El frio viento soplo entre los enormes arboles. La promesa de las futuras nievas se hacía palpable en los cielos y en los animales del bosque.
El atardecer no había cojido a Eddard en los bosques, más bien había dejado que sucediese. Igual que el sol se pone todos los días y la luna surca los cielos estrellados todas las noches, en ocasiones visible y en ocasiones no, el Druida dejo que el tiempo pasase a su alrededor. Los arboles observaban la desgarbada figura, apoyada en su nudoso cayado, como si fuese otro mismo de su raza.
Un par de pajaros se posaron sobre su cabeza mientras Eddard seguía con su meditación.
La balanza vuelve a vibrar. La esencianatural de todo lo vivo y lo muerto se reorganiza para la llegada del frio invierno.
Los ojos del alto Druida se abrieron como si hubiese despertado poco a poco. La oscuridad del bosque se veía atacada por la luz de la luna. Eddard se apoyo en el nudoso cayado y se levanto.
Respiró ondo.
Había llegado el momento de volver a la ciudad de París, ese enorme ser lleno de monstruos. Y en definitiva, un enorme ecosistema con sus depredadores y sus presas, con su piramide alimenticia en la cual los hombres no dejaba de ser como los conejos blancos en un prado.
El desgarbado mago se encamino por un pequeño sendero hasta llegar a su pequeña cabaña, poco más que una casucha con dos pequeñas habitaciones en las que no cabía en pie. Entro en ella y recojió su volsa de viaje... pues incluso el, con la llegada del invierno, debía guarecerse del frio.
Una vez en el exterior otra vez, volvió a observar los alrededores y sin más dilación, a sus acostumbradas grandes zancadas, se adentró en las entrañas del bosque. El cual debía atravesar para llegar a los Suburbio del Montparnasse.