Habia costado convencer al nuevo chambelan, pues ciertamente no lo tenia tan controlado como al que fue asesinado, pero al final le habian permitido visitar la camara segura donde guardaban ambas reliquias. La Fe se notaba ya desde el otro lado de la puerta, y las gotas de sudor sanguinoliento caian por la frente del Principe ante el esfuerzo que suponia, simplemente, estar alli. No era capaz de juntar completamente la idea de abrir la puerta y exponerse, pero tenia que saber si aquel realmente era el Hueso o no. Era algo demasiado importante.
Con lentitud, viendo como su muneca temblaba por el pulso perdido como no habia hecho en mas de un cuarto de siglo, llego al tirador de la puerta y la abrio. Y se quedo boquendo, como un pez fuera del agua. Demasiado impacto, demasiada Fe. Se sentia como aquella vez, tantos siglos atras, que habia intentado entrar en le interior de la Catedral antigua. Solo que esto era aun peor. Le quemaba por dentro, le quemaba por fuera, le susurraba en la cabeza, y dolia. Dolia como nada dolia hasta entonces. Su piel se estaba calentando, pero no por influencia de su sangre, sino como si lo hubieran soltado en una hoguera. Era como ver el sol, un sol fisico.
Uno de los guardias del interior se acerco con cara de preocupacion.
-Se encuentra bien, Milord?-
-Si... gracias... estoy... estoy bien... simplemente me... impresiona... la grandeza de... Dios Todopoderoso... Eso es todo...-
Poco a poco logro serenarse, mas que nada por apariencia, aunque era consciente que en breve tendria que marcharse, sin haber siquiera entrado en la sala. Pero lo vio. La Corona de Espinas es, sin duda alguna, la que Cristo llevaba puesta, y la Fe que emana es tan palpable que parece una cortina de agua a su alrededor.
Sin embargo, el Hueso era muy diferente. Extremadamente diferente. Y sin embargo, palpablemente poderoso. No era Fe lo que tenia, al menos en un sentido habitual, pero se sentia a distancia. A una sala de distancia, para ser precisos. Y era desconcertante.
Geoffrey se tuvo que dar la vuelta al examinarlo, consciente de que sus colmillos estaban saliendo de sus fundas en los maxilares. El Hueso lo habia provocado. Y habia aumentado su Hambre, y exaltado a su Bestia. La oia clamando por la sangre de aquellos guardias. Pero no iba a caer en eso. Con una despedida apresurada, se dio la vuelta y abandono la sala.
No sabia si eso era o no el Hueso, pero ciertamente era algo de lo mas extrano y poderoso.
De poco le había servido al Abad de Saint-Denis que Saint-Denis fuese la tumba de los reyes de Francia. Tampoco se valoró que muchos de sus predecesores en el cargo de Abad hubiesen sido confesores o consejeros reales. Era evidente que Gervèse había utilizado su cargo para unas tareas muy diferentes a la política, lo que no le garantizaba ningún privilegio por parte del Rey.
Y era el Rey quien controlaba las reliquias, por eso estaban custodiadas en el Louvre y no en un edificio de la iglesia. Porque era el Rey quien había conseguido traerlas hasta París y quien había construido la santa capilla, aquel logro era por lo que el Rey iba a ser recordado y no quería que ningún representante de la iglesia interfiriese y eclipsase su momento de gloria. Cuando Gervèse comprendió eso, manejó los hilos para enviar un mensaje claro a quien correspondía, sólo pediría una visita privada a las reliquias antes de retirarse de la escena pública en ese asunto, se mostraría humilde, ya no haría más llamadas a la oración, no más discursos en la catedral, sólo apoyo a la gran labor de su majestad.
El nuevo chambelan de Rey asignó a Gervèse un breve tiempo para su visita, y para marcar más la escasa importancia del Abad, le hicieron entrar justo después de un noble del Rey, Gervèse se cruzó con él cuando este salía de la sala de las reliquias, se trataba de un Duque al que el Abad no recordaba haber visto por Notre Damme, poco sabía el religioso sobre las cuestiones de la nobleza pero si no iba a misa en la catedral no debía ser un noble importante. Y poco interés tenía por el Duque cuando sabía que detrás de aquellas puertas se encontraba uno de los objetos más sagrados que existían. Gervèse perdió el tiempo justo en hacer el respetuoso saludo que correspondía a un miembro de la alta nobleza como Geoffrey y continuó hacia la sala de reliquias.
Sí, ciertamente se trataba de la verdadera corona impregnada por la verdadera sangre celestial, se sentía reconfortado en su presencia. Afortunadamente aquel objeto debía contar con mucha protección divina por sí mismo, porque una docena de hombres parecía una defensa escasa para tan valiosísimo tesoro. Pero claro, el rey no era consciente del gravísimo problema de herejes bebedores de sangre que padecía su ciudad. Sólo de pensar que aquel objeto podía caer en malas manos despertaba toda la agresividad de Gervèse. La protección Real obstaculizaba cualquier defensa que la inquisición le pudiese proporcionar al objeto, pero el Abad no se resignaría ante esa dificultad, encontraría el modo de defender aquella sagrada reliquia.
Se marchó de la habitación completamente sobrecogido por la corona y sin haber prestado atención al hueso.
Geoffrey se cruzó en la salida con Gervese. Aunque el abad no lo conociese a él, él si que conocía al abad. Al fin y al cabo, puede que su propia influncia no se extendiese a la Iglesia, pero conocía a las cabezas más importantes dentro de ella, y Gervese era el abad de uno de los monasterios más importantes de la ciudad. Saldó educada y adecuadamente al abad que entraba, y se apresuró a alejarse de su presencia. Aún fuera de la sala, la incomodidad que le producía la Fe de la Corona era grande, y no había necesidad de soportarla más de lo imprescindible. No era ella la que lo interesaba tan profundamente.