Despertó al tiempo que el primer rayo solar tocaba la Capilla. Allá abajo, en los túneles, pocas veces se podía ver el sol, pero cuando algunos magos así lo deseaban una magia antigua y poderosa obraba sobre aquellas paredes de piedra y tierra haciéndolas volverse efímeras como una idea, y a través de ellas el mundo exterior pasaba como si fueran todos observadores externos.
En esta ocasión Isolda había permitido que la luz de Helio cruzara el techo de su Sanctum, más sólo era una ilusión. Sobre la mesa de trabajo estaba el cuerpo de Yakob, empalado y completamente desnudo. Sobre su blanco cuerpo la archimaga había dibujado poderosos símbolos mágicos, en cada uno de los palmos, usando piedras sagradas y ungüentos que habían permanecido enterrados por semanas enteras.
La disposición de estos improvisados tatuajes era perfecta geométricamente, y canalizaba a través de aquel cuerpo metus, el terror. No tenía que ir muy lejos para saber cuáles eran los objetos principales de terror de los Massasa, pues su amplio conocimiento en Artes Ocultas y su contacto con ellos en la Guerra le había instruido convenientemente en ese sentido: el Sol y el Fuego.
Pero ambos eran conceptos demasiado generales, y la querencia de la Archimaga era convertir aquella tortura en algo mocho más personal e íntimo.
Sus razones no eran sádicas o movidas por la venganza. Bueno, al menos no tenía nada contraYakob sino contra todo su linaje, lo que hacía su sadismo extenderse en el tiempo con un fin último, y aquello que ahora se disponía a realizar era simplemente un paso para conseguir aquel objetivo. Lo primer, destruir la voluntad del Tremere, y el miedo y su amplio conocimiento en la Magia de las Mentes le permitiría hacerlo, sino rápido, sí eficientemente.
Se sentó junto a la mesa de su laboratorio, con un frasco verde entre las manos blancas. Los ojos de Isolda eran fríos y ningún gesto aparecía en él, a diferencia de casi todas las otras ocasiones. Cuando enfrentaba una tarea de aquella magnitud su Modus se desplegaba en toda su capacidad de Archimaga, y el orden y el control, la perfecta geometría envolvía todo, su mente, su cuerpo y su labor.
Del frasco verde sacó una pequeña piedra azulosa, que metió en la boca del Tremere con cuidado de que quedara bien guardada en sus maxilares. Luego metió otra en su propia boca: las influencias de Venus eran especialmente fuertes en aquella época del año.
Cerró los ojos, y cuando los abrió se encontraba frente a una barrera poderosa y sumamente sólida, pero cristalina, tras la cual una mente sin forma, cambiante, entre la rabia y el desespero, que tomaba tonalidades diversas y gritaba y aullaba procurando ser liberada de la prisión en la que estaba su cuerpo, se removía y se golpeaba. Esa era la barrera que Isolda debería romper.
Contra lo Insustancial la sustancia para poder aprehender lo que se escapa de las formas herméticas, y así, con aquella piedra en la boca de ambos contendientes, inició el enfrentamiento que tarde o temprano terminaría con una victoria por parte de la Magíster Mundi.
-Dígame su nombre.
La masa iridiscente se removió con violencia, e Isolda presionó más aún; un rayo de luz solar apareció en la mano de la archimaga y pasó a través de la muralla, dando de lleno en la masa iridiscente, que gritó y aulló con más violencia todavía. Isolda formuló de nuevo la pregunta, pero nada sucedió, así que una vez más la luz solar golpeó a la metamórfica masa, haciendo que reculara hasta la parte trasera de su prisión y barrera “protectora”.
-Podemos quedarnos aquí para siempre; usted es inmortal, y aunque su cuerpo se vea consumido por el tiempo, su mente permanecerá encerrada en su jaula sin escapatoria.
-Dígame su nombre.
Sin respuesta. Un círculo flamígero apareció rodeando a la masa que era la mente del Tremere, y la visión del fuego le causó tal impacto que lentamente la deformidad que conformaba su ser comenzó a delinear una forma. Isolda sonrió para sus adentros.
-Dígame su nombre.
Aunque no hubo respuesta, como ya lo esperaba la archimaga, su forma era todavía más definida, y un nuevo rayo solar le hizo moverse hacia atrás y caer en el círculo de fuego; con un grito aterrado volvió a ponerse en el centro, a salvo de las llamas, pero ya podían disntiguirse dos pies y dos manos maltratadas y el inicio de una cabeza.
Así siguieron durante media hora más, hasta que por fin el desnudo Yakob que tenía en su mesa de trabajo apareció tal cual tras la pared cristalina, mostrando quemaduras por los haces solares que Isolda le enviaba y quemado en no pocos lugares por el efecto del fuego. Su boca mostraba una profunda mueca de odio y con sus ojos, si hubiera podido, hubiera atravesado a aquella archimaga por el corazón. Pero no podía. La magia de aquel lugar era más poderosa que la sangre sucia de Tremere que corría por las venas del Massasa.
-Dígame su nombre.
El Tremere cerró los ojos, como resistiéndose, pero era inútil. El poder de la Archimaga, las luces solares, las quemaduras, el dolor, le hicieron hablar.
-Ya… Yakob… de… Tr… Tremere.
Ya estaba completo el primer paso: había dado a los Insustancial una Sustancia. Lo demás sería más sencillo.
Ahora seguía romper aquella barrera para poder entrar libremente en la mente y recuerdos del Tremere. Era, por supuesto, lo más difícil, pero tenía tiempo y recursos suficientes.
Caminó alrededor del cristal, mirando al impotente Tremere dentro de su jaula protectora, sonriendo sádicamente. No podía negar que aquello no le era desagradable en absoluto.
-Abre la puerta.
El Tremere soltó una carcajada sarcástica pero nerviosa, pues entendía que poco podía hacer por evitar que se derrumbaran sus defensas, pero antes de que terminara sintió un terrible dolor en todo su cuerpo, y sintió cómo este se doblaba en el círculo de fuego; vio cerca este terror y sintió cómo su bestia carraspeaba en el interior, más no salió.
Esta vez la Archimaga no había usado ninguna luz solar para infligir el daño, y parecía tan tranquila e inmutable ahí parada, afuera, que Yakob sintió más miedo que nunca. Un nuevo estremecimiento le hizo morder el polvo de aquel piso, y sostenerse con fuerza lo pies que estuvieron a punto de tocar las llamas.
Pasaron dos minutos sin que nada sucediera, y Yakob pudo levantarse de nuevo; sonreía nerviosamente y miraba indefenso en todas direcciones, intentando encontrar la manera de librarse de aquella tortura; pero nada podía hacer.
-Abre la puerta.
El Tremere esta vez no se rió, pero al no hacer nada Isolda levantó la mano, y a través de las rendijas que dejaba su puño cerrado el Tremere pudo ver de nuevo las luces inconfundibles de un sol en miniatura. Cerró los ojos y recibió el rayo en todo su pecho, y sintió un dolor mucho más grande que cualquiera que hubiera sentido antes. Cayó al suelo, y cuando abrió los ojos ya no estaba en su protectora jaula.
¿Acaso aquel golpe la había destruido? ¿Acaso en medio de su terror había bajado tantos las defensas que el muro había sido aniquilado? Pero no reconocía el lugar, así que debía ser una ilusión impuesta por la maldita maga.
Era de noche, y había un ligero olor a madera quemada; se encontraba en un sótano o una bodega llena de toneles de roble, y no se escuchaba nada sobre su cabeza. De repente sintió miedo y se puso de pie. La voz de la archimaga llegaba desde la parte superior de la casa.
-…será torturado por el resto…
No escuchó la frase completa, cuando sintió que algo le tomaba del pie; miró hacia abajo, y se vio a sí mismo, son el estómago abierto, todos los dientes de su boca rotos, y su carne envejecida al menos cincuenta años más; aquellos eran claramente los síntomas de la falta de sangre. Y cuando su otro yo le tomó, su cuerpo sintió lo que debería estar sintiendo aquel otro y cayó al suelo, presa del dolor y de la desesperación.
Cerró los ojos, y cuando los abrió se encontraba clavado a la torre más alta de París; en el horizonte se veía el sol apareciendo ya, y sintió el primer roce del astro y el dolor y la consciencia de la muerte, pero cuando abrió de nuevo sus ojos un calor en su interior le hizo caer de espaldas, de nuevo presa del dolor, y vio cómo de su estómago una mano ígnea emergía destruyéndolo por dentro, y gritó y gritó y se revolvió y se revolvió, y sintió cómo su voluntad se menguaba rápidamente, inconteniblemente, y a pesar de sus esfuerzos, las escenas de miedo y terror, de dolor y desesperanza, se repetían con tanta prolijidad que pronto quedó llorando su consciencia en un rincón de su mente, indefensa como la de un niño.
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Isolda retiró la piedra azul de la boca del cascarón indefenso, y de la suya propia, y sonrió satisfecha.
-Muy bien hecho Yakob hijo del Mil Veces Maldito Tremere. Ahora ya eres como un niño indefenso. Por hoy hemos terminado.