Fue de día, y nadie sabe muy bien quien la puso. Probablemente fue una de las señoras que se acercó a rezar al pequeño cementerio, quizás el pequeño grupo de pícaros que mal-comieron en uno de sus montecitos, o tal vez el jardinero. O, quizás, alguien bien diferente. El caso es que, para el comienzo de la noche sobre la lápida central se encuentra la misma rosa, algo estropeada ya, que La Rosa hizo llegar a Geoffrey, y bajo ella un sobre blanco. El lacrado rojo brillante muestra el sello del Principado de París, y el hecho de que se haya algo perjudicado muestra que debe llevar mínimo una hora en su sitio. Y, sin embargo, nadie se acercó a molestarla. Quizás, la vieja que se alejó antes del anochecer y que se dedicaba a insultar a la gente que se acercase tuviese algo que ver. Quizás.
A La Rosa, Vasallo de Alvaro Castellar, Ilustre Obispo de la Via Caeli:
Reciba mis más cordiales saludos, siempre es un placer saber que vos os halláis en movimiento en la ciudad, como no dudaba en realidad. Los tiempos que vivimos no animan a permanecer al margen, aún cuando vos seáis conocido por no ser el Cainita más activo de la ciudad. Así pues, lo emplazo a que acuda mañana a medianoche a la Concergerie. Todo se hallará dispuesto para recibirle.
Confío en que emplazarle en tan breve plazo no suponga ningún trastorno para vos, sin embargo la situación actual implora que los asuntos sean debatidos con prontitud y rapidez, pues no hay tiempo que perder. Irónicamente.
Hasta mañana por la noche
Geoffrey du Temple
Principe de la Gran Corte