Las altas verjas de metal se alzaban ante el hombre de armas que, nervioso, cambiaba el peso de un pie a otro mientras miraba a su alrededor. Le habían indicado que esperase en esa posición, sin entrar, hasta el anochecer, y que en ese momento metiese la carta en el interior del Cementerio sin pisarlo. Y el sargento había sido muy estricto al respecto. No era la primera vez que hombres de la guarnición de la misión eran destacados a esta misión, y el hombre de armas ciertamente lo sabía... como sabía lo bien que habían sido recompensados aquellos que lo habían hecho con anterioridad y habían sabido callar al respecto. Algunos, directamente, lo habían olvidado, o eso decían. Era curioso.
El último rayo de sol se puso, y el hombre, con un suspiro de alivio, se agachó y metió su mano entre las rejas. Le costó, ciertamente, pero finalmente consiguió que la carta cayese del otro lado. Con una sonrisa satisfecha se dio media vuelta. Y tuvo suerte de no ver quién acudía a recoger la carta...
A Trang Oul, Consejero del Principe, Primogenito del Clan Capadoccio, Sacerdote de la Via Bestiae:
Mi buen amigo, te ruego acudas mañana a la Corte al anochecer. La Rosa ha solicitado formalmente una audiencia, así que creo que debéis hallaros presente. Sin embargo, creo que quiere hablar conmigo en especial, de modo que os recomendaría silencio salvo que deseéis comentar algo que encontréis de importancia.
Hasta mañana
Geoffrey du Temple
Principe de la Gran Corte
Trang Oul era un hombre serio y dedicado a sus quehaceres, como buen capadocio, a lo largo de sus años en la corte, habia aprendido a asistir con puntualidad, era nada mas y nada menos que la voz viva del principe, y su principal consejero... Habia de estar a la altura de ellos. Tan pronto como el ultimo rayo de sol se puso, se levanto de sus aposentos para enfrentarse al misterioso asunto que el toreador La Rosa llevaria a palacio, y esperaba ser de utilidad para el principe una vez mas.
Salio al exterior y su cuerpo se baño en un aire frio y humedo, que de haberlo respirado en vida, hubiese calado sus pulmones, le gustaba la atmosfera protectora de su dominio. Sonrio y se encamino a la verja, no habia tiempo que perder...