En mitad de la noche se oyeron pasos rapidos. Un encapuchado vestido con un hábito de monje se dirigió a una figura de piedra (casi olvidada para algunos e inexistente para otros) en relieve que surgía en un rincón de uno de los muros de la universidad.
Se trataba de una gótica cabeza de gárgola con una boca ancha y abierta que parecía muy profunda, tanto que se perdía en una insondable negrura. Podía tratarse de un desague, pero lo habitual era que esas figuras estuviesen más altas, en los tejados, y esta estaba a metro y medio del suelo.
El individuo se paró ante ella y miró que no hubiese nadie presente para depositar en la inmensa boca una nota. Una nota anonima.
El individuo echo a correr en sentido contrario al que había venido y desaparecio en la oscuridad.
La nota se deslizó por un conducto excavado en el muro, hasta un déposito secreto y vigilado al que se accedía a través de los sótanos de la universidad. El joven monje Armand conocía aquel buzón secreto y fue quien recogió el mensaje.
No lo leyó, sólo lo transportó, para dárselo al abad Gervèse. El monje rojo estudió el mensaje y su texto durante un rato, interesado y complacido, despues se lo guardó. Armand sentía curiosidad, pero sabía que el abad no le contaría nada, la información del mensaje se procesaría, se clasificaría y se contrastaría con los otros datos existentes dentro de la inmensa red de investigaciones de los monjes rojos. Algun día el joven Armand podía acabar enfrentándose a alguna criatura del infierno a causa de aquel mensaje, pero ni siquiera lo sabría.