Corria el año 856 D.C., Roma se encontraba en un momento crítico. Yo, Maximo Constanza, digno representante de la corte cainita romana en aquella época, me hallaba al borde del colapso por los diversos problemas de la ciudad. Después de la muerte de Carlomagno, su hijo Ludovico Pío ascendió al poder, coronado por el Papa Esteban IV. Una vez fallecido éste sus sucesores repartieron el Imperio Carolingio en el Tratado de Verdún (año 843 D.C.), así, Luis el Germánico gobernó la mayor parte de Europa. Ésta unificación no trajo la paz. La autoridad de los reyes se oscurecía en medio de la creciente anarquía feudal. Italia estaba acorralada por los sarracenos, los piratas musulmanes, los cuales salían del norte de África o de España y desembarcaban hasta el mismo puerto de Ostia. Ya habían saqueado Roma hace 10 años y habían hecho estragos en las basílicas de San Pablo y San Pedro. Todos estos problemas ocupaban incesantemente mi mente así que de vez en cuando tomaba la determinación de salir y perderme por las calles de la ciudad, así me distraía por unos momentos.
En una de esas noches algo me llamó la atención. Una hoguera calentaba a unos cuantos peregrinos. Éstos comenzaron a agitarse enfervorizadamente, gritando a una figura paralizada, indefensa y asustada.
- ¡Mirad! ¡Es un vampiro! ¡A por él, que no escape! -Gritaban los humanos empezando a sacar cruces y a acorralar al vampiro-.
No podía dejar que aquellos humanos acabaran con un vampiro que sin duda era nuevo en la ciudad, habría que darle una oportunidad para demostrar su valía, habría que restaurar su honor y una vez preparado que lo demostrase. Hice que los humanos volvieran a su hoguera y que se tranquilizasen al calor de la lumbre. Una vez que la calma volvió al lugar me acerqué al cainita y vi que era un capadocio.
- Eres nuevo aquí, ¿verdad? Y creo que también en el "oficio" ja, ja... ¿Qué buscabas en el fuego, pequeña polilla? -Pregunté-.
- Yo... no sé...- Titubeó el joven vampiro-. Muchas gracias, le debo la vida...
- Oh, no te preocupes.- Respondí despreocupadamente-. Lo divertido de la escena ha merecido la pena, en mi vida había visto a un capadocio para más inri, cometer tal imprudencia... y quizás tu Sire sí que me lo agradezca... -Añadí con una sonrisa-.
Desde aquel día me sentí como un protector para aquel joven, aquel ser que estaba empezando a descubrir la noche, sus peligros y sus satisfacciones... Poco a poco nos fuimos haciendo amigos y ayudándunos mutuamente. Aunque tal relación no era bien vista, él era un capadocio y yo un lasombra, así que debíamos ser discretos.
Llegó el día en el que el Sire de Trang Oul lo reclamó para irse a Transilvania y tuvimos que separarnos, no sin antes emplazarnos para un futuro próximo en el cual nos reencontraríamos.