoros golpes a la puerta y se alejó rapidamente, de vuelta al interior de la ciudad.
La carta llevaba lacrado el sello de Joseph el Egipcio, mercader de París, y unas letras en su exterior rezaban, para Máximo
La carta llevaba dentro otro sobre, y un papel con unas breves instrucciones:
Amigo Máximo, esta es la carta que debeis entregar al mercader Nicolai, en la ruta hacia Italia. Esperad unos días antes de proceder para no levantar sospechas. No tendreis problemas para alcanzarlos. Las caravanas son de paso lento. A mayores, entregadle vuestra carta, la mía ya explicita que la debe recibir y que hacer con ella. No os precupeis por más. Nicolai es uno de mis hombres más expertos y ya tiene las instrucciones necesarias. Esperemos su pronta vuelta con nuestro objetivo cumplido.
Sin más, Joseph el Egipcio, mercader de París