El viento hacia susurrar a los arboles, las piedras se estremecian a la intemperie y callaban religiosamente, las nubes parecian reunirse en un seguramente ruidoso concilio, con una redonda y brillante luna presidiendo la escena, mirando con sus pequeños y desgastados a ojos a Anatole, que arrodillado en el suelo, contemplaba el paisaje mientras rezaba con las manos juntas, el panorama, la escena, los caprichos del altisimo. La oscura y tenebrosa ciudad de Paris ocupaba gran espacio en la imagen que contemplaba el profeta. Oscura y bañada por una espesa y densa niebla, que correteaba y bailaba por las negras y desiertas calles.
Y el baile se alzo, conviertiendose en cenizas, danzando hacia el cielo, con cada vez mas largos y rapidos pasos, y giros y vueltas. Y el juglar de los cielos comenzo a tocar, iluminando con cada nota el baile, haciendolo brillar en la fria y oscura noche. Los arboles y los arbustos comenzaron a aplaudir, habia entrado el Rey al baile, haciendo danzar toda la fiesta a su alrededor, pero sin dejar de observar a Anatole, y como si estuviera enchido en ira, fue tomando un tono colorado. Los juglares compartieron el sentimiento de su señor y gritaron y lloraron por su rey con lagrimas carmesí, bañando toda la tierra visible, esparciendo y humedeciendo las cenizas danzantes, impregnando con ellas la oscura ciudad, los arboles, los arbustos, las piedras, y al mismisimo profeta.
Anatole termino de rezar.
Amen.
Abrio los ojos y se puso en pie.
Anatole contemplo ahora la ciudad con los ojos bien abiertos, todo seguia en calma, la misma ciudad de siempre, llena de sombras por la falta de iluminación, bajo un cielo medianamente encapotado, dejando entreveer una luna menguante.
Desclavo la sucia, ya con resquicios de oxido, espada del suelo que habia usado a forma de cruz para rezar. Dios estaba en todas partes, también le escucharia si oraba junto al campamento de refugiados. LLevaba ya un poco de tiempo en el campamento, esperando, sin prisa alguna, pacientemente, lo que tendria que suceder, lo que ya estaba escrito que habra de pasar. Los designios de nuestro señor eran inescrutables.
Envaino y se internó a paso tranquilo en el pobre y sucio suburbio que formaban aquellos prototipos de casa que formaban el campamento de refugiados.