Los árboles se sucedían con rapidez. El trote apresurado y potente de la montura llevaba a Boadicea entre los frondosos parajes del bosque. Hoy ni siquiera Gaël tenía permiso para acompañarla.
Entre una majestuosa mata de helechos aguardaba postrado el árabe con pensativa paciencia. Contemplaba las ruinas de la antigua construcción cuyos siglos de intemperie habían derruido sus muros. La naturaleza recuperaba su espacio vistiendo la estructura de una bella y agreste capa verdosa. Musgo, enredaderas y raices de antiguos árboles descomponían y recreaban una desolada y pequeña edificación.
Amaniss Akètt descendió de la montura, había seguido el camino indicado y reconocido la ruinosa y semi oculta construcción. Yabir no tardó en dejarse ver, con una sonrisa de justa satisfacción.
- Este es el lugar, mi señora. Habeis tenido problemas para encontrarla?
- No, mi querido y anciano adepto. Me habeis informado con exactitud. Entremos.
La setita liberó al caballo, y no tardó en asustarse. Un pequeño nido de víboras regentaba el lugar.
El alquimista tomó la mano de la dama y la ayudó a descender por esa cavidad ocúlta que daba a la gruta donde el anciano había gastado los últimos años de su vida mortal.
La Luna estaba oculta, la oscuridad se cernía en el bosque y más aún en el interior de su nuevo refugio.
El eco de las gotas resonaban en las paredes labradas por la corriente subterránea. El agua estaba calma y la arena que tanto trabajo le había dado al alquimista conseguir, purificar y colocar, cubría todos los huecos de la primera cámara. Boadicea con sus piés descalzos sentía las caricias de sus nuevas compañeras serpentinas que acudían a su presencia.
Las arenas se movían siseantes, el lenguaje bífido resonaba en las gruta totalmente poblada por estalactitas y estalagmitas. Un éxtasis sensorial innundó la mente de la Seguidora de Set provocando una repentina escamosidad de su piel, como si un escalofrío erizase su piel.
Tal y como sus sueños habían dislumbrado el lugar, este se mostraba ahora con toda cantidad de detalles.
- Que os parece el lugar mi señora? He buscado un lugar donde la oscuridad reinase, donde la austeridad y el secretismo custodiase las revelaciones que vuestra merced me concedió el privilegio de conocer.
Dijo Yabir con ansias de escuchar el veredicto de su magna obra, el culmen de todo su saber recolectado con ella, en sus viajes y en sus polvorientos pergaminos.
- Es tal como he soñado, Yabir. Habeis labrado en piedra con fidedigna pasión todas las palabras de poder que os han sido confiadas. Ahora serán eternas.
Decía acariciando los relieves de las Akhu talladas en la roca, con un verdoso y esmeraltado destello. Aún siendo escasas cubrían gran parte de la cámara de entrada. Su belleza y pericia sólo podía ser comparada con los lejanos templos de su tierra natal, que tanto añoraba.
- Gracias a vos, la estirpe ofidia y nuestro señor Set tienen un lugar en estas tierras donde poder desempeñar la misión divina que se nos ha encomendado.
- Habeis demostrado vuestra devoción, vuestra astucia y saber mejor que cualquier otro aprendiz a mi cargo. Vos y sólo vos teneis el honor de recibir la más antigua doctrina que me ha sido revelada. El poder de la esencia de Set que mi honorable mestro Khaunas me confió os será revelada.
Aquella magia denominada Permanencia de Set, caracterizada por su rareza y misticismo revelada sólo a los mejores hechiceros de la estirpe, sería ahora revelada a un no nato egipcio. Ella había sufrido mucho para poder ser digna de tal privilegio, pero al fín, la más bella de aquella familia de mercaderes de ascendencia griega que llegaron a los confines del reino más antiguo de África, conquistó la aceptación de los más tradicionales seguidores del dios oscuro.
Yabir ibn Hayan, había sufrido más que nadie las penurias que un aspirante a seguidor de Set debía pasar antes de ser aceptado como un posible candidato a la purificación setiana. El lo sabía, y ahora comprendía el motivo. Era el adepto aventajado de Amaniss, y eso conllevaba lastimeras penurias y grandiosas excitaciones, jamás imaginadas.
- Sea con mi sangre y dolor honrado vuestro nombre y el de nuestro señor Set.
Respondío con tono severo y solemne.
- Vos habeis puesto la piedra, mi misión ahora es alimentar la piedra con el poder de las Tierras del Oeste. Este es un dominio de Set y de sus hijos.
- Tenemos un arduo camino por recorrer, Yabir. Nuestras vidas carecen de valor ante nuestra misión. Comprendeis verdad? Nuestro deber es defender este lugar santo, extender la verdad de nuestro señor Set, fortaleciendo así nuestro espiritu para luchar con honor junto a nuestro Señor de las Arenas una vez alcancemos la muerte definitiva.
- No hay lugar para el miedo en mi espiritu.
- Así lo demostreis. Ahora sois libre, y sobre vuestra espalda pesa el yugo de nuestro santa responsabilidad. Debeis mostrar ante la estirpe vuestra valía, y acudir allí donde la desesperación foratalece el espiritu de las gentes, alejanndolós de la cegadora luz de nuestro enemigo Osiris y su hijo bastardo Horus.
- Honraré vuestro nombre, pues vos me habeis dado vista y valor. Mi nombre será recordado, y en mi muerte que Set me acoja como su hijo fiel.
- Así sea vuestro destino, Yabir ibn Hayan.
Boadicea empezó a caminar por la arenas, regocijandose en la obra que el árabe había realizado. Yabir, había esperado ansioso este día, y los preparativos habían sido minuciosamente cuidados. Agarró un víbora, la abrió en canal y depositó su sangre en una copa de plata. Luego cortó su bilis, y la mezcló con la sangre. Aunque poco nutritivo era un manjar esquisito para la setita, y el lo sabía. Ofreciéndosela dijo...
-Aun he de enseñaros toda la gruta, mi señora, por favor, acompañazme.
-Para vos soy Amaniss Akètt, no soy señora de nadie, excepto de mi misma, Yabir. Ahora debeis madurar en la noche, ver como ve un alquimista, debeis saber el lugar que os corresponde en la estirpe, ahora nadie pujará por vos. Esta es vuestra solitaria lucha.
Asintió con la cabeza y calló. Ambos se acercarón a un pequeño sendero en la gruta. En una columna formada de manera natural una pequeña barcaza estaba atada. Emulando las barcazas que en tantos criptográficos y códigos había contemplado, Yabir quiso sorprender a su amada maestra con un pequeño viaje. Era muy pequeña, pero tal y como en otros tiempos dominaban las aguas del Nilo, esta réplica ahora dominaba la corriente subterránea de su tenebroso templo. Ambos subieron y Yabir empezó a remar....
Quería que viese toda la gruta, todas las cámaras y frescos realizados, en un oscuro viaje de placer...