Era ya hora de que hubiera llegado. Isolda le esperaba con paciencia, pues bien sabía que allí abajo, en esas oscuridades, había misterios imposibles de decisfrar por las mentes simples pero cuyo poder, las sensibles, podían sentirlo correr de un lado a otro, vagando en el aire como un olor, como un presagio.
Cuando ya una hora había pasado el espía inclumpliendo su trabajo, Isolda lo entendió. Allí debajo, donde la oscuridad era más grande que en cualquier otro lugarde París, donde seres vivían y pasaban su vida esperando el momento de despertar, allí no podían sus ojos llegar.
Suspiró. En aquella ciudad había dos seres a los que temía y a los que preferiría evitar si podía hacerlo. El tercero, por ser tan obvio, no lo había jamás anotado, pero era ya indispensable que lo hiciera. De todos modos las medidas habían sido ya tomadas, y esperaba no tener que pensar en medidas más drásticas que inevitablemente la llevarían a la muerte bajo tierra.