El propio Dinard llevó la carta de Gaël a su señor. Maximo leyó cuidadosamente el manuscrito y él mismo escribió la respuesta en un elegante papiro perfumado. Una vez acabado llamó a Helenna y le dijo:
- Querida, necesito que lleves esta carta a la Teverne du Forgeron, a la atención de Gaël, vasallo de Boadicea.
- Será un placer mi señor.- Helenna se inclinó elegantemente, cogió con suavidad la misiva que le tendía su maestro y partió a cumplir su misión.
No tardó mucho en llegar a la taberna. Abrió la puerta con decisión, buscando con la mirada a Gaël. Estaba al lado de la barra, solo, callado, como en meditación. Se acercó a él con esos insinuadores andares, tan llenos de guiños a la sexualidad.
Posó la carta sobre la barra, acercó sus carnosos labios, siempre húmedos, a un lado del rostro del vasallo de Boadicea y susurró:
- Esta carta viene a su atención, señor.- Con una mirada llena de candor y una leve sonrisa dio media vuelta y se alejó, ejecutando como siempre aquella danza prohibida que para ella significaba andar.
Carta:
Saludos, Boadicea. Me alegra que os hayáis decidido a dar este paso. Sin duda será un honor recibirla en mi abadía y charlar sobre lo que quiera o cuadre. No le diré el día ni la hora, ya que no lo considero como una reunión, sino como una visita. Cuando guste simplemente preséntese en las puertas, mis sirvientes estarán informados sobre usted y las abrirán con premura.
Hasta entonces, Maximo Constanza.