Title: El adversario de mi Adversario
Description: Cerca de Roma. Flashback. Abril de 1216
Gervese - July 8, 2006 04:47 PM (GMT)
Los motivos que habían llevado a una numerosa delegación de la orden de Teodosio hasta Roma no estaban por una vez relacionados con el duro estudio o con la lucha contra lo demoníaco. Eran motivos que requerían algo más de inteligencia y resultaban más aterradores, se trataba de la política. Había un nuevo sumo pontífice en el sillón de Pedro, su nombre era Honorio III, y muchas dudas sobre si era la persona adecuada para continuar la buena labor iniciada por Inocencio III.
Los hermanos rojos, como otras órdenes, llevaban varias semanas recorriendo la ciudad y sus alrededores, estableciendo nuevos contactos y recurriendo a antiguas influencias que les pudiesen garantizar su estabilidad en los nuevos tiempos que daban comienzo.
Tres de esos monjes rojos, montados sobre asnos grises, llegaron en su deambular hasta una villa, no demasiado lejos de Roma, pero perdida en los mapas. El viaje había resultado agradable, el trigo crecía verde en los primaverales campos hasta que llegaron a aquel lugar, encerrado entre montañas parecía sufrir un invierno más prolongado de lo normal. Las calles estaban desiertas, la gente se mantenía oculta en sus casas observando recelosa la llegada de aquellos tres monjes extranjeros. Aquel pueblo parecía abandonado por la mano de Dios, y sin embargo disponía de una magnífica iglesia ante la que se pararon los tres monjes.
Se quitaron sus capuchas al entrar en el interior, y se santiguaron. En la distancia se escucharon unos pasos menudos que se alejaban de ellos a la carrera y después algunos siseos. Los monjes avanzaron por el pasillo central observando la estructura magnífica del edificio, digna de una catedral, pero el interior estaba muy poco cuidado y necesitaba una limpieza y algún trabajo de carpintería.
Pronto apareció en la puerta de la sacristía el cura, era un hombre regordete, ni joven ni demasiado mayor, de rostro redondo y pelo claro y corto. Sus labios finos se estiraban en una amplia sonrisa que inflamaba sus mejillas. Sus cejas se alzaban expectantes ante la inesperada visita.
Uno de los tres monjes, de pelo castaño y rostro autoritario, de adelantó a los otros dos y comenzó a hablar.
- Os saludo hermano. Yo soy el hermano Gervèse, y estos son el hermano Isidro y el hermano Jaufres. Hemos viajado temporalmente hasta Roma para conocer al nuevo Papa, y ya que no veníamos desde que éramos estudiantes, también queríamos aprovechar para reencontrarnos con los viejos conocidos. Nos dijeron que uno de nuestros compañeros de estudios, el hermano Zanzara se encontraba destinado en este pueblo y estamos tratando de localizarle.
Isolda Lamartine - July 9, 2006 02:07 AM (GMT)
Su viaje a Roma, por más que los habladores de la Orden hablaran en susurros en todas la capillas italianas, obedecía a motivos puramente personales y no pretendían ser un ataque a la autoridad de ningún Regente de la Orden o una muestra de orgullo al haber sido reconocida como Magister Mundi por el Tribunal en Doisettep.
Su viaje coincidía con el nuevo nombramiento hecho por la Iglesia, pero a Isolda eso en realidad no le importaba.
Había llegado a la gran Roma hacía dos días, acompañada por dos guerreros de la Casa Flambeau asignados a esta misión por el mismo Primus de la Casa, e Isolda, a pesar de que hubiera deseado viajar sola, no pretendía ni rechazar la ayuda de un Primus y pasar por pretensiosa o grosera, y menos aún arriesgarse a caer en manos de la Iglesia o de cualquiera de sus múltiples enemigos nocturnos. Se habían ubicado en una sencilla casa en las afueras la primera noche, y cuando estuvieron seguros de que nadie les había seguido o les vigilaba, los tres partieron a primera hora de la mañana al lugar donde su gran amigo, Magister Scholae Favertier, antiguo Regente de Le Ictus, en París, había sido asignado.
El viaje fue tranquilo y no hubo ningún sobresalto, aunque los guerreros Flambeau estuvieron atentos durante todo el recorrido y no perdieron la vista de la misión que les había sido asignada. Sin conversaciones o con conversaciones fútiles y rápidas, los tres por fin arribaron al pueblo donde su amigo residía.
Se detuvieron en una colina desde la que podían divisar las casas, la plaza central y la monumental Iglesia. A ninguno de los tres les pasó desapercibida la soledad desértica que había en el pueblo, y a pesar de ser un día normal de trabajo, todos los habitantes de aquel pueblecillo parecían estar resguardándose de algo. La Archimaga sintió una punzada en el pecho. Tenía un mal presentimiento.
Lanzó un sencillo hechizo sobre los tres que les permitiera pasar lo más desapercibidos posibles, y a paso lento y vigilante bajaron hasta las construcciones.
Un viento helado los recibió cuando los cascos de los corceles pisaron la plaza central, y sin pérdida de tiempo se dirigieron al extremo opuesto del pueblo, donde Favertier había abierto una orfebrería que sin duda alguna en poco tiempo gozaría de mucho renombre.
La orfebrería, como todo en el resto del pueblo, estaba cerrada. No había rastros de los ayudantes del mago, y no había luces o humo emergiendo del interior de la casucha. Mientras uno de los Flambeau esperaba afuera con los tres caballos, Isolda y el otro guerrero se acercaron a la puerta.
Estaba cerrada, más no por medios mágicos, y ningún sonido salía del interior. Isolda llamó pero no tuvo respuesta, así que decidida lanzó un hechizo sobre la cerradura y esta cedió sin hacer ruido alguno. El guerrero, con espada desenvainada entró primero, y ahogó un grito.
Isolda entró corriendo y su rostro palideció por la sorpresa.
Gervese - July 11, 2006 09:57 AM (GMT)
En la iglesia, el cura comenzó a avanzar hacia los monjes con pasos pequeños y silenciosos, casi como si se deslizara sobre el suelo de mármol. Cuando Gervèse pudo verlo más cerca, creyó reconocer en sus rasgos al antiguo compañero que buscaban.
- ¿Hermano Zanzara? ¿Sois vos? Hacía años que no nos veíamos y me ha costado reconoceros ¿Habeis engordado? - preguntó Gervèse con delicadeza.
- Un montón – le respondió directamente el hermano Jaufres a su compañero. No había desprecio ni intención de hacer humor en sus palabras, sólo se limitaba a constatar lo obvio con la falta de empatía que le caracterizaba.
Gervèse le hizo un gesto a su compañero para que le dejase hablar a él. Isidro permanecía distraído de la charla de los otros dos monjes rojos, algo había crujido bajo su pie y trataba de limpiar la suela de su sandalia.
- Hermano Zanzara,- prosiguió Gervèse - -os veo muy ...
- Raro – interrumpió nuevamente Jaufres sin atender a las indicaciones del Abad.
- ... cambiado. – corrigió Gervèse.
La sonrisa del cura se contrajo en un minúsculo punto, pasando de la expectación a la perplegidad extrema, su cabeza cambió varias veces de inclinación y por fin contestó con una voz aguda y quebrada, casi como el quejido de una puerta al abrirse.
- Vuestro amigo no está aquí. Aquí no hay nada que os interese, marchaos ahora a vuestra casa.
Isolda Lamartine - July 11, 2006 04:55 PM (GMT)
La escena no podría ser más horrible. Jean Paul Cizane y Mauirice Lamartier, los dos jóvenes aprendices del Gran Maestro joyero, yacían sobre el suelo, el primero boca abajo y el segundo boca arriba, pudiendo verse su pecho y su estómago abiertos de par en par; pero aunque las muertes no parecían ser antiguas, el olor nausaeabundo que inundaba aquella casa hizo vomitar al Flambeau que caminaba delante de Isolda; ella no pudo evitar una aracada ante la pestilencia que salía de aquella casa.
Ambos jóvenes eran hermosos y muy talentosos, y tenían tantas esperanzas por delante... un sentimiento de ira invadió a la archimaga.
Miró hacia adelante, y entre las sombras de la casa un bulto con forma humanoide tendido sobre el piso respiraba con dificultad, levantándose y escondiéndose armónicamente. Levantó la mano, y ante la mención de una palabra de poder una luz brotó de ella iluminando toda la oscura estancia, más no demasiado fuerte para no herir los ojos del que ella esperaba fuera su amigo.
Y en efecto lo era; suspiró aliviada.
La habitación estaba destrozada: las mesas quebradas, los utensilios del orfebre desperdigados por todo el suelo, pedazos de pared carbonizados y una sustancia negra y babosa que avanzaba desde la puerta y terminaba en el lugar en el que Favertier se encontraba.
Este estaba verdaderamente herido.
Su rostro estaba pálido y con grandes ojeras y en su pecho una negra herida, visiblemente profunda parecía oprimirle y dificultarle la respiración. Sus pies y manos yacían inmóviles a sus costados e Isolda comprendió que poco faltaba para que muriera, si no se apresuraban.
Miró a sus dos acompañantes.
-Adeptus Nikolai, es hora de demostrar cuánto habéis progresado en la Forma Anima. Zelator Michele, traed ahora mismo agua limpia de donde podáis.
El primero se acercó a toda prisa envainando su arma, mientras el segundo salía en busca de lo que se le había pedido. Isolda puso su mano sobre la herida y cerró los ojos, buscando magia en ella. Y en efecto la encontró. Ella podía disipar su poder, más no reconstituir el cuerpo malogrado de su amigo.
Con un dedo dibujó un círculo que encerraba el diámetro de la herida mientras recitaba mentalmente una letanía hebrea de curación y exorcismo, y sin dejar de circunvalar aquella negrura mágica, al Adeptus pudo ver cómo un humillo negrusco salía de esta, y lentamente por fin la herida quedó sinr astro de aqulla oscuridad.
En ese mometno el Zelator llegó con el agua, yel Adeptus puso manos a la obra.
-Decidme qué ser os hizo esto amigo, decídmelo...
Favertier abrió la boca pero un sonido muy débil e inconexo fue lo que salió de esta. Isolda se acercó más, y escuchó un nombre. Sus ojos azules y calmados se tornaron rojos y flamígeros, se paró con bruquedad y salió de la casa acompañada por el Zelator.
Gervese - July 13, 2006 01:03 PM (GMT)
Un largo instante de silencio siguió a las palabras del cura. Gervèse no quería marcharse sin aclarar la situación, pero tampoco quería ofender o discutir con aquel cura.
- Deberíamos marcharnos – rompió el tenso silencio Isidro – a un lugar seguro.
- ¿A un lugar seguro?, estamos en la casa de Dios – repuso Jaufres.
- Ha quedado claro que aquí no somos bien recibidos – insitió Isidro.
- Todo cristiano es bien recibido en una iglesia. – protestó Jaufres dispuesto a iniciar un debate.
Gervese estaba mirando al cura, tratando de decidir si se iban o si se marchaban, cuando se dio cuenta de que el mero hecho de dudar había sido un error. Las palabras de aquel cura no habían sido una recomendación, eran una orden que esperaba ser acatada por monjes hipnotizados, pero los monjes rojos estaban protegidos contra esa clase de control mental y por eso no le habían obedecido.
Los monjes eran más de lo que parecían, y eso era una amenaza para el cura, que tampoco era lo que parecía, algo en el interior de su gran barriga comenzó a retorcerse, Gervèse pudo ver extraños movimientos de ondas en la tela de la sotana. Isidro también vió movimiento en el extremo de su campo de visión, algo indeterminado se movía por la pared de la iglesia, pero Isidro estaba convencido de que era algo tan asqueroso como lo que había pisado y por si acaso comenzó a retroceder.
-Nos vamos.
-Ya.
-Un momento, analicemos esto. - Jaufres no estaba conforme con el modo en el que se tomaban las decisiones en ese grupo, él era el mayor de los tres.
Pero sus compañeros no estaban dispuestos a discutirlo, Isidro ya corría hacia la entrada y Gervése tiró de Jaufres para seguir a Isidro.
-Luego nos lo cuentas hermano Jaufres.
-Fuera.
No fueron las palabras de sus compañeros lo que convenció a Jaufres. Fue ver al cura. Si desde que se encontraron con el sacerdote había parecido una persona extraña, la parte extraña estaba creciendo y desaparecía en él cualquier semejanza con una persona. La reacción de Jaufres llegó tarde, trató de salir corriendo pero lo-que-fuese-aquello-que-se-disfrazaba-de-sacerdote-Zanzara expelió una nube de gas que alcanzó al hermano Jaufres cubréndole de algo negruzco y pegajoso que le dejó bastante incapacitado. Isidro ya había salido, sólo Gervèse pudo ayudar a Jaufres, comenzó a tirar de él tratando de sacarle de aquel lugar.
Isolda Lamartine - July 13, 2006 03:12 PM (GMT)
Isolda corrió tan rápido como podía hacia la Iglesia y en su mente había un único objetivo: castigar a ese maldito sacerdote pasase lo que pasase, así tuviera que enfrentarse con el centro de poder de las Voces, así tuviera que morir a manos de la Inquisición. Un crimen como aquel en el que dos jóvenes inocentes habían perdido la vida no podía ser perdonado y ella sería quien castigase.
Cuando estaba a punto de llegar una corriente mágica la detuvo. Había sentido un fuerte cambio en la realidad el lugar, un cambio nauseabundo pero poderoso y salía justo de la Iglesia. Ya lo suponía, no cualquier ser podía enfrentar y vencer, y casi matar al Maestro Favertier.
Suspiró hondo y continuó su carrera.
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La imagen no podía ser más espantosa: las puertas de la catedral entreabiertas y un humo putrefacto y corruptor llenando todos los espacios. Unas cuantas figuras vestidas con hábitos monásticos metidas en aquel vapor asesino, y más allá una figura deforme exudando por cada poro de su piel aquel gas.
Entró en la iglesia con paso decidido mientras invocaba el Parma, que hizo detenerse el gas en donde estaba. Movió la mano horizontalmente y luego verticalmente y una corriente de aire fresco entró por la puerta de la iglesia, envolvió aquel gas nauseabundo y luego lo elevó hacia la cúpula de la Iglesia.
Ahora podía ver claramente, aunque la visión que tenía ante sus ojos no era nada agradable.
Gervese - July 15, 2006 05:55 PM (GMT)
Gervèse consiguió arrastrar hasta el exterior a Jaufres.
Una vez fuera Isidro ayudó a Gervèse a cargar al herido en uno de los asnos y los tres se alejaron del lugar. En ese momento proteger la vida de Jaufres era lo fundamental, aunque no olvidarían lo que allí había pasado.
Isolda Lamartine - July 18, 2006 04:01 PM (GMT)
Si aquel engendro había logrado vencer a Favertier y dejarlo a poca distancia de la muerte ella sola no tendría mucha más opción y no podía darse el lujo de arriesgar la vida del joven Zelator. Así pues se retiraron a toda prisa de la capilla. Algún día ese monstruoso ser ya pagaría su ofensa.